La intención de este breve ensayo es contribuir a desmentir la idea de que “el pobre es pobre porque quiere”. Dando un vistazo a la literatura sobre meritocracia y a mi propia historia personal, busco desmitificar la frase. Pareciera paradójico posicionarme contra del poder del mérito cuando mi experiencia de vida podría a primera vista reflejar lo contrario. Nacido en uno de los barrios más pobres de México, he logrado alcanzar la movilidad social ascendente a la que tantos mexicanos aspiran. Gracias a la beca que me otorga el gobierno para estudiar mi maestría, hoy puedo ser independiente en mis gastos, apoyar el sostenimiento de mi hogar y hasta comprarme algún libro que necesite para mis estudios.

Ilustración: Víctor Solís
Pero no dejemos que esta situación nos engañe. La verdad es que no hubiera podido terminar mis estudios de licenciatura en una universidad pública sin el apoyo de mi madre, quien día con día salía a la calle a vender jugos para darme dinero para el pasaje y las copias. Asimismo, no hubiera podido renunciar a mi trabajo como economista (muy mal pagado, por cierto) para enfocarme en el proceso de selección de la maestría sin el mismo apoyo materno. Por tanto, el éxito que a primera vista parece ser resultado de mi propio mérito es en realidad una consecuencia del privilegio que tuve al contar con el apoyo de mi madre en todo momento.
Ahora bien, quiero aclarar que mi intención no es demeritar mi esfuerzo, sino reconocer que, si pude esforzarme, fue gracias a mi privilegio. Basta con recordar las historias de mis amigos y familiares que, al no contar con el soporte económico de sus padres, tuvieron que abandonar sus estudios en busca del pan de cada día. Estas experiencias de vida tan cercanas me sirvieron para tomar conciencia de que el éxito que he logrado hasta ahora no proviene de la fantasiosa estructura de la meritocracia que algunos personajes en los medios quieren vendernos. ¿Cuántos de nosotros no hemos visto un episodio de la edición mexicana del programa del tiburón y adoptado inconscientemente la mentalidad del “echaleganismo” que los jueces recitan? No olvidemos que uno de ellos no estaría donde está si no se hubiese casado con la hija de uno de los empresarios más importantes de México.
Tras este breve recuento de mi vida, he llegado a la siguiente hipótesis: la meritocracia no sólo es un mito, sino una falacia histórica. Pero ¿qué es una falacia? En su libro Historians’ Fallacies: Toward a Logic of Historical Thought (1970), David Fisher hace una crítica a la labor de las historiadoras e historiadores, quienes algunas veces tienden a formular conclusiones incorrectas a partir de las experiencias del pasado. En este sentido, Fisher menciona que, cuando analizamos los sucesos históricos a partir de un razonamiento erróneo, podemos llegar a una conclusión equivocada, lo cual da vida a una falacia de este tipo.
¿Nos suena familiar esta premisa? Desde mi perspectiva, sí. Cuando pensamos que el poder del mérito puede sacar a cualquier persona de la pobreza, estamos cayendo inconscientemente en la falacia de la meritocracia. Un ejemplo muy actual de este tipo de errores en la percepción histórica es el debate sobre el papel de Cristóbal Colón en la conquista de América. La historiografía española, aunada a un gran grupo de mexicanos orgullosos de sus raíces europeas, se han encargado de idealizar la figura de Colón al considerarlo el gran héroe que trajo el progreso y la civilización al Nuevo Mundo. Esta falacia de la conquista ha sido desmentida por innumerables historiadores, entre ellos Andrés Reséndez, quien en su libro La otra esclavitud (2019) nos cuenta la importancia que tuvo Colón en el proceso de genocidio indígena.
Regresando al caso de la falacia de la meritocracia, es importante recordar que esta idea no sólo es repetida por los historiadores, sino también por medios, líderes de opinión, empresarios y, en el caso de los Estados Unidos y su American Dream, hasta el mismo gobierno. Pero ¿de dónde viene esta falacia? En un texto anterior en Economía y sociedad analicé la historia conceptual del término meritocracia, identificando que su origen no proviene de la academia sino de la literatura. En concreto, fue Michael Young quien en su novela The Rise of Meritocracy (1958) acuñó por primera vez este concepto. En dicho libro, el autor imaginaba una sociedad en la cual las personas más “flojas” quedaban estancadas en la pobreza, mientras que los más trabajadores conformaban la élite de esta sociedad de fantasía.
En ese texto anterior, di a entender que el concepto de meritocracia debía desecharse debido a su origen novelesco. Reflexionando más, sin embargo, veo que esto no es completamente cierto. Desde la antigüedad, los escritores han plasmado innumerables elementos de su realidad en sus obras literarias. Pienso, por ejemplo, en Erich Auerbach, quien en su libro Mimesis: The Representation of Reality in Western Literature (1991) analizó textos que van desde la literatura grecorromana hasta las novelas de Stendhal, identificando cómo todos esos autores tomaron prestados elementos concretos de su realidad al elaborar sus textos. Aun así, sigo pensando que en algunas obras de ciencia ficción, como el caso de la novela de Young, no hay un proceso de mimesis —es decir: la imitación de la realidad— sino de fantasía.
Por tanto, insisto en que hay que pensar dos veces antes de afirmar que la estructura social del mérito imaginada por Young se reproduce en nuestro entorno contemporáneo. No obstante, no todo está perdido. Algunos datos sugieren que, a pesar del desastre económico derivado de la pandemia, la movilidad social en México se recupera lentamente. De acuerdo con el más reciente “Boletín de Movilidad Social en el Mercado de Trabajo” del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (2021), las remuneraciones salariales promedio de los mexicanos crecieron en 3.1 . En el mismo informe, sin embargo, se menciona que el porcentaje de individuos que mantuvo o encontró un empleo durante el mismo periodo se redujo de 62.7 a 58.8
En otras palabras: los despidos injustificados continúan al mismo tiempo que la movilidad social parece aumentar con gran lentitud. ¿Cómo solucionar esto? Si bien es mejor dejar esa tarea a los expertos en el diseño en políticas públicas, sugiero que es necesario implementar regulaciones que protejan con mayor vigor a los trabajadores de ser despedidos, así como también otorgar becas más eficientes que permitan a los universitarios concluir sus estudios para tener mayores posibilidades de encontrar un trabajo bien remunerado al finalizar su carrera. Finalmente, a partir de mi experiencia, la literatura y los datos, quiero cerrar este ensayo con una última idea: si bien es de suma importancia que sigamos exponiendo los privilegios que tienen los ricos, también creo que las personas que hemos logrado un cierto grado de movilidad social necesitamos reconocer nuestros propios privilegios para liberarnos de la falacia del mérito.
Giovanni Villavicencio
Alumno de la Maestría en Historia Internacional del CIDE
Referencias
Auerbach, E. Mimesis: The Representation of Reality in Western Literature. 10. Aufl. Princeton, Princeton Univ. Pr, N. J., 1991.
Centro de Estudios Espinosa Yglesias. Boletín de Movilidad Social en el Mercado de Trabajo. Septiembre, 2021.
Fischer, D. H. Historians’ Fallacies: Toward a Logic of Historical Thought. Harper Torchbooks. Harper & Row, New York, 1970.
Reséndez, A. La otra esclavitud historia oculta de la esclavitud indígena. Grano de Sal , Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad de México, México, 2019.
Villavicencio, G. “Hablemos sobre meritocracia: ¿qué es y por qué no funciona?”, nexos, 2021.
Young, M. The Rise of the Meritocracy, 1870–2033: An Essay on Education and Equality. Penguin Books, 1958.
Estoy de acuerdo en que la educación debiera ser un bien público que llegue a todos, pero no me parece que sea suficiente para mejorar los niveles de ingresos de todos. El problema es que si aumenta la cantidad de graduados en un sector pero los puestos disponibles no se incrementan de la misma forma, habrá caída de los salarios; ya es un chiste común que un limosnero puede ganar casi lo mismo que ciertos profesionistas. También es común que jóvenes egresados emigren a otro país donde sean mejor remunerados.