Uno de los grandes temas en los estudios recientes sobre desigualdad en nuestro país es el tema de los impuestos. Sin duda, aumentar la recaudación es un requisito indispensable para construir el Estado de bienestar y los sistemas de protección social necesarios para combatir la pobreza y la gran desigualdad.

Ilustración: Víctor Solís
Como señaló Amartya Sen (1992), aunque la pobreza y la desigualdad son problemas distintos, ambos se relacionan debido a que una transferencia de recursos de los más ricos a los más pobres podría de inmediato reducir la pobreza. Dado que esta es una solución posible al problema de la pobreza, es relevante discutir quiénes y por qué constituyen el grupo de “los más ricos”.
En su reporte Desigualdades en México, El Colegio de México, a través de su Red de Estudios sobre Desigualdades (2018), informó que en nuestro país la principal fuente de ingresos es el ingreso laboral; al mismo tiempo, encontró que la mediana de los ingresos mensuales de los trabajadores desde 2000 está estancada al grado de que los salarios reales en 2017 estaban casi al mismo nivel que en 2007, cayendo de 6000 pesos al mes en 2007 a 5 200 pesos en 2017, equivalente al 13 % (Colmex, 2018).
Por su parte, el Centro de Estudios Espinosa Yglesias informó en 2019 que desde 2006 es evidente la baja movilidad social, sobre todo en los extremos de la distribución (2019). Es decir, existe una composición relativamente móvil entre los estratos medios, pero la persistencia en los extremos de la distribución es elevada, como se muestra en la siguiente gráfica.
Figura 1. Movilidad socioeconómica entre dos generaciones
Fuente: CEEY, 2019
En cuanto a la acumulación de riqueza, también hay una persistencia alta en los extremos. 47 % de las personas con origen en hogares del estrato más bajo de riqueza permanece en esa posición en su vida adulta, mientras que, del sector más rico, el 54 % de las personas permanecen ahí. Igual de interesante es el hallazgo de que el 16 % de quienes provienen de estrato medio desciende hasta el más bajo y sólo el 12 % escala al quintil más alto. En otras palabras, la clase media tiene mayor probabilidad de caer en la pobreza que de ascender a la riqueza de lo deciles más altos.
Los anteriores descubrimientos en México encajan con lo que han mostrado los estudios a nivel mundial. Palma (2011) descubrió que las diferencias en la desigualdad entre los países no eran producto del comportamiento de las clases medias, sino más bien de qué tan capaces eran las élites más ricas de apropiarse de la riqueza y de qué tanto se explotaba a las clases más bajas (generalmente el 40 % más pobre).
Entre los países hay mucha homogeneidad en los deciles 5 al 9 de la distribución. Destaca que en Latinoamérica estos deciles enfrentan una situación aún más precaria en términos del porcentaje de la riqueza nacional de la que se apropian, en comparación con los otros países. Simultáneamente, la proporción de los ingresos de los 5 deciles medios (del 5 al 9) es de alrededor del 50 % del ingreso nacional per cápita en casi todos los países. Todo lo anterior significa que las clases medias están en una condición similar alrededor del mundo, por lo que la gran divergencia en desigualdad no puede explicarse mediante divergencias en las dinámicas distributivas de las clases medias. Incluso es más sugestivo el hecho de que la homogeneidad es más fuerte en los deciles 7 al 9, en las clases medias altas, las cuales acaparan el 36.6 % del ingreso nacional per cápita en promedio y cuya mediana de acaparamiento es del 37 % de ese mismo ingreso.
En cuanto al patrón histórico que ha seguido el decil 10 en la apropiación de los ingresos como proporción de los ingresos nacionales desde 1910 hasta 2019, podemos observar que, después de una caída a finales de los años 40, su participación remontó a partir de los setenta. En 2010 esa participación rondaba entre el 45 % y el 50 %, muy similar a lo que era entre los años 1913 y 1948. Más llamativo aún es notar que sus caídas y aumentos se corresponden con caídas y aumentos en los índices de desigualdad (Palma, 2011).
En su libro El capital en el siglo XXI, Piketty (2014) muestra que una parte de esta evolución se debe al aumento de la remuneración de los directivos de las grandes empresas, que no puede ser automáticamente ligada a un aumento en su productividad. No obstante, la parte más relevante que causa la divergencia es el aumento de la riqueza privada. Al igual que con los ingresos, la relación entre riqueza privada y el ingreso nacional cae después de 1945 y aumenta constantemente a partir de 1950 hasta alcanzar niveles similares a los anteriores a la Primera Guerra Mundial.
El autor explica que este fenómeno se debe en gran medida a un lento crecimiento económico. En este contexto, la riqueza creada en el pasado adquiere suma importancia, pues basta con un bajo flujo de ahorro para incrementar de manera continua y sustancial el nivel de riqueza. Si además la tasa de rendimiento es mayor a la de crecimiento de la economía —lo cual es probable cuando hay bajo crecimiento— hay un riesgo de divergencia en la distribución. Esto se ve reforzado por otros fenómenos, como si la tasa de rendimiento del capital presenta rendimientos marginales crecientes. Estos dos fenómenos causantes de la creciente desigualdad se dan en el top de la distribución (Piketty, 2014).
Incluso en el decil 9, la acumulación de riqueza no ha cambiado de forma tal que pueda explicar el aumento exacerbado de la desigualdad. Según Palma (2011), el rango de porcentaje del ingreso nacional que acapara el decil 9 en los 135 países estudiados se mueve entre 13.3 % y 17.7 %. El decil 10 tiene un rango de variabilidad mucho mayor, de 20.8 % hasta 65 %. Algo similar ocurre con la mediana de los ingresos en ambos deciles. En otras palabras, las variaciones del decil 9 son tan pequeñas que no pueden explicar las grandes variaciones de desigualdad entre países. Además, al comparar Latinoamérica con los demás países, el decil 9 no parece ser lo que hace a esta región tan distinta, por lo que la mayor desigualdad no se debe a una mayor concentración de recursos en ese decil (Palma, 2011).
A pesar de lo ya expuesto, es importante recordar que para evaluar el bienestar de un ser humano se necesitan medidas más comprensivas que el ingreso. Una medida más integral de la pobreza que puede darnos pistas sobre el Estado de bienestar de los mexicanos es el método de medición integrada de la pobreza (MMIP), que es usada en la Ciudad de México y que fue desarrollada por Julio Boltvinik (veáse Boltvinik, 1992). Este método incorpora recursos y necesidades cruciales para el correcto desenvolvimiento del ser humano en sociedad, pero que son ignorados por otras mediciones de pobreza, como la disponibilidad de tiempo o el acceso a servicios telefónicos.
Al contrastar los resultados obtenidos con la MMIP con los del Coneval, se hace evidente la subestimación de pobreza que hay en nuestro país. Según Damián (2019), la incidencia de pobreza total usando el MMIP fue de 76.7 % en 2016, mientras que la cifra de Coneval no rebasa el 43.5 % para el mismo año. Usando el MMIP para datos de décadas anteriores, Damián encontró que en 2016 la pobreza era casi 8 % mayor que en 1984, lo que sugiere una reducción de las clases medias durante ese período. Para 2016, únicamente el 23.3 % de los hogares en México vivían libres de pobreza, es decir, sólo el quintil más alto de la distribución se encuentra en condiciones de vida dignas.
El índice que se utiliza en el estudio toma en cuenta necesidades que la sociedad mexicana actual considera necesarias para vivir en bienestar y es también normativa en cuanto a tomar en cuenta qué tanto de un recurso es necesario para poder cubrir los derechos consagrados en la Constitución. Por ejemplo, el MMIP contempla la educación media superior como la satisfacción mínima educativa, mientras que el Coneval toma la primaria. Otro ejemplo es que el MMIP no considera que la afiliación al Seguro Popular equivalga a la satisfacción del derecho a la salud, como sí lo hace el Coneval (Damián, 2019).
La evidencia de estos ejercicios ha mostrado que las medidas economicistas sobreestiman el bienestar de la población. Al mismo tiempo, la acumulación de recursos en el 10 % más alto es considerablemente mayor a la que ocurre en los estratos medios. En consecuencia, las clases medias y medias altas no sólo no son las responsables de la creciente desigualdad, sino que, además, muchos de ellos viven por debajo de los estándares de bienestar que se consideran en las medidas de pobreza más progresistas.
La siguiente gráfica describe el comportamiento contrastante entre el decil 9 y el 10, demostrando que se comportan de forma muy distinta. Esta divergencia abona al argumento de que la agregación en quintiles invisibiliza mucha información importante, pues al hablar del quintil 5 se está hablando de dos deciles con comportamientos por completo diferentes.
Figura 2. Participación en el ingreso de los deciles 9 y 10 en 135 países, 2005
Fuente: Palma, 2011
En México estas afirmaciones son respaldadas cuando desagregamos los quintiles y los deciles. En la siguiente figura se puede observar la enorme brecha en ingresos que existe dentro del decil más alto y cómo el percentil 100 acumula 26 veces más que el percentil 91.
Figura 3. Ingreso per cápita (ajustado por cuentas nacionales)
Fuente: elaboración propia con datos de Damián, 2019
En conclusión, la tendencia al alza en la desigualdad en México y el mundo a partir de la década de los setenta ha estado marcada por el aumento de los recursos que acumula el 1 % más rico de la distribución. Mientras tanto, la participación del 40 % más pobre cae y los ingresos y la riqueza de las clases medias se mantienen casi invariables.
Si bien en un país con tan alta incidencia de pobreza, el gozar de un ingreso per cápita de más de 11 000 pesos mensuales y pertenecer al decil más alto puede ser visto como un privilegio, una vez que se incorporan a las medidas de pobreza estándares más progresistas sobre lo que se requiere para vivir una vida digna en sociedad, la inmensa mayoría de los mexicanos caen en carencia. Los únicos que se salvan son el 23.5 % de la población con más recursos, e incluso dentro de este grupo, es notoria la desigualdad que hay entre el 1 % más rico y todos los demás.
Es importante que los estudios y herramientas de difusión de la situación de la desigualdad en México se adapten para reflejar adecuadamente estos dos hechos. El Índice de Gini y la agregación por quintiles y deciles no cumplen ya este requisito, por lo que es imperativo explorar cada vez más alternativas como el Índice de Palma. Frente a la evidencia recaudada, debe ser prioridad para las organizaciones, instituciones e individuos que se interesen en el combate a la desigualdad y a la pobreza, hacer esfuerzos para dejar en claro quiénes están acumulando los recursos y la riqueza de México y el mundo.
Ma. Sabine Santana Sosa
Economista por El Colegio de México.
Bibliografía
Centro de Estudios Espinoza Yglesias. (2019). Informe Movilidad Social. (R. Vélez, Ed.) Ciudad de México: CEEY.
Damián, A. (2009-2010). A dónde nos ha llevado el enfoque relativo de a pobreza de Peter Townsend. Mundo siglo XXI (19), 25-34.
Damián, A. (2019). Pobreza y Desigualdad en México. La construcción ideológica y fáctica de ciudadanías diversas y desigualdes. El Trimestre Económico, LXXXVI (3), 623-666.
El Colegio de México. (2018). Desigualdades en México, 2018. Ciudad de México: El Colegio de México.
Palma, J. G. (2011). Homogeneous Middles vs Heterogeneous Tails. Cambridge working papers.
Piketty, T. (2014). El capital en el siglo XXI. Ciudad de México: FCE.
Sen, A. (1992). Sobre conceptos y medidas de pobreza. Comercio Exterior, 2(4).


