Vivimos en una época sin precedentes. En 2020, el primer retroceso en materia de desarrollo humano en treinta años coincidió con un nivel récord de “billionarios”.1 Los 73 latinoamericanos más ricos aumentaron sus fortunas un 17 %. Este fenómeno fue excepcional para los mexicanos: mientras que muchos ciudadanos vieron sus ingresos desplomarse durante la contingencia por covid-19, creando millones de “nuevos pobres”, los 36 mexicanos más ricos aumentaron sus fortunas en más de 20 %.
Estos resultados no cayeron del cielo. Son consecuencias de años de decisiones y prioridades sociopolíticas concretas. Si ni en tiempos “normales” el micro Estado de bienestar mexicano logra afrontar las desigualdades profundas que hay en el país,2 mucho menos sirve para mitigar las crisis. Es en esa coyuntura que entra a escena el filántropo rico a salvarlo todo. Con fondos y entusiasmo creciente, promete deshacerse de la pobreza.3

El impulso social nos es inherente a los humanos, incluyendo sus ejemplares más ricos; queremos sentirnos útiles y apreciados. Considerando los huecos del Estado, es afortunado para una sociedad plagada de desigualdades contar con una voluntad de mejora desde su ciudadanía. Pero hay razones éticas, empíricas y de eficiencia por las que es problemático ceder el control sobre el bienestar social a las élites. A continuación elaboraré en estas razones para el caso mexicano.
Históricamente la filantropía4 jugaba un rol menor en Latinoamérica. Con las políticas de austeridad en la década perdida de los años ochenta del siglo pasado, las élites económicas vieron la oportunidad de mejorar su posicionamiento ante una sociedad repleta de demandas sociales y democráticas, y las grandes compañías de la región descubrieron su vocación social. En la actualidad, 90 % de las corporaciones más grandes en la región practica alguna forma de filantropía empresarial, con unas 336 fundaciones en México.5
Sin embargo, sabemos relativamente poco sobre la filantropía de las élites. Paradójicamente, hacer filantropía visible crea una vulnerabilidad para las mismas élites al constituir un punto de contacto directo con la sociedad civil. La filantropía las obliga a hacer reportes públicos que hacen más débiles los “escudos de privacidad” con los que los ricos ordinariamente protegen sus fortunas, pues la capacidad de revelar cuánto y a quién donan ayuda a preservar sus riquezas y privilegios.6
A diferencia de otras regiones del mundo donde prevalecen las fundaciones independientes,7 en Latinoamérica predomina su versión corporativa. Esto hace de la filantropía en la región un asunto esencialmente empresarial. Los fundadores, doblando como dueños de sus empresas, activamente moldean las instituciones bajo su mando. Operan sin estabilidad económica y autonomía administrativa, combinando una limitada responsabilidad social exigible con baja rendición de cuentas. La resultante concentración de influencia económica y política en pocas personas, parecidas entre sí, cementa el estatus quo de desigualdades entre individuos y grupos. Los discursos que manejan acerca de su contribución filantrópica influyen en agendas sociales y prioridades públicas. Examinarlos puede explicar qué significa “hacer el bien” para los empresarios filantrópicos y cómo eso se relaciona con la reproducción de la desigualdad en el país.
El concepto de filantropía como “acto de dar” de forma caritativa atraviesa todas las capas de la sociedad. En mis estudios entre las élites mexicanas8 los participantes declaran unánimemente que su posición privilegiada conlleva una “obligación de retribuir lo que te está dando el país” Esta responsabilidad se traduce “en apoyo a la sociedad” donde los “toman como ejemplo” y “cierta actitud de compromiso ético”. Más allá de este consenso, los participantes aterrizan su responsabilidad de formas variadas: donando tiempo para hacer trabajo religioso o dar clases en universidades públicas, manteniendo fundaciones familiares o empresariales, o apoyando a trabajadores empresariales o personales y domésticos.
Temáticamente hay prioridades: salud, educación y juventud son “los tres temas que más absorben a la filantropía”, donde la triada de “las megafundaciones Telmex, Televisa y la del grupo Salinas ayudan a muchísimos jóvenes, muchísimos estudiantes,” encontrar su camino. Son temas importantes, pero también selectivos, preparando al futuro trabajador para que construya su propia suerte, siguiendo el ejemplo de quienes ya la hicieron. En estas consideraciones se observa una visión del mundo donde la pobreza se debe a que la gente hambrienta opta por comer en vez de aprender a pescar.
Claramente, gustos y capacidades personales condicionarán el involucramiento (además, compromisos poco fotogénicos, limpios o atractivos mediáticamente o de dudosa legitimación social innecesariamente consumirían recursos adicionales para blanqueo corporativo). Esto inevitablemente hace del ejercicio supuestamente caritativo un acto autorreferencial. Al preguntarle a un empresario que siente una responsabilidad “como no te imaginas” qué hace al respecto, responde con un “híjole, muchas cosas” que le implican “mucho estrés, pero también mucha energía que me mantiene vivo, feliz”. De entre las diversas actividades que nombra, sólo una —teatro con jóvenes— aparenta un carácter altruista; las demás son subproductos de su negocio principal. Quizá las perciba como filantrópicas por invertir recursos personales, esperando un efecto multiplicador social.
Para otro empresario, aparte de “trabajar cuando podría no hacerlo, proyectar el arte y sacar empresas adelante”, portarse a la altura de su privilegio “sobre todo tiene que ver con cómo soy, como persona, con los demás, el esfuerzo que pongo en mi vida”. Entre lo ambivalente del “darle sentido a mi vida” y “poner lo máximo que está en mi parte” se asoma una versión modernizada del concepto medieval (empíricamente refutado) de la nobleza que obliga. Desdibuja la distinción entre simplemente ser un miembro funcional de la comunidad humana (aportando sus impuestos debidos, pagando salarios dignos a los empleados) y compensar privilegios extraordinarios con acciones igualmente extraordinarias.
Esta reinterpretación del bien común lleva a que se perciba al mismo emprendimiento remunerado como contribución social. Un empresario que explícitamente incluye su networking entre sus obras sociales explica que “si hago bien mi trabajo, primero me doy un empleo a mí, pero también doy empleo a otros para que la gente trabaje… es la aportación que yo hago”. El sombrero de “buenos samaritanos” que ellos mismos se ponen por cumplir con las obligaciones sociales básicas, más que confrontarse con el privilegio no devengado, desvía la atención de una riqueza desmesurada.
En corto, se contribuye lo que se gusta contribuir, no lo que se debería ni mucho menos lo que se necesitaría. Es decir, más que una reacción hacia necesidades específicas identificadas en la sociedad desigual que les rodea, las actividades describen una posición de clase e ideológica, donde la empresa se vuelve una “gran familia” con el dueño “como el papá de todos” perfeccionando a sus empleados. También incluye demandas concretas: por ejemplo, que el sector público dé más incentivos fiscales cuando los empresarios le “quitan esta responsabilidad” de apoyar la salud de “tu gente [sus empleados]”: “bájame el impuesto, como un beneficio por estar comunitariamente atendiendo ciertas necesidades que existen”.
El filósofo Cicerón no aprobaría esto: según él, si hacemos el bien por interés podemos ser astutos, mas no buenos.
La búsqueda de beneficios adicionales para los dueños, palpable en relación con las capacitaciones que dan a sus empleados (elevando la productividad de sus empresas), también surge en sus fundaciones (apoyándose en sus recursos empresariales). Un empresario reflexiona que “nosotros ponemos nuestro granito de arena con la asociación, impactamos a quinientas personas al año. Ahora, el gobierno puede impactar a más gente”. Siendo la eficiencia el discurso por excelencia del empresariado, para el sector público es más económico financiar proyectos a nivel población porque tiene otro poder de negociación, tamaño de mano de obra, otras capacidades de coordinación y planeación, así como otros objetivos.
Si aun así las élites prefieren la filantropía a las políticas públicas, es porque les da otros beneficios. Bajan costos de publicidad si sus marcas “naturalmente” van asociándose con el bienestar social. Deducen materiales y sueldos cuando sus empleados hacen el trabajo filantrópico de pintar una escuela o entregar “regalos para el festejo del día de las madres”, llevándose además el beneficio de verse solidarias. Crucialmente, una porción significativa de los recursos filantrópicos movilizados en la región va hacia objetivos que benefician a las élites directamente, como escuelas privadas.
Por último, ser donante generoso también es una ostentación, una señal de que el dinero sobra; en tanto, se trata también de una demostración de poder. El desarrollo de la filantropía empresarial extiende la influencia de los ricos del dominio económico hacia aquellos de lo social y político. Como consecuencia, aumentan las brechas de poder existentes hacia los sectores adversamente afectados por la disminución del Estado de bienestar. Así, la solidaridad se convierte en confirmación de superioridad y competencia de egos.
Entonces, a pesar de la supuesta horizontalidad del emprendimiento filantrópico representa una relación profundamente jerárquica: consolida dependencias existentes cuando desde el sector privado se decide, por ejemplo, construir un hospital para el cual “ni siquiera te están pidiendo nada a cambio” (ni se consulta), y encima hay que “enseñarles” a las personas que rechazan el proyecto (según, “porque aquí nos curamos con medicinas de hojitas, de plantitas, porque es lo que sabemos hacer, no”) que entiendan que “a ver, te quiero ayudar por tu hijito que se puede enfermar, por un tema mucho más allá donde logremos una empatía entre ambas partes”.
Cultivan un rechazo hacia las políticas públicas porque “el gobierno tiene el chip al revés, o sea, de verdad; tú ves el gobierno: está regalando los desayunos a las escuelas. Está bien porque si un niño no tiene para comer pues no puede estudiar, y cuando estudia después puede ser una persona de provecho. Pero a fin de cuentas hay un desequilibrio porque tú le estás regalando unos desayunos y ese dinero que estás regalando lo empiezas a agarrar de donde no hay, y pues causas un desequilibrio, como pasó en Venezuela”. Los empresarios, en cambio, se perciben como “semilleros” que pueden “jalar ese talento”. Más allá de confundir la política pública con la gestión de la pobreza, miden con varas disimilares: en sí mismos perfectamente ubican la suerte que les acompañó y que supieron trabajar—a los demás, desde chiquitos, sólo les queda esforzarse porque no habría lonche gratis.
Evidentemente, los valores requieren fomentarse desde el principio. El hijo en kinder de élite de un participante “tiene tres años y medio y ya tuvo que adoptar a un amigo” en otra escuela, a quien “cada cierto tiempo donamos ropa o juguetes que ya no usa”. Fomentar la sustentabilidad y solidaridad urge. Sin embargo, las donaciones personales no bastan como modelo de bienestar equitativo. En términos de justicia social, si siempre el mismo puede elegir y estrenar juguetes y ropita, y al otro, endeudado perpetuamente, le toca estar agradecido por poder ocuparlos cuando al primero le aburren, no estamos inculcando en los niños valores de igualdad humana y derechos universales, sino que haya ciudadanos de segunda a los que se vale dar sobras a cambio de lealtad.
No obstante lo anterior, la crisis de desigualdad no se resolverá con la buena intención de las élites económicas (ni que todos llevaran a personas de la calle a trabajar en la limpieza de su oficina para no regalarles dinero), porque, en gran parte, su presencia fundamentalmente se basa en la existencia de estas últimas. Esperar que los billonarios resuelven la desigualdad sería acudir al heladero para curar los dolores de muela causados por exceso de consumo de helado.
Valdría la pena preguntarnos qué tan deseable es que unos intereses privados (cualesquiera) decidan en qué vale la pena invertir recursos, o cuál futuro sería el más conveniente. Así como todos tenemos capacidades, prioridades e intereses particulares, enmarcados en nuestro contexto personal y visión del mundo, también los empresarios exitosos (quienes, considerando la distribución de oportunidades, suelen ser en su mayoría hombres, urbanos, blancos, cincuentones, ricos) buscan encaminar al mundo hacia sus ideales de lo que “se necesita”. En su modelo de soluciones privadas, no hace falta consultar con—ni convencer a—los demás.
La filantropía no es el problema, sino concebirla como alternativa a un sector público bien equipado. Bien puede ayudar a los individuos en cuestión, mas no es una solución sustentable ni escalable a nivel sociedad. La profesionalización requerida para eliminar la pobreza, contener la violencia o enfrentar la desigualdad, no necesariamente coincide con aquella para maximizar los ingresos propios.
Más allá de que no mejora la distribución general, la idea de una sociedad moderna democrática es precisamente ya no depender de los gustos, caprichos o limosnas de algunos nobles, sino poder exigir el cumplimiento de nuestros derechos de forma pareja para todos.9 Al contrario de lo que pasa con los filántropos, que pueden tomar las decisiones que les plazca acerca de quién excluir de sus intervenciones, la legitimación democrática del sector público existe para exigir rendición de cuentas sobre sus decisiones. No hay niños más o menos merecedores de desayunos, sólo aquellos a quienes se les cumplen más o menos sus derechos.
Alice Krozer
Doctora en Estudios de Desarrollo por la Universidad de Cambridge y profesora-investigadora del Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México.
1 En 2020 hubo 2189 mil millonarios en el mundo por primera vez.
2 Sobre este tema, véase Krozer y Aparicio, 2020.
3 En 2019, la filantropía alcanzó los USD 9000 millones (de USD 6300 millones en 2013) (OCDE 2020).
4 Filantropía, del griego phil -amor y anthropos -humanidad, contrasta con iniciativas privadas para el bien privado, entiéndase los negocios (enfocándose en las ganancias materiales), e iniciativas públicas para el bien público (provisión de servicios públicos). La caridad, por otro lado, se refiere al alivio de problemas sociales específicos sin objetivos de lucro.
5 Aún así, de las cerca de 260 000 fundaciones filantrópicas del mundo, apenas 859 (0.33 %), están en Latinoamérica (Johnson 2018).
6 Brooke Harringon (2021) comenta que personajes ricos se volvieron más cuidadosos después de que The Economist reveló que la caridad de Ingvar Kamprad (IKEA) solamente alcanzó US $ 2 millones anuales, de recursos por arriba de US$36 mil millones. Su fundación sirvió para preservar la fortuna familiar, compensando generosamente a la familia fundadora (Kamprad) y protegiendo a IKEA de adquisiciones hostiles.
7 En Europa y Estados Unidos casi exclusivamente existen fundaciones independientes; en África éstas se combinan con proporciones significativas de fundaciones familiares y en Asia, gubernamentales (Johnson 2018).
8 Los testimonios aquí citados provienen de mi estudio sobre las élites mexicanas y su relación con la desigualdad, que forma parte de mi tesis doctoral Inequality in Perspective: Rethinking Inequality Measurement, Minimum Wages and Elites in Mexico (University of Cambridge, 2018).
9 Por ejemplo, con un sistema de impuestos progresivo, las élites podrían incidir a través del pago de éstos. Actualmente, deciden no aprovechar esta vía.