Para que un cuerpo humano pueda moverse tienen que ocurrir un sinfín de procesos, entre ellos los neuronales, los cuales transmiten estímulos en forma de impulsos eléctricos que viajan por todo el cuerpo en menos de un segundo que estimulan la contracción muscular o provocan la liberación de sustancias para regular las funciones corporales. Así como en los seres humanos, la electricidad es clave para cualquier economía: genera procesos productivos, desarrolla los sectores económicos y es un asunto tan estratégico que ha generado acaloradas discusiones sobre cómo debe ser dirigida.
La pandemia visibilizó este asunto. El sistema eléctrico ha sido fundamental durante las etapas de aislamiento y también lo será en la recuperación económica a nivel global. Por lo tanto, es importante recuperar proyectos y experiencias que nos ayuden a conocer cómo se construyeron los sistemas eléctricos nacionales.

Esta historia eléctrica comenzó hace 61 años. Se trató del Seminario Latinoamericano de Energía Eléctrica que tuvo sede en México del 31 de julio al 12 de agosto de 1961. Fue organizado por Naciones Unidas, la Comisión Económica para América Latina (Cepal), la Dirección de Operaciones de Asistencia Técnica (DOAT) y la Subdirección de Recursos y Economía de los Transportes de la ONU, en conjunto con el gobierno de México encabezado por Adolfo López Mateos. Un año antes, el 27 de septiembre de 1960, López Mateos había “mexicanizado” la industria eléctrica, por lo que el seminario fue clave en el espíritu desarrollista de la época.
Una gran parte de la opinión pública quedó convencida de que la “mexicanización” fue la gran victoria en contra de las transnacionales, un resultado de la Revolución Mexicana de 1910 y de la expropiación petrolera de 1938. Sin embargo, la situación fue menos revolucionaria de lo que parecía. La adquisición de los bienes de las empresas privadas eléctricas no se hizo por medio de la expropiación, como fue el caso de las petroleras, sino por medio de la compra de acciones y la absorción de sus pasivos. Los siguientes meses después de la decisión de López Mateos fueron un reto para los ingenieros, pues tenían la tarea de armonizar el sistema eléctrico nacional.
Al evento asistieron 113 expertos procedentes de distintos países de América Latina y Europa. Además, participaron en el evento otras instituciones internacionales entre las que resaltaron la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el Banco Interamericano de Reconstrucción y Fomento (BIRF), la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA), la Comisión Económica para Europa (CEE), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos (Cemla).
Ahora bien, como parte de los trabajos del seminario se organizaron comités para realizar un balance general del sector; algunos de los principales problemas que se mostraron en ese momento, tanto por privados como por el sector público, en los diferentes países de la región eran: bajos voltajes, inestabilidad de frecuencias, interrupciones, racionamiento y restricciones a la aceptación de nuevos consumidores o la ampliación de la demanda de los ya establecidos. Los bajos rendimientos en la generación y distribución de esos sistemas obsoletos y sobrecargados, que no podían renovar ni ampliar sus instalaciones de forma adecuada por falta de recursos financieros, presentaron más dificultades con el paso del tiempo.
La generación eléctrica de América Latina en 1959, tanto pública como privada, tuvo una tasa de crecimiento anual de 7.9 %, en donde el servicio público tuvo una mayor participación con el 79.5 %. Además, el reporte menciona que la forma de generación eléctrica predominante en ese entonces era la hidroeléctrica, y el mayor productor era Brasil con 17 900 millones de kWh. Le seguían México con 5900 millones de kWh, Chile con 2900 millones de kWh y, por último, Colombia con 2200 millones de kWh. Estos cuatro países conformaban el 88 % de la generación hidráulica total.
En ese tiempo en América Latina la distribución porcentual era aproximadamente la siguiente: industria y minería 55 %, doméstico 25 %, comercial 7 %, alumbrado público 2 %, transporte y otros 11 %. Cabe mencionar que eran cinco países (Brasil, Argentina, México, Chile y Venezuela) los que en conjunto representaban el 81.2 % del total en consumo industrial y minero. Estos porcentajes nos dan una idea de cómo se estaban moviendo los sectores de la actividad económica en los diferentes países en 1959.
Una de las conclusiones a las que se llegó en el seminario fue que América Latina difícilmente podría cumplir sus designios de crecimiento económico y social si no lograba mejorar y ampliar considerablemente la producción de energía eléctrica. Ésta debía por lo menos triplicarse hacia 1970. Los resultados fueron diversos dentro del seminario, pero lo más importante fue que se logró una agenda de discusión en los países, un ejemplo de ello fue la Conferencia Latinoamericana de Electrificación Rural (CLER), llevada a cabo en Buenos Aires en 1964.
Sin duda, la electricidad es clave en el mundo, ya sea como elemento neuronal o como impulso detonante para el bienestar de cualquier país. Por ende, el Seminario Latinoamericano de Energía Eléctrica mostró un interés continental para que un sector pudiera ser la base del desarrollo industrial de la época. Por ello es tan importante seguir discutiendo los caminos que va tomando la electricidad sin olvidar que la energía debe, ante todo, promover el constante mejoramiento de las condiciones de vida de la sociedad y no del capital. Aún quedan muchas historias eléctricas que contar.
Ángel Octavio Dorantes Zamora
Estudiante de doctorado en el Programa de Posgrado en Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional Autónoma de México