En la Universidad de Lund, en una clase con una de las expertas globales en economía de la energía y su historia, discutimos sobre la evolución histórica del consumo de energía durante los últimos cinco siglos hasta el presente y sus implicaciones tecnológicas y climáticas. En ese punto un compañero le preguntó a la profesora sobre las últimas declaraciones de la joven que protestaba en Estocolmo, Greta Thunberg, respecto a la necesidad de un cambio radical en la economía global si se deseaba evitar el tan temido incremento en temperaturas por arriba de los 1.5 ºC.
La profesora contestó que tenía razón, disminuir el consumo de energía, y por ende las emisiones de CO2 a los niveles necesarios para prevenir el desastre, requeriría por necesidad un cambio drástico en cómo producimos, cómo nos transportamos y cómo consumimos. Después de discurrir un poco sobre qué tipo de transformaciones tendrían que ocurrir para que esto fuera posible, concluyó diciendo que era muy poco probable que se lograra una transición energética de la magnitud necesaria para lograrlo o que la economía global cambiaría drásticamente. Desafortunadamente, consumir menos carne, establecer mecanismos de ajustes fronterizos al carbono (carbon border adjustment mechanisms), usar menos popotes y bolsas de plástico, aunque pueden ser políticas populares en algunos sectores y nos hacen sentir bien al contribuir algo, tienen un efecto marginal. Ninguna acción individual ni políticas nacionales unilaterales van a transformar la economía global.

Ilustración: Patricio Betteo
Se podría pensar que ésta es una visión muy pesimista del futuro, que la tecnología eventualmente nos rescatará (tecno optimismo), que el cambio está en uno mismo (pensamiento mágico) o que al final los grandes acuerdos, como el de París, lograrán su cometido. No obstante, existen razones tecnológicas y de economía política para pensar que los esfuerzos deberían estar más bien en mitigación, ya que la prevención de los efectos negativos de la crisis climática parece ya ser una batalla perdida.
En el mundo en cifras hasta 2018, 88.5 %1 de la energía que se consume es fósil (gas, petróleo y carbón), energías renovables en su conjunto apenas rozan el 1 % del consumo de energía primaria en el mundo. La economía mundial se mueve en energía fósil y no hay un substituto obvio que sea compatible con su funcionamiento.

Tan sólo el transporte de personas y mercancías, el primero sobre todo terrestre y el segundo sobre todo marítimo representa el 23 % de las emisiones globales y el 25 %2 del consumo total de energías primarias. De acuerdo a Naciones Unidas, cerca del 80 % del comercio de mercancías es marítimo, 60 % del mismo representa bienes y materias primas, 40 % representa transporte de energía.
Aunque existan alternativas de transporte potencialmente eléctricas, susceptibles a usar como fuentes de energía primaria las energías renovables (automóviles y trenes), las proyecciones de la IEA indican que para 2040 tan sólo el 1 % del transporte global será en su naturaleza eléctrico. Por sí solo el panorama del transporte debería hacer obvia la conclusión de que la globalización y la reducción significativa de emisiones en la economía global en el corto plazo son poco compatibles.
Esta realidad nos debe llevar a repensar desde lo público qué acciones son viables para enfrentar la mitigación (no la prevención) de los efectos negativos de la crisis climática. Sustituir en poco más de una década el 88.5 % de la energía global no es posible, incluso reducir una fracción significativa de la misma es extremadamente complicado. La historia ha mostrado que las transiciones energéticas son muy lentas y van de la mano con el desarrollo masivo de infraestructura (Smil, 2017).3
Parecería una disyuntiva sencilla pensar que la decisión es entre “el funcionamiento de la economía global” y “la extinción” y que frente a eso de forma natural surgiría una coordinación global que logre rápidamente desmantelar la forma en que producimos, comerciamos y consumimos para disminuir las emisiones a la velocidad que se necesita. No obstante, hay elementos de economía política que hacen la coordinación global extremadamente complicada.
El desarrollo económico está altamente correlacionado con el incremento en consumo de energía. Mientras el mundo en desarrollo desee sacar a sus poblaciones de la pobreza, los niveles de consumo van a incrementar, aunque es posible que no lo hagan de forma lineal. ¿Es razonable esperar que países como China o India buscarán frenar una economía global que ha sido muy benéfica para sus poblaciones? No sólo no es razonable, es poco realista. ¿Es razonable que los países desarrollados hablen con sus poblaciones y les pidan que disminuyan sus niveles de vida en cierto porcentaje para acomodar el mayor consumo del mundo en desarrollo? Quizá sería deseable, pero es políticamente inviable.

¿Es razonable pensar que eliminando todos los popotes o bolsas lograremos un cambio significativo? Eliminar todos los plásticos del mundo apenas reduciría el 3.8 % de las emisiones globales hoy y 15 % en 2050,4 para prevenir la catástrofe es muy poco y muy tarde. No es razonable pensar que la responsabilidad individual puede responder a un problema de acción colectiva de alcance global.
Hoy y en el futuro cercano no parece existir una alternativa viable al capitalismo globalizado de nuestros tiempos y es muy poco probable que la economía global se desintegre en una década. El cambio tecnológico puede jugar un rol muy importante en los esfuerzos de mitigación, en disminuir la intensidad energética de las industrias, pero nada de eso va pasar si no ponemos lo público, y no lo individual, en el centro de atención.

En países en desarrollo las mayores áreas de ganancia en términos de disminución de emisiones están en los sectores domésticos, en cómo construimos viviendas que requieran menos energía para calentarse o enfriarse, que requieran menos combustible para cocinar. En el sector transporte, masificando el transporte público y en incentivar el cambio estructural en la economía. En las economías en desarrollo, la mexicana por ejemplo, se ha observado cómo el cambio estructural puede disminuir la intensidad energética5 en la economía, pero poco se ha hecho por generar cambios en el sector transporte y el residencial.
Propiciar el cambio estructural y fomentar este tipo de políticas pasa por que el Estado desarrolle la infraestructura necesaria, invierta e incentive el cambio tecnológico. Hacerlo requiere de un Estado fiscalmente sólido y que haga uso de todas sus herramientas, las fiscales unas de las más poderosas. Ideas como los impuestos al carbono en un país o la creación de un banco mundial de carbono como recientemente propone Kenneth Rogoff pueden ayudar a acelerar una transición energética que, aunque llegue tarde, seguirá siendo muy necesaria si deseamos mitigar los impactos adversos en el medio ambiente.
El cambio climático al igual que la desigualdad es uno de los problemas más grandes del siglo XXI. Lo que el mundo requiere es un cambio drástico en la economía global, si esto no es posible, por lo menos dejemos de pensar en el individuo como el sujeto de responsabilidad y pensemos mejor en lo público. Cosas buenas pueden resultar de ello.
Diego Castañeda
Economista por la University of London. Historiador económico por la Universidad de Lund.
1 BP Statistical Review of World Energy (2019).
2 IEA International Energy Outlook (2016).
3 Vaclav Smil (2017). Energy Transitions: Global and National Perspectives.
4 Zheng, J., Suh, S. Strategies to reduce the global carbon footprint of plastics. Nat. Clim. Chang. 9, 374–378 (2019) doi:10.1038/s41558-019-0459-.
5 La intensidad energética se refiere al consumo de energía que se requiere para producir determinado valor agregado. Intensidad = consumo de energía / valor agregado.