Es increíble que la existencia de un racismo sistémico en México sea un asunto que necesite ser demostrado empíricamente. Es decir, que 500 años después, estemos atorados ahí: un paso antes de estudiar de lleno sus dinámicas, de medir los ámbitos de su prevalencia, de discutir las formas de intervenir sus efectos. Parece que primero en el discurso público todavía debemos convencernos que, de hecho, el racismo existe. Como si no fuera evidente en sí mismo. Como si sólo estuviera escondido en sutilezas cotidianas. Como si fuera nuevo.

No por tardísima es menos oportuna, pero aun con la incontrovertible evidencia publicada en el módulo de movilidad social intergeneracional en la Encuesta Nacional de Hogares de 2016 del INEGI, encontramos voces públicas que lo reniegan. Y tal vez por eso, en este mismo espacio Luis Monroy Gómez Franco, nos mostró una batería de referencias recientes que van desde lo periodístico hasta lo académico para atender una pregunta cuya respuesta, para tantos, es obvia: ¿importa el color de piel en México? Para personas como David Páramo, en cambio, el solo hecho de preguntarse esto constituye un acto racista. Pareciera romper un pacto de silencio; un “tabú” lo han llamado algunos. Me propongo aquí reflexionar, desde la antropología social, sobre las características de este silencio, más allá del fácil discurso de señalar el apego de los privilegiados a sus privilegios.
La única forma no etnográfica o experimental de dar cuenta de la diversidad étnica y racial en México había sido a través de los escuetos reactivos sobre este tema en el censo del INEGI donde, hasta antes de 2010, sólo se consideraba la condición de habla de alguna lengua indígena. En 2010 se optó por preguntar, además, si los entrevistados se consideraban a sí mismos indígenas al margen de si hablaban o no una lengua indígena y, también, se incorporó la posibilidad de considerarse afrodescendientes. A eso, más la condición de hablantes de otras lenguas maternas distintas al español y, con algunos problemas metodológicos, la práctica de algunas religiones, es que podemos dar cuenta de la composición multicultural del territorio. No sin controversia y con algunas complicaciones, la incorporación de una autoidentificación en la paleta de tonalidades de piel del proyecto PERLA, si aún no en el censo, al menos sí en la Encuesta Nacional de Hogares, significa un avance sin precedentes en la sofisticación de la estadística oficial.
El tema es que estos reactivos, aunque fundamentales y útiles en muchos sentidos, difícilmente capturan las complejas dinámicas relacionadas con la clase y la raza en México que, a pesar de tener algunas prácticas semejantes con las de contextos como el estadounidense, en realidad pareciera mostrar especificidades sólo compartidas en mayor o menor grado con otros estados latinoamericanos. Al buscar caracterizar el sistema de raza y clase mexicano aislando solamente el fenotipo de piel, corremos el riesgo de hablar de “pigmentocracias” que, desde una perspectiva antropológica, el término mismo es una reducción poco operativa de un sistema más fluido.
En un artículo publicado en 1997 en la revista de antropología social de la Universidad de Pittsburgh, el antropólogo Hugo Nutini se propuso brindar una descripción de la forma en la que opera la clase y la etnicidad en el contexto urbano mexicano. De su texto, resulta muy valioso rescatar para la reflexión, su marco interpretativo. El punto de partida parecería evidente hoy en día en el terreno de las ciencias sociales, pero en su momento no lo era dada su larga trayectoria de naturalización: la raza es una construcción social; es decir, se asignan relaciones de poder, valores y sentidos sociales arbitrarios a las diferencias fenotípicas entre las personas tanto como se asigna un género al sexo identificado al nacer. Y esta construcción es variable en tiempo y espacio. Esto encuentra uno de sus ejemplos más simplificados y atroces en el sistema esclavista de los siglos recientes: para los europeos, el color de piel negro indicaba propiedad sobre su mano de obra forzada. Sin embargo, esto se complejiza cuando a los atributos fenotípicos, se añaden o, más aún, se sustituyen otros elementos de la presentación de la persona. Aparece entonces, ligada a la raza, la etnicidad. Dentro de los atributos étnicos, la religión e idioma son algunos de los más visibilizados y politizados en diferentes momentos y contextos; sin embargo, en el caso latinoamericano, encontramos un abanico de formas explícitas y sutiles en un extenso repertorio de interacciones que igualmente indican de manera inmediata una etnicidad: formas de hablar, acentos, formas de vestir, de alimentarse, ¡hasta de caminar! Encontramos ilustrativo, por el burdo nominalismo que puede alcanzar esto, en el juego de las clases altas del país de reproducir un repudio al uso de algunas palabras como “carro” o “cabello” y marcarlas como distintivos.
Para entender esta difusa relación, es necesario regresar al marco de Nutini que considera cinco proposiciones que, como dice –y traduzco y parafraseo libremente de su texto-, vienen de una larga trayectoria en la disciplina y son de amplia aceptación en la antropología latinoamericana:
- Existe una definición de “lo indio”1 y, por extensión, de todos los otros grandes segmentos étnicos, en términos socioculturales. Es decir, lo indígena, a pesar de poder “diagnosticarse” a partir de atributos fenotípicos, está principalmente definido en términos de las culturas que practican y, sobre todo, de la posición que ocupan en la estructura social.
- Las posiciones en esta estructura son siempre contextuales dependiendo del tiempo, lugar y circunstancia. Esto es crucial, pues significa que no hay categorías étnicas fijas que estén completamente enmarcadas por factores “somáticos” o por factores socioculturales, sino que dependerán de cada situación interactiva.
- La movilidad social está atravesada por la etnicidad. Es decir, adquirir el bagaje cultural de los mestizos, puede significar el cambio de estatus entre un indio y un mestizo. Sin estas características socioculturales, sería imposible distinguir fenotípicamente a un indígena de un gran número de mestizos. En el caso de las clases más altas, el fenotipo parece tener un mayor peso, pero no es determinante en toda situación.
- El pasado colonial configuró los traslapes de raza, clase y etnicidad, determinando conductas e interacciones enmarcadas por relaciones de poder, donde una suerte de imperialismo cultural ha obligado a ciertos grupos a aceptar estándares de conducta y apariencia que no son los suyos.
- Lo anterior contribuye a contextos e interacciones en las que los sujetos están dispuestos a denigrar sus propias características étnicas, manipular percepciones y, en este sentido, sumar a este sistema social racista.
Es frecuente encontrarse el imaginario de que, al margen de otras migraciones y minorías étnicas, la etnicidad en México está compuesta por un “continuo” que va de lo indio a lo europeo. En medio encontramos numerosos matices –tanto fenotípicos como socioculturales– de “lo mestizo” que, bajo la ideología de hibridación que privó en el siglo XX latinoamericano en general e impulsada especialmente en México bajo la política nacionalista del régimen posrevolucionario, fue lo que se denominó y caracterizó como “lo mexicano”: una nueva cultura, una nueva raza que no es lo uno, ni lo otro. El resultado fue la intensificación y aceleración de un larguísimo proceso de desindianización, en términos socioculturales, que comenzó tan pronto se instaló la colonia. Pero si tomamos estas proposiciones como ciertas, y estoy convencido de que, en la experiencia de muchos, ninguna resulta extraña, observamos que el proyecto de “la raza cósmica” fracasó al menos en terminar de desindianizar a la población y de ¿”mexicanizar”? a sus élites. Es decir, fracasó en descomponer la racialización de una escala de movilidad social ascendente y del imperialismo cultural –llamémosle- “criollo”. Evidentemente, no estoy sugiriendo que ese proyecto nacional fuera la solución deseable al multiculturalismo mexicano organizado en un sistema social racista.
Entonces, ¿por qué negar el racismo más allá de la ceguera del privilegio? La respuesta, creo, es también compleja y se deriva directamente a partir de las proposiciones presentadas. Pero hay más, como sugiere la socióloga Mónica Moreno Figueroa, existe una ambigüedad en la forma en la que entendemos “racismo”, “prejuicio racial” y “discriminación”. A diferencia de un contexto como el estadounidense en la relación entre “los blancos” y “los negros” donde, tras la abolición de la esclavitud, prevalecieron políticas abiertamente segregacionistas por más de 100 años, observamos que en México no hay una política explícitamente discriminatoria de Estado. Al tomar estas políticas discriminatorias como expresiones definitorias del “racismo”, se invisibilizan otras formas de prejuicio racial que, de hecho, indican la hegemonía de un sistema social racista. (No tan) increíblemente, nuestra propia idea de lo que es y no es el racismo parece que está también colonizada.
De las proposiciones de Nutini podemos comprender que el racismo mexicano es negado no sólo por los ganadores definitivos del sistema, sino también por quienes, no compartiendo el fenotipo dominante, se sirven de múltiples estrategias contexto-específicas para negociar con éxitos relativos y circunstanciales en ese marco de relaciones de poder a diferentes niveles. Pero es más profundo, pues “lo mestizo” no puede ser reducido a una simple estrategia de movilidad social, sino que en sí mismo lleva reivindicaciones socioculturales y características fenotípicas que generan un gran componente étnico, distinto a lo indio y distinto a lo europeo, que opera dentro de este mismo sistema. En todos los casos, la negación estará sustentada en adoptar una perspectiva unidimensional y somática del racismo: no existe en tanto el fenotipo no impide absolutamente (subráyese este adverbio) avanzar en la escala de movilidad social; no existe en tanto no hay políticas abiertamente discriminatorias. Es sólo que existe… en todo lo demás. Tan no existe sólo en sutilezas que justamente eso fue lo que demostró la Encuesta Nacional de Hogares 2016 apenas en su vertiente exclusivamente fenotípica.
Esperemos que la conversación pública desatada en el país a raíz de la encuesta del INEGI siga su curso. Tal vez éste sea un gran punto de quiebre en el que comenzamos a dejar atrás otro aspecto más del siglo XX mexicano para enfrentar, ahora desde el Estado, la hegemonía racista que se convirtió en tabú. Ante los hallazgos de una nueva estadística oficial, es importante servirse de metodologías complejas, de escuchar a las disciplinas. Tanto la historia, como la sociología y la antropología social pueden contribuir poderosamente a afinar instrumentos de recopilación de datos que permitan capturar de manera más fina las mecánicas particulares de este sistema. Si parte de la invisibilización de nuestro racismo viene de una idea colonizada de éste, esperemos que su crítica y deconstrucción no venga (sólo) de ahí también.
José Ignacio Lanzagorta es politólogo y antropólogo social.
1 Si bien en el discurso público se prefiere actualmente el término “pueblos originarios” para referir a la etnicidad de los pobladores del continente que sostienen continuidades culturales y raciales previas a la llegada de los europeos o separadas de su hegemonía, en el contexto de la antropología mexicana es común seguir utilizando el término “indio” no para referir a los sujetos, sino precisamente a la construcción social de la etnicidad en su larga trayectoria de 500 años. Para referir a los sujetos, en este texto, prefiero el uso del término “indígena”.
Claro que hay racismo y discriminación de clases sociales y del color de la piel. Incluso mayor o peor que en los EEUU. a veces no intencional directamente, o sea, está en el subconsciente, pero el hecho de reconocerla en uno mismo ya es un avance importante para poder contrarrestarla o desaparecerla. Además de las leyes por supuesto, apoyadas por campañas de divulgación para despertar esa conciencia en los ciudadanos. Gran artículo de Lanzagorta GRACIAS
Estoy totalmente de acuerdo con el artículo, que además podemos comprobar en los grupos de personas que se definen por usos y costumbres, se llama mexicano a todo el que nace en el País, pero están divididos por cuestiones raciales y culturales, no hay una identidad como mexicano.
Y usted, don Josè Ignacio, o no está informado o nos miente sin pudor: «…observamos que en México no hay una política explícitamente discriminatoria de Estado». Sugiero lea HISTORIAS SECRETAS DEL RACISMO EN MÈXICO donde la investigadora Beatriz Urìas Horcasitas demuestra màs allà de toda duda que sì, sì hay una polìtica gubernamental al respecto para CREAR racismo en Mèxico. http://www.redalyc.org/pdf/105/10504409.pdf
Le agradezco mucho la referencia. Definitivamente no es mi intención malinformar, mucho menos mentir. No me parece que lo esté haciendo en lo que me cita en su comentario, especialmente cuando su contexto es el contraste con las políticas discriminatorias estadounidenses. El texto menciona la política nacionalista del estado mexicano que buscó desindianizar y crear esa «raza cósmica». Como bien dice el título del libro del que nos comparte esa reseña, estas políticas fueron desde una poderosa industria cultural y educativa hasta intervenciones «secretas» de prácticas eugenésicas. No sé qué entienda por «secreto» pero, en mi caso, puede ser un antónimo no exacto pero sí cercano de «explícito». Es decir, estas prácticas eugenésicas no fueron tan transparentes como, por ejemplo, la prohibición abierta de compartir transportes públicos, asistir a las mismas escuelas, recibir atención en los mismos centros de salud que sí hubo en Estados Unidos. Y lo que digo en este artículo es que la ausencia de estas políticas discriminatorias no-secretas («explícitas», digo), no hace que el sistema racista mexicano sea más o menos racista que el estadounidense sino, como bien muestra la reseña que nos recomienda, distinta. Así que no, no me parece que esté mal informando, ni mucho menos, mintiendo. Gracias.
Claro que existe el racismoen México, el problema con el estudio del INEGI es que reduce los resultados de la desigualdad a un factor (el pigmento) y eso es una falacia. La discriminación y la desigualdad tienen componentes diversos que actúan al mismo tiempo y en proporciones diferentes según sea el grupo de estudio. Lo que es vergonzoso del INEGI es que su trabajo es reduccionista, por tanto sesgado y carente de explicación de las razones (económicas, políticas y sociales) que sostienen esa desigualdad.
Vi el video de David Páramo, quien participa como «comentarista» en el programa «informativo» de Ciro Gómez Leyva, en Imagen. Verdaderamente lamentable que utilicen el poder que les otorga tener una concesión televisiva para difundir propaganda y tergiversar los hechos a los que se refieren. Lo que sigue de patético. Sería objeto de risa y burla si uno no entendiera que no se trata de que Páramo (o Gómez Leyva, si a eso vamos) sea una persona obtusa, escasa de entendimiento. Al contrario, sus comentarios son intencionalmente perniciosos, diseñados para atacar cualquier idea, información o argumento que no sea de su agrado, que no caiga dentro de su estrecho campo dogmático. De vergüenza ver al Gómez Leyva escuchar con deleite a su achichincle proferir las barrabasadas que ni siquiera él se permite decir al aire. Pena ajena.
http://redintegra.org/comunicado-de-la-red-integra-respecto-a-la-encuesta-de-sobre-movilidad-social-intergeneracional-del-inegi/
Creo que no hay ningún dato duro en este artículo. Los datos del INEGI si bien pueden usarse para indicar que hay un racismo, también pueden indicar lo contrario: existe una gran movilidad social en todos los estratos, pero los grupos «blancos» muestran una avance mayor.
Este artículo es bastante sesgado. Una de las características que menciona el autor es que los grupos originarios han aceptado conductas impuestas por los grupos dominantes, cosa que es completamente falsa, de ser cierta, esos grupos ya no existirían.
En efecto, no hay ningún dato «duro». El objetivo de este texto es discutir los datos arrojados por la encuesta del INEGI, sobre todo a partir de que algunas voces públicas consideraran que el INEGI no debe medirlo. Mi objetivo primordial es presentar un par de referencias a que desde la antropología mexicana llevamos décadas trabajando el tema y que sería útil integrar la discusión, para entender y enmarcar los datos duros del INEGI.
Me interesa saber a qué se refiere cuando habla de sesgo. Es decir, el texto presenta abiertamente una postura. Además, presenta un conjunto de proposiciones (hipótesis, si lo prefiere) que permiten entender fortalezas y debilidades de lo que la encuesta de INEGI puede y no puede responder. En ese sentido, apela a una agenda pendiente para ser comprendida en términos cuantitativos y no solo etnográficos que la antropología mexicana lleva diciendo los últimos 60 años.
Finalmente, no entiendo su última línea y aquí a lo mejor pequé de pensar que teníamos el consenso mínimo de que el siglo XX mexicano representa un proceso de desindianización. Me extraña encontrar que para usted este proceso no existe o, de existir, debiera ser total e inmediato. Si necesita el «dato duro», hay mucha discusión y problemas metodológicos al respecto pero podemos decir que en el censo de 1900 el 15% de la población era hablante de alguna lengua indígena y para el censo de 2000 la proporción cayó a 7% (aquí la fuente llena de «datos duros» http://www.dimensionantropologica.inah.gob.mx/?p=7401 ). Me dirá que es anecdótico, pero en incontables etnografías que muchos antropólogos hemos hecho en diferentes comunidades del centro y sur del país, encontramos invariablemente una composición familiar en la que generalmente los ancianos son hablantes de alguna lengua indígena (en el caso de las comunidades donde yo he trabajado es el náhuatl), pero las generaciones más jóvenes ya no lo hablan y en la mayoría de los casos consideran indígenas «sus raíces» pero no ellos mismos. Esto es lo que en antropología hemos llamado desde hace décadas la «desindianización». Como verá, abandonar la lengua indígena lo consideramos aceptar una imposición. Y es un proceso que algunas comunidades han resistido activamente por siglos y otras por diferentes razones (en general por altos niveles de marginación) no han sufrido ese impacto de las políticas del estado y fuerzas del mercado que impulsan este proceso a costa de una marginación que es igualmente inaceptable. En fin, revise la bibliografía del texto que ligo de la doctora Moreno Figueroa y encontrara una abrumadora fuente de datos y evidencia etnográfica de este proceso de adopción de prácticas y conductas de «los blancos» y un abandono de prácticas y conductas de los pueblos originarios.
(Omití señalar que me extraña que diga que interpretar los resultados de la encuesta del INEGI como que las personas con la tez más blanca han conseguido una movilidad social más rápida que los demás sería una conclusión contraria a que hay racismo…¿no más bien como que igualmente lo confirma?
Mire, creo que pasa por alto que el proceso de perdida de las lenguas indígenas también se da por razón de la comodidad. Es bastante complicado hablar una lengua minoritaria, por esa razón la segunda y tercera generación de hijos de mexicanos en Estados Unidos solo habla inglés. Usted mismo señala que jovenes que han abandonado el uso de lenguas originales se siguen considerando «indios» ¿Porque llama a ese proceso disindianización? Eso término sería correcto si esos mismos jovenes negaran sus orígenes. Que dicho sea de paso en México es absurdo.
Respecto a la movilidad social más alta de los grupos más «blancos», antes de arrojar teorías sobre la discriminación, vealo desde un punto de vista más práctico: los estados del sur son más pobres y con menos oportunidades. Sencillamente un mexicano de Chihuahua, Coahuila o Sonora tiene más probabilidades de ser más «güero» que uno de Oaxaca, Guerrero o Chiapas, y al mismo tiempo tiene más probabilidades de escapar de la pobreza.
No niego que exista discriminación en nuestro país, pero creo que el fenomeno esta siendo exagerado por artículos como el suyo.