El T-MEC no nos va a salvar

El miércoles 8 de julio se llevó a cabo la reunión de AMLO con Donald Trump, con motivo de la entrada en vigor del T-MEC, que reemplaza al TLCAN desde el primero de julio. En ambos lados de la frontera, el acuerdo comercial se anuncia como un éxito de la diplomacia que logrará profundizar la integración regional y potenciar el crecimiento económico, pero las voces que anuncian una nueva era de prosperidad están, desde luego, sesgadas políticamente. En los párrafos que siguen se analiza si en realidad hay razones para esperar un crecimiento económico acelerado a partir de este nuevo tratado, así como otros de sus potenciales resultados para la economía mexicana.

Ilustración: Víctor Solís

Empecemos por desarrollar una pregunta: ¿Cuáles son las oportunidades que brinda el nuevo acuerdo comercial? En realidad, no muchas más de las que ya se tenían por el TLCAN y por el simple hecho de ser parte de la OMC. Recordemos que los productos mexicanos ya gozaban de un acceso preferencial a los mercados de Estados Unidos y Canadá desde 1995, tanto así que el comercio entre México y su vecino del norte se multiplicó por seis en los 25 años que han transcurrido desde la entrada en vigor del TLCAN; mientras que el comercio entre México y Canadá se multiplicó casi por ocho. No sólo eso, Estados Unidos es desde hace mucho el principal destino de las exportaciones mexicanas, pero recientemente México se ha convertido también en el principal destino de las exportaciones estadunidenses, desplazando a la gigantesca economía china. Por otro lado, el TLCAN brindó oportunidades únicas para entrar a competir en el mercado estadunidense con bajos costos, a partir de la relocalización de la producción de muchas manufacturas y maquiladoras estadunidenses en territorio mexicano. El nuevo T-MEC endurece las reglas de origen, de modo que esto pueda seguir ocurriendo, pero ahora con producción china desplazándose de nuevo hacia Norteamérica.

Otras diferencias notorias entre el T-MEC y el TLCAN tienen que ver con la mejora de las condiciones laborales en México, regulaciones ambientales más estrictas y asuntos de comercio electrónico, asuntos que son muy importantes, pero no tienen un impacto fuerte y directo en los niveles de comercio (que sí tienen otras variables como la política arancelaria o de competencia). Entonces, lo que podemos esperar con el nuevo acuerdo es una relocalización de la producción desde otras regiones (Asia) debido a que muchas empresas querrán seguir disfrutando de un acceso preferencial al mercado norteamericano, aunque deban modificar sus cadenas de suministro y producción para cumplir con los requisitos.

Sigamos con otra pregunta: ¿Este acuerdo puede potenciar el crecimiento de México? La forma más usual de medir el dinamismo económico de un país es a través de las variaciones del PIB, que es, por definición, igual a la demanda agregada (interna y externa) menos las importaciones. El crecimiento económico es entonces igual al crecimiento de la demanda interna (inversión y consumo), más el crecimiento de la demanda externa (exportaciones), menos el crecimiento de las importaciones. Por tanto, un acuerdo que logre incentivar las exportaciones más de lo que incentiva las importaciones puede incrementar el crecimiento.

La cuestión aquí es cuál de las dos variables se va a ver más potenciada con el T-MEC. En principio, la renegociación obedeció al interés de Trump por reducir el déficit comercial que tiene con países como México y China, por lo que las diferencias más notables entre el T-MEC y el TLCAN, como el incremento de los salarios en México, están encaminadas justo a eso. No obstante, el acuerdo contiene otras características (las reglas de origen, ya mencionadas) que podrían incrementar las exportaciones netas de México y Estados Unidos a expensas de terceros países, como China. El mecanismo es simple: las empresas que quieran aprovechar los beneficios del T-MEC deben incorporar un mayor contenido regional (y, más específicamente, estadunidense) en el valor agregado de sus productos.

Antes de decir si el T-MEC puede engrasar la maquinaria económica mexicana, es necesario hacer una última aclaración. Ya he dicho previamente que el crecimiento está compuesto de factores internos y externos, pero no he dicho que, desde 1982 (el inicio del “periodo neoliberal”), la estrategia de crecimiento fue una “orientada hacia afuera”. Es decir, a partir de entonces se abogó por una liberalización comercial encaminada a hacer de las exportaciones el principal motor de la economía mexicana, ignorando por completo el mercado interno. El resultado ya lo conocemos bien: tasas de crecimiento de alrededor del 2 % anual.

Como hace 25 años, y también como hace 38 años, hoy se sigue apostando por el sector externo como único motor de la economía nacional, disminuyendo la inversión pública y haciendo políticas fiscales contractivas, incluso desde antes de la crisis por covid-19. Más aún, ahora se desincentiva también la inversión privada a través de decisiones como las tomadas por las autoridades del sector energético.

La pregunta no es entonces si el T-MEC podría dinamizar la economía mexicana, sino más bien, ¿por qué deberíamos esperar resultados diferentes cuando estamos haciendo lo mismo que ya hacíamos desde hace décadas? Sin inversión local ni una política orientada a dinamizar el mercado interno, difícilmente habrá un elevado crecimiento.

En el mejor de los casos, esta estrategia orientada hacia afuera puede lograr un crecimiento selectivo. El sector exportador no ha funcionado para impulsar el sector no comercial de la economía, por lo que la historia del crecimiento económico en México es una historia dual. Tenemos dos grandes sectores que crecen a tasas muy dispares y que se localizan en dos grandes regiones: el norte-bajío que se beneficia de las redes de producción con Estados Unidos y Canadá; y el sur, en el que la falta de infraestructura y bajo poder adquisitivo de sus habitantes limita la competitividad para atraer inversiones.

Lo anterior se ilustra en el mapa de la figura 1, que muestra que además de los estados turísticos de Baja California Sur y Quintana Roo, las regiones con las economías más dinámicas son los estados de Nuevo León, Coahuila, Chihuahua, Querétaro, Aguascalientes y Guanajuato, precisamente las zonas en las que se instalaron las principales industrias de exportación. El sur, una vez más, quedó excluido.

Figura 1. Tasa de crecimiento medio anual del PIB estatal, 1995-2018

Figura 1. Tasa de crecimiento medio anual del PIB estatal, 1995-2018

Elaboración propia con datos del INEGI

 

Antonio Rojas Canela
Economista por la UNAM.

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Publicado en: Economía, Sociedad