Entre los milagros, el reformismo y el inicio de la transformación pacífica: los claroscuros del crecimiento económico mexicano

México se sitúa entre las mayores 15 economías del mundo, es la cuarta economía en el continente americano y la segunda en América Latina. Además está clasificado como un país de ingresos medios altos, según su producto por habitante. Si bien la economía mexicana experimentó profundas transformaciones durante el siglo XX al transitar de una estructura productiva predominantemente agrícola a una industrial y de servicios, conseguir una significativa expansión productiva durante la etapa del milagro mexicano, lograr importantes avances en su industrialización y vincularse con éxito a los mercados internacionales, a lo largo de las décadas se han acumulado significativos problemas y rezagos económicos y sociales.

El año 2019 cerró como uno de crecimiento económico nulo y recientemente las cifras oficiales mostraron que en realidad el crecimiento había sido ligeramente negativo, situación que ha mantenido el encendido debate cuestionando las medidas y políticas de gobierno en materia económica, fiscal y social. Si bien el crecimiento del año anterior fue técnicamente nulo, desde finales de los años setenta México atraviesa un pobre crecimiento de su actividad económica. Después de la entrada en vigor del tratado comercial con Norteamérica en 1994 la economía ha experimentado un franco estancamiento económico, es decir, una secuencia ininterrumpida de crecimiento pobre o negativo, que muestra una tasa anual promedio inferior a 3 %. Esto constituye parte de la evidencia del real y contundente fracaso económico mexicano en la etapa neoliberal.

Ilustración: Víctor Solís

No obstante lo crítico del momento, si revisamos la historia de las últimas ocho décadas, el crecimiento, el desarrollo económico y la industrialización del país han mostrado un cúmulo de luces y sombras. Y en las décadas más recientes se ha tratado más bien de sombras. El problema del desempeño económico mexicano en cifras no es nuevo y tres datos contribuyen a matizar el debate sobre el crecimiento económico reciente en el cual correspondería exhibir todas las aristas. En primer lugar, se observa la presencia de recurrentes crisis, dos de ellas muy profundas, no encontradas en las etapas previas del desarrollo industrializador; una de ellas con raíces internas (en 1995) mientras que la otra (en 2008) relacionada con la crisis internacional (ver figura).

En segundo lugar, el crecimiento económico por lo general ha sido problemático el primer año de gobierno de los seis sexenios previos, con -4.4 en el de Miguel de la Madrid, -6.2 en el de Ernesto Zedillo y -0.4 en el de Vicente Fox (ver cuadro). El crecimiento económico promedio en los tres sexenios anteriores no supera en ningún caso el 3 %.

Los éxitos y fracasos en materia económica han estado vinculados con distintas etapas de la vida nacional en las que se han establecido programas de política pública claramente definidos. A partir de la década de 1940, se impulsó un modelo de industrialización por sustitución de importaciones (ISI) como estrategia para promover el crecimiento y la industrialización. En este esquema, el gobierno ocupaba un papel central en la promoción al desarrollo nacional con base en la estratégica administración de instrumentos de política industrial y comercial. La planta productiva nacional se encontraba altamente protegida de la competencia externa y hacia su fortalecimiento se canalizó una significativa cantidad de recursos. La ISI arrojó una serie de resultados efectivos durante su temprana implementación. El país alcanzó un crecimiento económico de aproximadamente 6 % promedio anual durante dos décadas. Pero con el paso de los años se evidenciaron distorsiones en el sistema productivo y debilidades estructurales significativas que desembocaron en una profunda crisis a finales de los años setenta.

La decadencia del modelo de industrialización de economía protegida provocó un cambio de modelo de desarrollo nacional. La liberalización fue el eje articulador de una nueva estrategia económica orientada al exterior. La intensa apertura comercial, privatización y desregulación marcaron el giro en la filosofía desarrollista. El nacionalismo y la participación estatal prevalecientes en la etapa previa se disolvieron para dar paso a la privatización y la apertura a los capitales extranjeros. La nueva estrategia trajo consigo un importante dinamismo de las exportaciones y la inversión extranjera. Pero el crecimiento económico, en el mejor de los casos, ha sido calificado como moderado (Cárdenas, 2015). Además, los persistentes problemas estructurales se hicieron también visibles. Las condiciones de la apertura, por demás abrupta, resultaron desfavorables para el desarrollo adecuado de una planta productiva nacional competitiva. Se desarrolló un sector exportador excesivamente dependiente y concentrado en el mercado estadounidense, además de tener un impacto limitado en el resto de la economía. Siguió la dependencia estructural por los bienes intermedios y de capital importados. El empleo y los salarios experimentaron un proceso de deterioro. Creció la informalidad, la pobreza y la desigualdad. México se convirtió en una economía altamente abierta y liberalizada, y los pactos estabilizadores rompieron eficientemente el circulo vicioso inflación-devaluación-recesión; sin embargo, el país mostró una limitada capacidad para ampliar su capacidad productiva, generar empleo de calidad, y fomentar el bienestar social (Trejo, 2017a). De ahí que el crecimiento económico ha significado uno de los problemas más apremiantes para la sociedad mexicana y para los respectivos gobiernos, que además se han enfrentado a una creciente desigualdad y pobreza.

En torno al problema del pobre crecimiento económico se han articulado esquemas de política pública que por 40 años habían consistido en programas reformistas de orientación neoliberal. La reestructuración basada en las reformas se enunció como necesaria para alcanzar estabilidad con alto crecimiento económico. Los programas de ajuste derivados del Consenso de Washington delinearon las medidas de política nacional de manera muy intensa en los años noventa. Luego, a raíz del cambio presidencial de 2012, retornó con fuerza el discurso sobre la necesidad de emprender reformas estructurales orientadas a alcanzar objetivos estratégicos, entre ellos el crecimiento económico de largo plazo y la generación de empleo, en un ambiente de estabilidad y sustentabilidad. Con base en ese argumento se emprendió una ola más de reformas que incluyeron la laboral, la educativa, la energética, la hacendaria y financiera, así como la de telecomunicaciones.

La actual administración presidencial dice representar una discontinuidad en esta tendencia. Sin embargo, el discurso y prácticas del ejecutivo federal ha estado plagado de contradicciones, como la entusiasta renegociación del tratado comercial con Norteamérica, emblema del modelo de apertura y liberalización económica mexicana. Además, las críticas motivadas por el crecimiento económico nulo en el primer año de gobierno han llevado al presidente a señalar que le importa el crecimiento económico, pero más le importaba el desarrollo. Es cierto que en años recientes se advierten enérgicos cuestionamientos hacia lo que se ha denominado “la incesante búsqueda del crecimiento económico” medido por el Producto Interno Bruto. Se ha sugerido que los gobiernos prescindan del crecimiento económico como objetivo primordial del desarrollo nacional, ya sea porque es insostenible para el planeta o porque existen parámetros de medición del bienestar y desarrollo más adecuados. Robert Solow, por ejemplo, ha indicado que el crecimiento económico continuo es insostenible porque resulta destructivo para el medio ambiente y depende excesivamente de recursos escasos.

Sin embargo, es imposible negar la importancia de ampliar la capacidad productiva de las sociedades a una tasa apropiada y sostenida. El crecimiento demográfico y la necesaria disponibilidad de bienes y servicios para mejorar el nivel de vida de la población, especialmente en aquellos países en los que se parte de un nivel de desarrollo muy bajo, justifican esa relevancia. El crecimiento económico, además, atempera los conflictos distributivos al facilitar un aumento sostenido de todos los tipos de ingreso independientemente de su distribución inicial. Se estima que para que México logre un impulso significativo en su desarrollo es necesario que crezca de manera sostenida al 6 o 7 % anual y que se generen más de 1 millón de empleos formales al año, objetivos que parecen muy lejanos.

A pesar del milagro derivado del modelo de sustitución de importaciones, y del dinamismo exportador desencadenado por las reformas estructurales, persisten numerosos desafíos: una debilitada planta productiva nacional; la inestabilidad de los mercados internacionales; la falta de acuerdo político; la inseguridad; los mecanismos y formas de la democracia mexicana como detonadores de tensiones sociales; y una clase política cuyas motivaciones siempre son puestas en duda. Estos factores resultan en una estructura con débiles incentivos para avanzar en nuevas estrategias. Las reformas no generaron una dinámica radicalmente distinta, pero el problema seguirá mientras no se reconozca el problema con sus múltiples factores y consecuencias. Por lo general, el diagnóstico oficial y gran parte del debate público suele omitir toda la serie de problemas estructurales que trascienden las esferas de lo económico. La violencia e inseguridad registradas en distintos lugares del país muestran qué tan lejos está México de ser un país con un orden legal mínimo, y cómo el combate a la impunidad es tan necesario como las reformas económicas para la modernización. Es imposible no encontrarse ante un gran escepticismo. Dado este panorama es difícil poder echar a volar campanas ante lo que puede venir si no se toma con seriedad y destreza el asunto. Se requerirán estrategias renovadas, basadas en la correcta evidencia y formuladas con una mínima sensatez.

 

Alejandra Trejo Nieto
Economista y profesora-investigadora del Centro de estudios demográficos, urbanos y ambientales, El Colegio de México.

Referencias

Cárdenas, Enrique (2015). El largo curso de la economía mexicana. Fondo de Cultura Económica, México.

Trejo Nieto, Alejandra (2017a). “Crecimiento económico e industrialización en la Agenda 2030: perspectivas para México”, Problemas del Desarrollo. Revista Latinoamericana de Economía. UNAM. Vol. 46, núm. 188, pp. 83-111.

Trejo Nieto, Alejandra (2017b). Localización manufacturera, apertura comercial y disparidades regionales en México. El Colegio de México, México.

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Publicado en: Economía, Sociedad