En su libro Latin America: The Allure and Power of an Idea, Mauricio Tenorio Trillo (2017) reflexiona sobre la validez de la noción de América Latina en la actualidad. El autor se pregunta si esta región, pensada como un grupo de países con características similares, realmente existió en algún momento determinado de la historia de nuestro continente. Con la conmemoración de los doscientos años de los sucesos ocurridos en 1821, cabe preguntarnos cuál fue el significado de dichos acontecimientos para América Latina y si es posible hablar de esta región imaginada como un conjunto geográfico de historias paralelas.

Ilustración: Patricio Betteo
Siguiendo a Tenorio Trillo, desde su concepción la idea de América Latina nunca fue formulada con el suficiente rigor geográfico o histórico para demostrar su existencia y sus particularidades. No obstante, hay inminentes características homogéneas que se nos vienen a la cabeza al pensar en la idea de América Latina; tales como la idea de raza y el proceso de mestizaje resultante de la llegada de migrantes provenientes de diferentes latitudes después de la conquista. Asimismo, la concepción de América Latina como un conjunto concreto también está ligada a la idea de que se trata de una región atrasada en términos del avance tecnológico alcanzado por las potencias industriales. Esta perspectiva fue sumamente discutida bajo la noción de subdesarrollo propuesta por diferentes autores como Celso Furtado (2001). Además, la idea de América Latina también engloba temas como la resistencia al imperialismo estadounidense y europeo, sumado a la consolidación de una identidad cultural común entre los habitantes de los países latinoamericanos.
Para Tenorio Trillo (2017) la principal vulnerabilidad del concepto de América Latina radica en la obsesión de los académicos por concebirla como una región históricamente dada. De tal forma, esta indiscutible aceptación del término hace que sea casi imposible cuestionar su validez y existencia en la actualidad. ¿Será que el uso del término “América Latina” oscurece más de lo que clarifica? ¿Será que frente al bicentenario de 1821 debemos considerar la posibilidad de repensar dicho concepto? El objetivo del presente ensayo es reflexionar si, a partir de los sucesos ocurridos en el periodo anterior a 1821, las experiencias de los países latinoamericanos en sus luchas de independencia son lo suficientemente similares para asumir que conforman una región históricamente homogénea en términos sociales, políticos y culturales. Para lograr dicho objetivo analizaré la historia de la independencia de América Latina a través de dos obras principales: a) el libro Crisis atlántica: autonomía e independencia en la crisis de la monarquía hispana de José Portillo Valdés (2006); y b) el libro Independence in Latin America: a comparative approach de Richard Graham (1994).
Uno de los primeros sucesos que puso en jaque el dominio europeo en el Nuevo Mundo fue la pérdida de soberanía en su territorio madre. Esto fue resultado de la invasión napoleónica en la península ibérica ocurrida entre 1807 y 1808. Por un lado, la familia real española fue obligada a renunciar a su cargo y dirigirse a Francia por orden de Napoleón. Por otro lado, anticipando la invasión napoleónica, la familia real portuguesa logró huir a Brasil para continuar gobernando sus territorios desde el Nuevo Mundo. Ante la ausencia de un monarca legítimo, las provincias españolas localizadas en Europa se unieron para luchar contra la opresión francesa, formando una federación de provincias independientes que les permitió implementar un modelo de autogobierno. Al enterarse de lo sucedido en la nación madre, las provincias españolas de América también comenzaron a implementar políticas de autonomía. Sin embargo, estas provincias fueron excluidas de la federación de estados independientes formada por sus contrapartes europeas.
Si bien los ideales de autogobierno fueron concebidos originalmente en los territorios europeos, fue en las colonias españolas localizadas en América donde estos alcanzaron su máximo esplendor. En otras palabras, la ocupación francesa en la península ibérica, así como la exclusión de las provincias españolas en América de la junta de autogobierno de sus contrapartes europeas, determinaron el surgimiento del discurso independentista en el Nuevo Mundo. El interés en la independencia estuvo ligado a razones económicas. Los plantadores de México, Colombia y Venezuela, así como los granaderos de Buenos Aires, estaban conscientes de que sus mercancías eran consumidas por la región norte de Europa. Por tanto, dichos terratenientes pensaban que podrían obtener mayores beneficios si lograran establecer relaciones de comercio directo sin intervención de la corona española. No obstante, en algunos casos el sistema de autotutela de las provincias españolas localizadas en América no tuvo como objetivo la creación de repúblicas independientes.
En este sentido, es posible identificar dos corrientes ideológicas entre los habitantes de las colonias españolas durante esa época. Por un lado, los intelectuales de Chile, Argentina, Venezuela y Colombia estaban convencidos de que la mejor opción frente a la ausencia de un monarca español era romper completamente las relaciones con la nación madre. De acuerdo con este grupo, esto les permitiría a las provincias españolas localizadas en América alcanzar un próspero desarrollo económico al abolir la rígida política comercial impuesta por España. Por otro lado, un segundo grupo de intelectuales, principalmente provenientes de México, Perú y Ecuador, tomaron inspiración en los ideales del siglo XVI sobre las leyes naturales y el propósito divino. Este grupo miraba con nostalgia el pasado y pensaba que el autogobierno provincial debía ser sólo una solución temporal en espera del regreso del rey. En otras palabras, lo que se trató de hacer en estos territorios fue preservar el orden imperial que había sido puesto en jaque por la invasión napoleónica. Para cumplir tal objetivo, las provincias americanas decidieron conservar la figura del virrey como un miembro más de las juntas de autogobierno. Es claro que la implementación de dichas juntas fungió como un prerrequisito para la posterior formación de estados independientes. Sin embargo, estos primeros intentos de autonomía fueron reprimidos una vez que la familia real española retomó el poder de su imperio.
La crisis del imperio español provocó un gran aumento en las movilizaciones sociales en Argentina, donde en 1815 se nombró a Carlos de Alvear director supremo de la región. No obstante, el conflicto interno entre los ideales de federalismo y centralismo, así como la discusión relacionada a si Argentina debería convertirse en una monarquía o en una república, impidió que se concretara su independencia. En el caso de Paraguay, la independencia se decretó en 1811 no sólo con respecto a España, sino también a Argentina, dado que esta segunda había tratado de añadir la provincia paraguaya a su territorio. Para cumplir el objetivo, Paraguay revocó de su cargo a su intendente peninsular y accedió a colaborar con el gobierno de Buenos Aires sin que se permitiera la adhesión de su territorio a Argentina. Para 1816, de todas las colonias españolas en América, sólo Argentina y Paraguay habían logrado liberarse completamente de la nación madre. Sin embargo, no fue sino hasta el año de 1819 que los líderes de diferentes regiones de Argentina se unieron para decretar su independencia como una república soberana.
Venezuela fue el primer país en enterarse de la invasión francesa a España en 1808. Aunque ésta fue una de las colonias donde los ideales de independencia tuvieron gran resonancia, la mayoría de los criollos consideraba que decretar la ruptura de sus relaciones con España equivalía a romper con el mandato divino. La situación tomó un giro diferente en 1830 cuando Venezuela, junto con Ecuador, declaró su independencia. Un caso similar fue el de Colombia, donde, a pesar de los ideales de independencia de sus intelectuales, no se puso en duda la legitimidad del virrey impuesto por la corona española. A pesar de esta lealtad al imperio, surgieron en Colombia diferentes movilizaciones sociales que lograron la abolición de las restricciones comerciales hasta que el rey de España retomara el mando de su imperio. No obstante, la élite peninsular aprovechó la inestabilidad interna para restablecer el dominio español en 1816. Así, no fue sino hasta 1819 que se concretó la independencia de Colombia.
Al mismo tiempo, en México las reuniones secretas entre los criollos que anhelaban la independencia comenzaron a ser cada vez más frecuentes. Una de las figuras más relevantes en este movimiento fue Miguel Hidalgo, un sacerdote inspirado en los ideales de la Ilustración que abogaba por la abolición de la explotación de los indígenas. El 16 de septiembre de 1810, Hidalgo reunió a sus seguidores para convocarlos a luchar contra la opresión española. Este evento provocó una serie de conflictos armados que culminaron con la ejecución de Hidalgo en 1811. Sin embargo, la caída de Hidalgo no significó el fin de las revueltas armadas dado que apareció un nuevo líder, José María Morelos, quien continuaría con la batalla empezada por su mentor. Junto a Morelos, un grupo de delegados declaró la independencia de México en la ciudad de Chilpancingo en 1813 y redactó una primera constitución. En 1815 Morelos también fue ejecutado; no obstante, él también sería sucedido por un nuevo líder, Vicente Guerrero.
Después de algunos años de resignación, en 1820 Guerrero decidió unirse con los grupos conservadores para alcanzar su objetivo. Entre estos destaca Agustín de Iturbide, un líder criollo que junto con Guerrero trató de conciliar los intereses del frente armado liberal y el grupo conservador para consolidar la independencia. Este pacto tomó forma con el manifiesto del 24 de febrero de 1821, en el que se decretó que México sería un territorio independiente bajo un modelo de gobierno monárquico. Dicha monarquía permanecería hasta 1824, cuando se promulgó una nueva constitución decretando que México sería una república federalista, democrática e independiente.
El caso de Brasil fue diferente al de las provincias españolas localizadas en América, dado que la monarquía portuguesa logró evadir la dominación francesa al trasladar el centro de su gobierno a la colonia. No obstante, al convertir Río de Janeiro en la capital del imperio portugués, Brasil alcanzó en cierta medida un nuevo grado de autonomía. Desde el Nuevo Mundo, el monarca portugués abrió los puertos marítimos para comerciar con Inglaterra y fomentar el desarrollo económico de su imperio. Al liberarse Portugal del control francés, era de esperarse que la familia real regresara a la nación madre; sin embargo, el rey João VI decidió permanecer en Brasil, haciendo los ajustes legales para convertir esa provincia en un reino, del cual Río de Janeiro sería la capital. Entre 1815 y 1820, la presencia de la élite europea en Brasil provocó una fricción entre los intereses de los criollos y aquellos de los portugueses de la nación madre, dado que los mejores puestos en la administración y el gobierno eran reservados a los segundos. Al mismo tiempo, en 1820 surgieron diversas movilizaciones sociales en Portugal que demandaron el regreso del rey a la península ibérica con la amenaza de declararse un territorio independiente. Con el regreso del rey a Portugal, en 1822 se decretó la independencia de Brasil como una monarquía autónoma liderada por el emperador Pedro I.
Las luchas por la independencia de América Latina fueron heterogéneas en tiempo y forma; por lo tanto, quisiera sugerir que considerar al año 1821 como el momento clave de su culminación resulta completamente erróneo. La independencia de los países latinoamericanos tuvo características distintas en cada nación que merecen ser tratadas con su propia individualidad, más allá de las barreras conceptuales implícitas en la generalización de América Latina como conjunto. Si bien las trayectorias por la búsqueda de autonomía de las provincias españolas en América son historias conectadas, es difícil encasillar el caso de Brasil en este conjunto, dado que el traslado de la familia real portuguesa al Nuevo Mundo después de la invasión napoleónica determinó una cadena de sucesos muy diferente al de las luchas por la independencia de las provincias españolas en América. Sin embargo, esto no quiere decir que debamos rechazar la idea de América Latina como una región histórica determinada. Por el contrario, la intención de este ensayo fue señalar que, si bien las luchas por la independencia de los países latinoamericanos merecen ser tratadas en su propio contexto, también tuvieron muchos elementos en común: el descontento de los criollos frente al dominio de los europeos, así como el debate sobre qué tipo de gobierno debía adoptarse una vez alcanzada su independencia.
Giovanni Villavicencio
Alumno de la Maestría en Historia Internacional del CIDE.
Referencias
Furtado, C. (2001). La economía latinoamericana: Formación histórica y problemas contemporáneos. Siglo XXI.
Graham, R. (1994). Independence in Latin America: A comparative approach (2nd ed). McGraw-Hill.
Portillo Valdés, J. M. (2006). Crisis atlántica: Autonomía e independencia en la crisis de la monarquía hispana. Fundación Carolina Centro de Estudios Hispánicos e Iberoamericanos: Marcial Pons Historia.
Tenorio-Trillo, M. (2017). Latin America: The allure and power of an idea. The University of Chicago Press.