En El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez relata cómo Florentino Ariza, naufragando en el recuerdo de Fermina Daza, parece caer enfermo y siente una necesidad urgente de morir sin padecimiento físico detectable. Sin embargo, desde su postración, pronto termina por “comprobar, una vez más, que los síntomas del amor son los mismos que el cólera”.

Ilustración: Oldemar González
En la novela, Florentino se salvará de la enfermedad real que le circunda todo el tiempo, pero sufrirá por décadas sus síntomas ante un amor no correspondido. En el México de hoy ocurre lo opuesto: muchos han sucumbido a la amenaza del coronavirus; sin embargo, la percepción subjetiva de las secuelas de la enfermedad parece desvanecerse con rapidez.
No sin cierta poesía ante la virulencia del covid-19, la información del INEGI y del Coneval sugiere que, aferrándose a la esperanza de un mejor futuro, las personas se sienten más y no menos satisfechas con la vida y en particular con su estado de salud. Es casi como si la mera expectativa de no enfermarse o de evitar una mayor penuria económica se expresara con los rasgos propios de la felicidad.
Para enero de 2021, el módulo de Bienestar Autorreportado (Biare) de la población urbana levantado por el INEGI muestra que a la pregunta “¿Qué tan satisfecha se encuentra actualmente con su vida?”, las personas respondieron con un valor promedio de 8.2 en una escala de 0 a 10, una décima menos a lo reportado en enero de 2020, antes de que la ONU declarara la pandemia y las economías frenaran abruptamente .
De estas respuestas cabe destacar no sólo la poca sensibilidad del nivel de bienestar percibido, sino su pronta recuperación, aun ante circunstancias muy adversas. En octubre de 2020, cuando los efectos de la primera ola de la pandemia ya se habían dejado sentir, la satisfacción con la vida había retrocedido a un valor de 8.1; pero para enero de 2021, con un semáforo epidemiológico en color rojo en la mayor parte del país, se había recuperado la mitad de la cifra perdida.
En el BIARE también llama la atención que la satisfacción con la actividad u ocupación se mantuvo sin cambio de enero de 2020 a enero de 2021. Lo llamativo es que, durante ese periodo, de acuerdo al Coneval, se registró un notable aumento de la pobreza asociada al mercado de trabajo, al pasar de 35.7 % a 40.7 % de la población ocupada. Es probable que esto se haya traducido en un aumento total de entre siete y ocho millones de personas en situación de pobreza, al contar los dependientes económicos de los inicialmente ocupados.
Quizá el aspecto más sorprendente de la encuesta es que la satisfacción autorreportada con el “estado de salud” resultó mayor en enero de 2021, con una valoración promedio de 8.5, que en enero de 2020, cuando el indicador se encontraba en 8.4 puntos; es decir, mejor que un mes antes de que se anunciara el primer contagio de covid-19 en el país. Durante ese lapso las muertes por covid-19 reportadas de manera oficial cada trimestre se dispararon de 29 a 47 729 fallecimientos
Para poner lo anterior en perspectiva, imagínese que los niveles de satisfacción, pobreza y muertes trimestrales tienen un valor estandarizado de 100 al inicio de 2020 (ver gráfica). Para enero de 2021, la satisfacción con el trabajo se mantuvo sin cambio, mientras que la pobreza aumentó 14 % entre el primer y el último trimestre de 2020. Por otra parte, la satisfacción con el estado de salud aumentó 1.1 %, mientras que las muertes trimestrales se multiplicaron por un factor de 1,600, al punto que dicho incremento requiere de una escala diferente en la gráfica.
La poca sensibilidad de la satisfacción con diferentes dimensiones de la vida, y con la vida en general, respecto a diversos indicadores objetivos que sugieren una enorme disrupción en la vida de las personas nos lleva a tres consideraciones importantes.
Cambio en indicadores objetivos y de percepción subjetiva laborales y de salud 2020-2021
Fuente: Elaboración propia con datos de INEGI, Coneval y Our World in Data
Primero, sin duda existen problemas de medición de las percepciones subjetivas de bienestar que dificultan interpretar los cambios observados. Por ejemplo, no es posible afirmar si la caída de la satisfacción con la vida observada de enero a octubre de 2020 es mucha o poca, pues se ha forzado la escala de tal retroceso a un recorrido predeterminado que probablemente no tenga mucho sentido. Cuando se alteran las condiciones observables de la vida de las personas no sólo cambian las percepciones de bienestar, sino también sus intensidades y con ello las escalas que capturan los cambios, lo cual no es captado por la información.
Segundo, si bien la satisfacción con distintos aspectos de la vida es una noción de bienestar que pide ver en el largo plazo lo logrado y lo que podrá alcanzarse, y por ende resulta en una valoración relativamente estable en el tiempo, hay otros elementos subjetivos que sí pueden cambiar notablemente con coyunturas desastrosas o muy favorables. Así, el BIARE también reporta el balance anímico de las personas, que no es otra cosa que la expresión de estados de ánimo positivos o negativos el día previo a la entrevista. Desde este ángulo, el balance anímico de las zonas urbanas se deterioró de enero de 2020 a 2021 de un valor de 6.5 a 6.1. Los aspectos centrales detrás de este deterioro fueron una mayor sensación de aburrimiento o de preocupación ante lo que estaba ocurriendo. Nuevamente, la pregunta de si este deterioro es poco o mucho nos remite a la primera consideración.
Finalmente, si tomamos la percepción duradera de satisfacción como la mejor aproximación de la ‘felicidad’ de las personas, los resultados anteriores muestran una elevada resiliencia ante eventos catastróficos. De ella destaca tanto la contención de la caída del nivel de satisfacción como la capacidad para regresar a niveles previos a la adversidad incluso en condiciones todavía difíciles.
Respecto a la contención de la caída del nivel de satisfacción general con la vida en enero de 2021, cabe mencionar que este deterioro es semejante al ocurrido en enero de 2017, cuando se dió el denominado “gasolinazo” y la inflación aumentó 1.7 % en un mes. Que una fuerte elevación de la pobreza y la mortandad sea subjetivamente equivalente a los efectos de la liberación del precio de la gasolina dice mucho sobre lo poco que se valora la intensa penuria de una parte de la sociedad y lo mucho que cuenta la adversidad de toda la economía, así sea relativamente moderada.
En cuanto al aumento de octubre de 2020 a enero 2021 en los niveles de satisfacción general con la vida, estos fueron equivalentes a los de octubre de 2018 a enero de 2019, periodo en el cual lo más sobresaliente fue el inicio del gobierno de una nueva administración. Por supuesto, la esperanza de ver un cambio en la conducción del país que pudo haber explicado el aumento en la satisfacción ya no está presente, de manera que cabe preguntarse por los factores que ahora están detrás de esta recuperación.
El Biare muestra que los factores que más mejoraron en el año —y que probablemente estén detrás de la recuperación del nivel de satisfacción con la vida— son las percepciones subjetivas con respecto a las condiciones de seguridad ciudadana, del país, del vecindario, del tiempo libre y de la salud.
Independientemente de si estos u otros factores —como la esperanza de ser vacunado o de una recuperación económica rápida— son los responsables de la resiliencia en la satisfacción de las personas, cabe destacar que la capacidad individual y social de adaptación a nuevas circunstancias, de revalorar ciertos aspectos de la vida y de no dejarse vencer por estados de ánimo negativos hacen de la ‘felicidad’ un bálsamo estable, aunque una guía poco sensible para darle seguimiento a transformaciones sociales objetivas y profundas.
Florentino Ariza podrá haber sufrido largamente en la Cartagena de Indias en los tiempos del cólera, pero de haber vivido en México en la era de la pandemia su modesta insatisfacción y su felicidad rápidamente recuperada no habrían tenido la debida truculencia como para escribirle una novela.
Rodolfo de la Torre
Coordinador Especialista en Desarrollo Social con Equidad del Centro de Estudios Espinosa Yglesias.
