Cumplidos los cuarenta, llevar a la nueva novia a conocer a tu familia es incómodo. La abuela, sin intención —o quizás intencionalmente, quién sabe de los caprichos de la señora— cambiará su nombre sucesivas veces por aquellos del festival de exparejas de los últimos veinte años. Más incómodo, sin embargo, incómodo de a deveras, es hablar con una izquierda anquilosada sobre la visión política de Keynes, sobre el sistema de ideas económicas que conforman el keynesianismo y sobre cómo ambos se conjugan en la construcción de un peculiar horizonte utópico de transformación de la sociedad.
Ahora bien, por obra del travieso destino, en tiempos pandémicos uno se encuentra a más de 7000 kilómetros de la “macarronada” familiar de cada domingo, alejada de la inconfundible algarabía hogareña alrededor de la política brasileña actual, y completamente excluida de la discusión levantada por parientes sobre las posibilidades concretas de que Bolsonaro sea destronado. Pero esta distancia no significa abdicar de una vida llena de emociones, de comprar peleas sin necesidad o de incurrir adrede en una que otra incomodidad para salpicar de sabor el viacrucis del encierro. Así, si hay que elegir entre el calvario de soltar una noticia penosa en el mero seno del convivio familiar o lanzar argumentos para ver en Keynes algo más que un vil “salvador del capitalismo”, sigamos la segunda ruta en este autoinfligido crucero de molestias.
Al elegir esta puerta, continuamos en la tortuosa ruta de intentar abrir, una vez más, el flanco de posible diálogo entre el marxismo y el keynesianismo, aunque para tanto se camine sobre un peligroso despeñadero. Del lado izquierdo del profundo barranco, lo acusan a uno de “pinche reformista” ante cualquier mención del economista británico o incluso al hacer referencia a algún epígono de Keynes. Por la derecha, las ofensas pasan por tildar a uno de “comunista empedernido” o, peor, de “economista mequetrefe” que se deja guiar más por las tripas que por la razón, que se ahínca en su convicción ideológica y menosprecia el “método científico” en su lectura de la economía. Antes de entrar de lleno en este resbaladizo sendero y preguntarnos sobre los cincuenta tonos de rojo de Keynes, es necesario hacer otras dos advertencias y presentar una excusa.

Ilustración: Estelí Meza
Advertencia 1: Consideraciones sobre los peligros de derivar las inclinaciones políticas del personaje en cuestión exclusivamente de su árbol genealógico
Una y otra vez, nos encontramos con una serie de textos supuestamente críticos, tanto académicos como periodísticos, que presentan a Keynes como “el salvador” del capitalismo. De nuevo se repite la fórmula fácil de que de la boca —o pluma— de un Lord inglés sólo se puede esperar complicidad absoluta con su clase de cuna. Pero quizás esa asociación inmediata, sin bemoles ni mediaciones, nos lleve a clavar un diagnóstico injusto en relación con una determinada trayectoria personal. Basta recordar que una y otra vez se cita una frase de Keynes que afirma que “el día que llegue la guerra de clases, me encontrarán del lado de la burguesía”1 como si fuera la sentencia inapelable de su supuesto compromiso con un modelo económico y político que favorece a los intereses de los ricos. Por cierto, la famosa frase raramente es presentada en su debido contexto. Así, rescatada de forma parcial, sin un mínimo de contextualización, toda frase “pescada” en cualquier texto de cualquier autor hablará más de las preferencias del “pescador” que del sistema de creencias y argumentos defendido por el reseñado.
Entonces, tal vez valiera la pena recordar que las dos líneas multicitadas son parte de un discurso proferido por Keynes en la Liberal Summer School, realizada en agosto de 1925 en Cambridge, en la cual el economista critica el canon casi medieval del Partido Conservador y defiende ideas progresistas que van desde el derecho al divorcio hasta la reivindicación económica de las mujeres y la importancia de que éstas tengan autonomía para tomar decisiones sobre la natalidad. Keynes incluso hace un guiño favorable al trato no discriminatorio de las minorías sexuales.
Claro, un lector más criticón podría argumentar que dichas “libertades individuales” caben bajo la bandera del “liberalismo burgués”. Sin embargo, el discurso de Keynes es más bien un exhorto a que en el Partido Liberal no haya temas tabú. Keynes quiere incentivar el cuestionamiento racional de temas socialmente relevantes, sin amarres ideológicos previos, en vez de repetir las seudoverdades entonadas bovinamente en los mítines de los partidos tradicionales. Se trata, por lo tanto, de un discurso en favor de la saludable democracia interna de una agrupación política y en línea con su preocupación por la “emancipación de la mente”. De hecho, la famosa frase “pescada” era más un chiste, un artificio retórico para generar polémica y enganchar a la audiencia que una declaración anticlase trabajadora.2
Para ser justos, citemos una versión más completa de la polémica oración:
Cuando se trata de la lucha de clases como tal, mi patriotismo local y personal, como los de todos los demás, excepto algunos celosos desagradables, están apegados a mi propio entorno. Puedo dejarme influir por lo que me parece justicia y buen sentido; pero la guerra de clases me encontrará del lado de la burguesía educada. Pero ésta no es la dificultad fundamental. Estoy dispuesto a sacrificar mi patriotismo local por un importante propósito general. ¿Cuál es la verdadera repulsión que me mantiene alejado del Labour? No puedo explicarlo sin comenzar a acercarme a mi posición fundamental. Yo creo que, en el futuro, más que nunca, las preguntas sobre el marco económico de la sociedad serán de lejos más importantes que los problemas políticos. Yo creo que la solución correcta involucrará a elementos intelectuales y científicos que deben estar por encima de las cabezas de la vasta masa de votantes más o menos analfabetos.3
Es innegable que el giro final del párrafo es elitista, pero no lo suficiente para nublar nuestra apreciación de que el sistema keynesiano busca asegurar mayor estabilidad económica —disciplinando a la acción de los “rentistas”— y promover la planeación y la “socialización de las inversiones” a través de la acción estatal y la búsqueda del pleno empleo. Estos son objetivos alineados con la mejora sustancial de las condiciones de la clase trabajadora. A pesar de la incuestionable pedantería aristocrática con la que se expresa nuestro personaje, no es casual que recientemente han aparecido cada vez más estudios sobre el “socialismo liberal” que es la concepción política subyacente de las recomendaciones económicas de Keynes.4
Advertencia 2: ¿Reformista? Los dolores de cabeza de un socialista sui generis
La apresurada imputación de “salvador” del capitalismo que enfrenta Keynes tiene varias aristas. Por ejemplo, hay quienes afirman que “Keynes, que en absoluto desea que el sistema económico sufra una transformación revolucionaria y que defiende el sistema de libertad individual, dentro de su concepción aristocrática o elitista, plantea [en la Teoría General] una salida a través de los dirigentes y administraciones”.5 También hay aquellos que sintetizan los planteamientos keynesianos en “cuatro pilares”, a saber: a) centralidad de la demanda, b) fomento a la inversión, c) intervención del Estado, d) regulación del sistema financiero.6 Sin embargo, estos autores no encuentran en Keynes una propuesta realmente “protrabajo”, ya que consideran que su “visión aristocratizante y elitista de la economía, la política y la vida en general” reduce el papel de las “masas trabajadoras” a meros “consumidores”.7
De ahí, en un brinquito, estos autores afirman, equivocadamente, que el keynesianismo es una “escuela económica enemiga de la lucha de clases” y, como tal, que sus adeptos “mantienen con los llamados neoliberales, los monetaristas y los seguidores de la escuela austriaca (anarcocapitalistas incluidos) […] una pelea amañada de antemano. Una pugna entre liberales moderados y radicales, pero liberales al fin y a la postre”.8 No es difícil imaginar a qué conclusión nos lleva esta lectura: que la influencia de Keynes en la política económica es “una cómoda parada a la espera de que la crisis capitalista escape porque no creen que sea posible la revolución social y, probablemente, ni siquiera la deseen” y que, “por más que se empeñen los keynesianos, la salida que escoge el capitalismo y sus gobiernos vuelve a ser de nuevo, como en la Gran Depresión, el conflicto y, posiblemente a corto-medio plazo, la guerra”.9
Ahora bien, si logramos liberarnos del corsé mental representado por este tipo de lectura unilateral del keynesianismo radical, quizás comprendamos mejor la idea de que Keynes podría ser visto como un izquierdista sui generis. Es justamente este tipo de apertura que encontramos en el provocativo texto “Was Keynes a Socialist?”, en el cual E.W. Fuller sostiene que Keynes fue un “socialista no marxista” desde 1907 hasta su muerte en 1946.10 Fuller sugiere que, a grandes rasgos, hay dos interpretaciones del pensamiento de Keynes: la de Rod O’Donell, quien afirma que Keynes se describió a sí mismo como socialista y se alineó con el socialismo, y la de su biógrafo más reconocido, Robert Skidelsky, quien insiste en que Keynes no era socialista.
Fuller considera que Keynes sí era un socialista, “dado que los primeros puntos de vista políticos de Keynes motivaron su economía, [por lo que] es imposible comprender completamente su economía sin una comprensión genuina de su política”. Es decir, “sus puntos de vista políticos anteriormente sostenidos inspiraron su teoría económica, no al revés”.11 Entre las opiniones políticas que Fuller rescata de Keynes se encuentra la pretensión de transferir el control final sobre la inversión al gobierno: una política que pretende “socializar la inversión” para curar permanentemente el desempleo secular y cíclico. Además, Fuller considera que la actividad política y periodística de Keynes confirma que éste buscó activamente la consecución del socialismo.
En la misma tónica va el libro Keynes Against Capitalism, en el que James Crotty apunta que Keynes acuñó el término “socialismo liberal” en su obra cumbre, The General Theory of Employment, Interest and Money. Atinadamente, Crotty señala que Keynes proponía una reorganización del sistema económico distinta al capitalismo de laissez-faire, justamente porque observó que la “clase trabajadora militante” podría convertirse en una “clase trabajadora revolucionaria”.12 Así, el “socialismo liberal” estaría asociado a una transformación radical de las instituciones y prácticas de la economía política, que, en vez de “salvar al capitalismo”, más bien buscaría “reemplazar la economía capitalista de Gran Bretaña con un sistema económico socialista planificado o guiado por el Estado, construido alrededor del control público y semipúblico de la mayor parte de la inversión de capital a gran escala. El Estado debería usar su control sobre la inversión de capital (aumentado por controles de capital) como la principal herramienta de política para lograr y mantener el pleno empleo”.13
La tesis principal de Crotty va en ese sentido. El autor sostiene que “la visión política en evolución de Keynes para un sistema económico radicalmente nuevo para Gran Bretaña en la era posterior a la Primera Guerra Mundial es adecuadamente descrita por él como ‘socialismo liberal’ en vez de ‘capitalismo reformado’”. Esta visión estaría representada por una “agenda de política económica […] diseñada para crear una variante liberal y democrática de una economía socialista guiada por el gobierno […] con grandes empresas de propiedad pública e influenciadas por el Estado (como en la construcción de viviendas) que juntas controlarían la mayor parte del capital social a gran escala del país”; cuyo objetivo principal sería “aumentar la inversión ‘pública y semipública’ lo suficiente como para lograr y luego mantener el pleno empleo a largo plazo, creando una economía y una sociedad dramáticamente mejoradas en el proceso”.14
Excusa: disyuntivas de la incoherencia humana
Es evidente que existe una tensión entre la trayectoria personal de un hombre que fue, al fin y al cabo, un Lord y la potencia progresista del legado intelectual del economista más influyente del siglo XX. Como una nueva biografía de Keynes sintetiza con gran éxito, el economista fue una rara amalgama de paradojas: “Un burócrata que se casó con una bailarina; un hombre gay cuyo mayor amor era una mujer; un leal servidor del Imperio Británico que arremetió contra el imperialismo; un pacifista que ayudó a financiar dos Guerras Mundiales; un internacionalista que ensambló la arquitectura intelectual del Estado-nación moderno; un economista que desafió los fundamentos de la economía. Pero, incrustado en todas estas aparentes contradicciones, hay una visión coherente de la libertad humana y la salvación política”.15
En un foro muy íntimo y personal, casi en un suspiro confesional, hay ciertas notas disonantes que para mi son imperdonables en el arco biográfico de Keynes, incluso cuando uno ya está “vacunado” —¿dosis única o en dos tandas?— contra el determinismo apriorístico del “mandato del árbol genealógico”. Esta incomodidad persiste incluso cuando una es parcialmente renuente a la tesis de que el tiempo histórico y las condiciones del entorno social en cierto sentido suavizan las decisiones de vida de nuestro personaje. Por ejemplo, la concepción semimalthusiana que tenía Keynes de la dinámica poblacional me parece problemática. Lo mismo puede decirse de la relación que Keynes mantuvo con la British Eugenics Society, de la que fue vicepresidente de 1937 a 1944. Sin embargo, aun considerando esas manchas negras en su currículum, nos parece que el sistema de ideas legado por Keynes supera a los vaivenes incongruentes de su persona, por más protagónico que él haya sido en la tarea de asegurar la trascendencia de su mensaje.
Así, finalmente, uno pudiera arriesgarse a decir que el progresismo en las medidas de reorganización económica-social que se desprende de las ideas de Keynes —y que sigue encarnado en las generaciones de economistas heterodoxos que le siguieron— no puede ser rehén de la rígida evaluación de aquellos que, con una rígida regla moral y con dedo inquisidor en alto, ven “pinche reformismo burgués” en cualquier propuesta que no se adecúe a sus concepciones premoldeadas de lo que sería, para ellos, la única vía posible para una transformación revolucionaria.
Monika Meireles
Investigadora Titular A del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (IIEc-UNAM)
1 Keynes, J. M. “Am I a liberal?”, Essays in Persuasion, Ed. Palgrave Macmillan, Reino Unido, 2010 (1925), pp. 295-306.
2 Toye, R. “Keynes, Liberalism, and ‘the emancipation of the mind’”, The English Historical Review, 130 (546), Reino Unido, 2015, pp. 1162-1191.
3 Keynes, J. M. “Am I a liberal?”, Essays in Persuasion, Ed. Palgrave Macmillan, Reino Unido, 2010 (1925), p. 297.
4 Crotty, J. Keynes Against Capitalism. His Economic Case for Liberal Socialism, Routledge, Londres, 2019. Véase también: Fuller, E. W. “Was Keynes a socialist?”, Cambridge Journal of Economics, 43 (6), Reino Unido, 2019, pp. 1-30.
5 Méndez, F. “John Maynard Keynes, cuantitativista renegado”, Iberian Journal of the History of Economic Thought, 7(1), Madrid, 2020, pp. 45-64.
6 Jiménez, A. “Contra Keynes y los keynesianos”, Rebelión, 16 de enero 2012.
10 Fuller, E. W. (2019). “Was Keynes a socialist?”, Cambridge Journal of Economics, 43 (6), Reino Unido, 2019, pp. 1-30.
11 Fuller, E. W. Ob. cit. p. 2
12 Crotty, J. (2019). Keynes Against Capitalism. His Economic Case for Liberal Socialism. Routledge, Londres, 2019.
14 Crotty, J. Ob. cit. pp. 5-6.
15 Carter, Z. The Price of Peace: Money, Democracy and the Life of John Maynard Keynes, Random House, New York, 2020, p. 13
Qué delicia de texto!