La cultura cívica: un ideal para idealizar

El asalto al Capitolio de Estados Unidos el 6 de enero reavivó cuestiones sobre la democracia. ¿Cómo entender su historicidad, entre lo real y lo ideal? ¿Siguen útiles nuestros conceptos tradicionales? Propongo discutir el de “cultura cívica”. Lo formularon los politólogos estadounidenses Gabriel Almond y Sidney Verba en The Civic Culture: Political Attitudes and Democracy in Five Nations (1963). Su proyecto científico era acompañar la evolución de la ciencia política estadunidense del análisis de las instituciones (enfoque institucional) hacia el de los comportamientos políticos (enfoque conductista). Para ello acuñaron el concepto de “cultura política”; es decir, “orientaciones específicamente políticas, posturas relativas al sistema político y sus diferentes elementos, así como actitudes relacionadas con la función de uno mismo dentro de dicho sistema”.1 Detengámonos en las aportaciones y los límites de este concepto.

Ilustración: Víctor Solís

Aportaciones

Características de la cultura política. Según Almond y Verba, la cultura política se caracteriza primero por la “particular distribución entre sus miembros de las pautas de orientación hacia los objetos políticos”.2 Éstas son las siguientes:

• Orientación cognitiva: conocimientos acerca del sistema político.

• Orientación afectiva: indiferencia o interés para la política, materializada como actores, eventos, símbolos, normas.

• Orientación evaluativa: juicios acerca de la vida política, basados en criterios como la legalidad, la eficacia y la legitimidad.

Compartidas a escala nacional, estas orientaciones políticas conforman tres tipos de cultura:

Parroquial. Las funciones políticas no se diferencian claramente de las otras funciones sociales: lo político no forma un campo autónomo y especializado. Los ciudadanos tienen pocos conocimientos y juicios acerca de lo político.

De súbdito. Existe una diferenciación de las instituciones y funciones políticas; sin embargo, los ciudadanos mantienen una actitud pasiva frente a lo político.

De participación. Las instituciones políticas se especializan. Los ciudadanos participan activamente en el sistema político.

Cultura y sistema políticos. Los sistemas políticos se generan dentro de una cultura política que sigue regulándolos. Así, la cultura parroquial es típica de los sistemas tribales y feudales; la de súbdito, de los sistemas autocráticos y carismáticos, y la de participación de las democracias occidentales modernas. Ahora bien, la cultura y el sistema políticos no son necesariamente homólogos, particularmente en períodos de cambios culturales.

El modelo estadunidense. Almond y Verba presentaban a Estados Unidos como un modelo de democracia, y el que más se parece al ideal de cultura cívica. Sus rasgos son: una mayoría de ciudadanos activos, la adhesión al sistema político y la satisfacción con las acciones gubernamentales. Es corriente la idea –el ideal– del excepcionalismo estadounidense en las ciencias sociales. Alexis de Tocqueville en La democracia en América (1835) planteó que el triunfo de la democracia en Estados Unidos se debía a una cultura participativa y a una creencia compartida en la igualdad. En Continental Divide (1998), Seymour M. Lipset enfatizó las actitudes independientes, individualistas, liberales y progresistas de los ciudadanos estadunidenses.

Límites

Conceptuales y teóricos. Primero, este marco adolece de evolucionismo simplista. Aunque Almond y Verba mencionen que el proceso de evolución entre distintos tipos de culturas políticas pueda resultar conflictivo, la cultura de participación sí aparece como el destino final. Asimismo, una noción funcionalista subyace tras la homología entre cultura y sistema políticos: el primero requiere de la segunda para funcionar. Y, desde luego, es etnocentrista presentar a Estados Unidos como modelo de la cultura de participación y de la democracia.

Empíricos. Empíricamente, no se verifica el ideal de la cultura cívica estadounidense como sumamente participativa. Hoy en día, Estados Unidos tiene una de las tasas de participación electoral más bajas de la OCDE.3 En Bowling Alone [“Jugando a los bolos a solas”](2000), Robert Putnam documentó el declive de las actividades cívicas, como la pertenencia a asociaciones y el conocimiento de la actualidad.

Analíticos. Según Almond y Verba, la cultura política se mide a nivel nacional, lo que supone cierta homogeneidad de las orientaciones políticas. Este planteamiento hace caso omiso de las múltiples divisiones que estructuran una sociedad. Por ejemplo, Seymour M. Lipset y Stein Rokkan plantean en Party Systems and Voter Alignments (1967) que los partidos políticos europeos se formaron sobre cuatro clivajes generados por conflictos históricos: centro vs. periferia, Iglesia vs. Estado, rural vs. urbano, propietarios vs. trabajadores. Finalmente, Almond y Verba no especifican el sentido de la causalidad entre cultura cívica y democracia: ¿la primera explica la segunda, o la segunda explica la primera? Al respecto, E. N. Muller y M. A. Seligson postulan una causalidad circular.4

Epílogo

Pese a sus límites, el concepto de cultura política ha tenido éxito en las ciencias sociales: por ejemplo, grandes encuestas internacionales como la Encuesta Mundial de Valores y el Latinobarómetro miden valores culturales a escala nacional. Ahora, a la luz de los desafíos de las democracias, la idea de cultura cívica resulta un tipo ideal más que una realidad empírica. No una realidad para realizar, sino un concepto para conceptualizar, una idea para idear y, acaso, un ideal para idealizar.

 

Coline Ferrant
Doctora en sociología por las universidades de Sciences Po y Northwestern.

 

Referencias

Gabriel Almond, Sidney Verba, The Civic Culture: Political Attitudes and Democracy in Five Nations, SAGE, Nueva York, 1989.

Gabriel Almond, Sidney Verba, “La cultura política” en Diez textos básicos de ciencia política, Ariel, Barcelona, 2007, pp. 171-201.

Robert Dahl, “The Behavioral Approach in Political Science: Epitaph for a Monument to a Successful Protest”, The American Political Science Review, vol. 55, núm. 4, 1961, pp. 763-772.

Seymour M. Lipset, Continental Divide: The Values and Institutions of the United States and Canada, Routledge, Londres, 1998.

Seymour M. Lipset, Stein Rokkan, Party Systems and Voter Alignments: Cross-National Perspectives, Free Press, Nueva York, 1967.

Edward N. Muller, Mitchell A. Seligson, “Civic Culture and Democracy: The Question of Causal Relationship”, The American Political Science Review, vol. 88, núm. 3, 1994, pp. 635-652.

OCDE, “Participation électorale”, Panorama de la société 2011 : Les indicateurs sociaux de l’OCDE, 2011.

Robert Putnam, Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community, Simon & Schuster, Nueva York, 2000.

Alexis de Tocqueville, La democracia en América, FCE, Ciudad de México, 1978.

 

 

          Gabriel Almond, Sidney Verba, “La cultura política” en Diez textos básicos de ciencia política, Ariel, Barcelona, 2007, p. 179.

          Ibidem, p. 180.

          OCDE, “Participation électorale”, Panorama de la société 2011 : Les indicateurs sociaux de l’OCDE, 2011.

          Edward N. Muller, Mitchell A. Seligson, “Civic Culture and Democracy: The Question of Causal Relationship”, The American Political Science Review, vol. 88, núm. 3, 1994, pp. 635-652.

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Publicado en: Sociedad