La indispensabilidad de los partidos políticos

¿Para qué sirven los partidos políticos? Para pensarlo, traigo a colación un planteamiento clásico de la ciencia política: el del politólogo estadounidense Seymour Martin Lipset (1922-2006). En su obra destacan el concepto de “clivaje” (una división profunda y permanente entre grupos sociales, fundada en un conflicto histórico)1 y contribuciones a la “teoría de la modernización” (la cual explica que el desarrollo socioeconómico es una condición fundamental para la democratización).2 Y, de manera —aquí y ahora— provocativa, propuso la pregunta: ¿son indispensables los partidos políticos?3 La respuesta rotunda es: sí. Teóricamente, los partidos políticos cumplen tres funciones democráticas: la garantía de los derechos y del pluralismo político, la representación de la sociedad en su pluralidad y la promoción de la sociedad civil. Empíricamente, en perspectiva comparada, la estabilidad del sistema de partidos plantea retos distintos en los países de la “tercera ola de la democratización”4 y en los países occidentales.

Ilustración: Víctor Solís

Las funciones democráticas de los partidos políticos

Garantizar los derechos y el pluralismo político. En un sistema democrático, los partidos políticos se estructuran en una mayoría y una oposición. La oposición busca restringir las capacidades y los recursos de la mayoría y aumentar los suyos: cumple una función de vigilancia democrática. Así, el conflicto entre mayoría y oposición contribuye a establecer y fortalecer las normas democráticas. Se aceptan los derechos políticos de la oposición y, más ampliamente, el Estado de derecho y la organización de elecciones libres, competitivas y regulares, para que la oposición sí tenga la oportunidad de reemplazar la mayoría.

Representar a la sociedad en su pluralidad. El pluralismo político posibilita la expresión y la representación del pluralismo social. Un sistema democrático requiere de un sistema de partidos estable. Según Lipset, los sistemas estables son los que se basan en clivajes. En Party Systems and Voter Alignments, junto con el historiador Stein Rokkan, muestra que, en Europa, transformaciones históricas de largo alcance (critical junctures) generaron cuatro clivajes: centro vs. periferia, Iglesia vs. Estado, rural vs. urbano, clase poseedora vs. clase trabajadora. En Estados Unidos, un clivaje opone los “insiders” (los White Anglo-Saxon Protestants), mayoritariamente republicanos, a los “outsiders” (las minorías), mayoritariamente demócratas. Una excepción notable a esta teoría de un sistema de partidos estable basado en clivajes como condición de la democracia es la India. Aunque haya clivajes múltiples (de castas, étnicos, religiosos, lingüísticos, económicos), éstos no generaron partidos estables. Lipset explicó esta excepción por otra variable: la herencia de las tradiciones políticas británicas del tiempo de la colonia.

Promover una sociedad civil activa. En La democracia en América, Alexis de Tocqueville ya explicaba que las asociaciones políticas (de las cuales muchas se transformaron en partidos en el sentido moderno del concepto) favorecían otros tipos de actividad asociativa. Lejos de constituir meras máquinas electorales, los partidos son también organizaciones sociales. Al respecto, el sociólogo Max Weber define a los partidos políticos como “formas de ‘socialización’ que, descansando en un reclutamiento (formalmente) libre, tienen como fin proporcionar poder a sus dirigentes dentro de una asociación y otorgar por ese medio a sus miembros activos determinadas probabilidades ideales o materiales (la realización de fines objetivos o el logro de ventajas personales o ambas cosas)”.5 O sea, un partido no es una sustancia fija y aislada de la sociedad, sino un sistema de relaciones sociales.

Los partidos como elemento clave en el proceso de democratización

Los países de la “tercera ola de la democratización”: un sistema de partidos estable como condición de la democracia. La tercera ola de la democratización se caracterizó por la emergencia de sistemas de partidos competitivos. Ahora bien, el reto es su estabilización. Según Lipset, los partidos latinoamericanos antes de la democratización eran formaciones efímeras, basadas en líderes carismáticos o en movimientos populistas inestables. Al respecto, estima como esperanzador el hecho de que la mayoría de los partidos latinoamericanos se estructuran con base en clivajes de clase. Entre los países postcomunistas, destacan los casos de Rusia y Ucrania. Pese a tener elecciones formalmente competitivas, son sistemas de partidos y sistemas políticos inestables. El único partido que sobrevive a cada elección es el partido comunista, el cual pretende representar a todas las clases sociales, a trascender los clivajes. Esta hegemonía impide la emergencia de otros partidos que puedan construirse sobre algún clivaje.

Los países occidentales: la hipótesis postmaterialista. El concepto de postmaterialismo tiene como trabajos fundadores los de Ronald Inglehart6 y Daniel Bell.7 Cambios económicos –el fortalecimiento de la economía del conocimiento en detrimento de los sectores industriales– se acompañan de cambios de valores y, entonces, de cambios políticos y sociales. Se debilitan los clivajes materialistas basados en la clase social; temas postmaterialistas, como la ecología y el feminismo, ganan importancia. Así, un nuevo clivaje opondría materialistas y postmaterialistas. Ahora bien, Lipset apeló a no exagerar la importancia del postmaterialismo. Los clivajes tradicionales conservan su fuerza divisoria porque los trabajadores de los sectores materialistas siguen siendo más numerosos que los de los sectores postmaterialistas. Sin embargo, desde los años sesenta, se observan cada vez más fenómenos de desalineación partidista: por ejemplo, un obrero que vota por la derecha. En suma, los clivajes tradicionales sí se debilitan, pero sin sustituirse por clivajes postmaterialistas: al final, no se transforma profundamente el sistema de partidos.

Conclusión

Muchas veces nos cansan los partidos políticos –sus líos, sus mentiras, sus trampas. No obstante, vale la pena tomar distancia, y recordar, con el finado Seymour Martin Lipset, que resultan indispensables en una sociedad democrática.

 

Coline Ferrant
Candidata a doctora en sociología en las universidades de Sciences Po y Northwestern.


1 Seymour Martin Lipset, Stein Rokkan, Party Systems and Voter Alignments: Cross-National Perspectives, Free Press, Nueva York, 1967.

2 Seymour Martin Lipset, “Some Social Requisites of Democracy: Economic Development and Political Legitimacy”, The American Political Science Review, vol. 53, núm. 1, marzo de 1959, pp. 69-105; Seymour Martin Lipset, Political Man: The Social Bases of Politics, Doubleday & Company, Nueva York, 1960.

3 Seymour Martin Lipset, “The Indispensability of Political Parties”, Journal of Democracy, vol. 11, núm. 1, enero de 2000, pp. 48-55.

4 Samuel P. Huntington, The Third Wave: Democratization in the Late Twentieth Century, University of Oklahoma Press, Norman, 1991.

5 Max Weber, Economía y sociedad, trad. José Medina Echavarría, Juan Roura Parella, Eugenio Ímaz, Eduardo García Máynez y José Ferrater Mora, Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, 1964, p. 228.

6 Ronald Inglehart, The Silent Revolution, Princeton University Press, Princeton, 1977; Ronald Inglehart, Culture Shift in Advanced Industrial Society, Princeton University Press, Princeton, 1990; Ronald Inglehart, Modernization and Postmodernization, Princeton University Press, Princeton, 1997; Ronald Inglehart y Christian Welzel, Modernization, Cultural Change and Democracy: The Human Development Sequence, Cambridge University Press, Cambridge, 2005.

7 Daniel Bell, The Coming of Post-Industrial Society: A Venture in Social Forecasting, Basic Books, Nueva York, 1973.

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Publicado en: Sociedad