Si donar una parte de tu ingreso desapareciera en un instante a toda la pobreza y la desigualdad entera del país, ¿cuánto estarías dispuesto a sacrificar?
Según los resultados de nuestra reciente encuesta sobre percepciones de desigualdad y movilidad social,1 si te pareces a la mayoría de los mexicanos, no mucho. La disposición promedio de contribuir en México apenas supera una décima parte del ingreso—muy por debajo de las proporciones encontradas para otros países.2 Sin embargo, en la misma encuesta indican que su falta de magnanimidad contradice diametralmente sus propios intereses: los mexicanos anhelan la igualdad. En vez del alto coeficiente de Gini3 de 0.5 que tienen, en promedio desearían un Gini más moderado de 0.3 (nivel Canadá). Incluso la mitad indica que su distribución ideal sería un mini-Gini de 0.2 (nivel Finlandia), de los cuales la mitad desearía una igualdad absoluta de Gini 0 (nunca obtenido por ningún país).
Estos resultados nos dejan ante una paradoja: no les gusta su desigualdad, pero tampoco les gusta pagar para deshacerse de ella. O bien: México quisiera ser Finlandia, o por lo menos Canadá, sin ser finlandés (ni canadiense). Siendo las “donaciones” de ingreso, también conocidas como impuestos, una de las formas más eficaces para reducir la brecha entre la desigualdad real y deseada, vale la pena explorar por qué es tan baja esta disposición, especialmente entre aquellos que más podrían influir la distribución con su contribución: los ricos. Indagar cómo las élites mexicanas justifican su posición ayuda a comprender la extraordinaria persistencia de la desigualdad en México.

Ilustración: Patricio Betteo
Aunque varían las razones por las que a las élites mexicanas que entrevisté para mis estudios,4 les preocupa la desigualdad (pobreza, #varios; violencia, #varios; inminente revolución, #4; revueltas sociales, #24; rezago de educación, #1; rol de la mujer #6; etcétera), todos concuerdan que ésta es demasiado alta. Aún así, su compromiso con iniciativas de redistribución fiscal es bajo, incluso cuando la desigualdad implica consecuencias negativas para ellos mismos.5
Según cuentan, México “no es un país donde le guste pagar impuestos; aquí es a ver cómo puedes dar la vuelta a los impuestos” (#6). Es más, “hasta a la izquierda no le gustan los impuestos. Esto es una izquierda atípica, porque en todo el mundo la izquierda es fiscalista, ¡porque sabe que ahí está el financiamiento del estado de bienestar!” (#22).
La no-disposición de responsabilizarse por los costos de la desigualdad, sin embargo, no se distribuye de forma equitativa a través de la sociedad. Mientras que los más pobres dicen estar dispuestos a entregar aunque sea 15 % de su ingreso, los más ricos contribuirían un escaso 7.5% del suyo.6 Más que la diferencia con otros países, entonces, llama la atención la tacañería de aquellos con ingresos de entre 25 y 700 veces la línea de pobreza, cediendo apenas la mitad de lo ofrecido por aquellos que no logran superar esta línea.7 Cuando las élites hablan de la aversión mexicana a los impuestos, en realidad están hablando desde su propia aversión.
Los más pobres no sólo resultan más generosos, también desean un sistema redistributivo más progresivo que los ricos. La tasa impositiva máxima deseada tiene una pendiente claramente negativa con respecto a la riqueza de los encuestados. La diferencia es importante: mientras que los más pobres sugieren una tasa del 50 %, los más ricos preferirían que los ricos paguen 32 %.
La asumida característica cultural anti-impositiva8 camuflajea preocupaciones subyacentes sobre la eficiencia (corrupción) y justicia (evasión) del sistema impositivo, las cuales a su vez se recargan en una actitud paternalista y de desconfianza tanto hacia “el gobierno” como la población que se beneficiaría de las políticas fiscales.
Los participantes no se oponen a la fiscalización per se, sino que cuestionan la eficacia del sistema impositivo por una presunta opacidad: “pago mis impuestos, pero, al final, siempre está la duda de que si sirve para algo” (#25). Por lo tanto, “la duda que tiene más gente [es]: realmente, ese ingreso que está recibiendo el gobierno, qué tal lo está distribuyendo y en dónde”, y “al no verlo en ningún lado, mejor no pago [impuestos]” (#6). El problema con estas percepciones es que resultan en un retiro de contribuciones hacia los servicios públicos, agudizando el problema.
Porque los participantes asuman que si no fuera por la corrupción y se administraran bien, los recursos actuales serían suficientes: “yo no creo que es un tema de recursos – los recursos los hay, los ingresos del gobierno son muy altos – es que se quedan en la corrupción” (#10), problema que ubican exclusivamente (muchas veces, por definición) en el sector público. Es decir, reconocen la utilidad de herramientas para disminuir la desigualdad en lo abstracto, pero no están conformes con cómo se usan actualmente, ya que aciertan que, hipotéticamente, les gustaría pagar más, si no fuera porque “el gobierno desafortunadamente lo que hace es que se lo gasta y se lo roba” (#21). Independientemente de que esto constituye una aseveración inverificable, México está clasificado como 4to lugar a nivel mundial en transparencia presupuestaria.9 Por el otro lado, los ingresos públicos por impuestos en México son los más bajos tanto de América Latina10 como de la OCDE —con 16 % apenas alcanzando la mitad de su promedio— incluso antes de la fuga de dineros por corrupción.11
Aparte de ineficiente, las élites perciben como injusto un sistema donde “¡pues te quitan de tu sueldo!” (#23) cuando en el “negocio informal, no pagan impuestos, no pagan nada” (#24) y “siempre hay alguien detrás que se esté aprovechando de esta situación de no pagar impuestos” (#25). La ambivalencia entre una empatía sincera hacia la precariedad vivida por los pobres y la indignación por una percibida «exprimición» constante de ellos mismos es un sentimiento compartido por muchos participantes sobre todo en el sector empresarial. Así, un subdirector, ubicándose en el decil 7.5 de la distribución de ingresos (cuando su ingreso, como el de todos los participantes, corresponde al 1 % más alto del país), se siente perjudicado por lo “terrorífico” de “las políticas públicas que están por los suelos”: “Cómo puedes explotar a tu clase media, que es nuevamente la afectada; es la que está pagándole a todo el mundo”. Pero, “viéndolo desde un punto de vista objetivo”, concede la necesidad del gobierno de “hacer estas cosas” (es decir, recaudar impuestos) cuando “todos están afuera, ganándosela en un puesto, en un tianguis —no pagando impuestos”. Equiparando a personas pobres e informales, reflexiona que “pues son condiciones a las que les orilla el pueblo; es eso, o dejar de comer. Pero por el otro lado, los que estamos cautivos decimos: oye, él recibe sus 10 000 MXN libres, ¡y a ti te quitan 30-35 % de impuestos!” (#17).
Estas expresiones evidencian una serie de confusiones comunes acerca de los impuestos. Para empezar, en México todos pagan impuestos todos los días. No estar registrado ante el SAT evade impuestos a la renta, pero no libera de los impuestos indirectos. Ese 16 % de impuesto al valor agregado (IVA) que se le suma al precio de los bienes y servicios, o los impuestos especiales, como el IEPS a gasolina, son pagados por todo consumidor, cualquiera sea su estatus laboral.
Pero, objetan las élites, “lo que nos quitan a la gente que trabajamos [!] de impuesto es muchísimo!” (#10). En realidad es menos de lo que piensan. Si bien la tasa nominal de ISR para el 1% más rico es del 34 % (de las más bajas de la OCDE), efectivamente sólo pagan la mitad (18%).12 Sin meternos a casos como el del segundo hombre más rico del país, quien le debe unos 14 000 millones MXN al fisco, no toda esta diferencia es por evasión —ocultamiento ilegal, 2.6 % del PIB —o elusión— laguna legal, 6.2 % del PIB —fiscal.13 El último decil también es el más beneficiado por la exención (16%) y reducción (86 %) del ISR. Así, la recaudación entre el 10 % más rico en México, con su 10 %, está muy por debajo del 15 % en EEUU ó 25 % en Italia o Inglaterra.14 En relación con el 40 % del total de ingresos que se concentran en el 10 % más rico,15 esta aportación escasamente calificaría como elevada.
Tampoco existe claridad sobre la extensión y el impacto redistributivo del sistema fiscal. La noción de que “entre más ganas, más impuestos pagas” lleva a un empresario a calcular que “si ganas 100,000 dólares pagas 40 000 dólares [en impuestos], o sea, estás subsidiando otros 30 a 60 millones de personas en la realidad, porque pues nomás no pagan” (#7). Cambiando la hipérbole por molestia, una subdirectora que se autoubica en el decil 6-7 de la distribución de ingresos exclama que “yo cuando veo mi recibo de nómina digo ‘¡dios mío, todo esto me quitan! Con eso que me quitan podrían vivir como cuatro familias.’ Entonces tú dices: ¿cómo puede ser?” (#10).
Independientemente de su riqueza, los mexicanos piensan que pagan 40 % de sus ingresos en impuestos, cuando realmente en promedio pagan la mitad.16 Esta sobrevaloración de su contribución está en marcado contraste con la realidad fiscal mexicana, que no sólo es de la más reducidas, sino que además es la menos redistributiva de la OCDE.17 En México, mientras que la tasa de incidencia para el ISR es relativamente progresiva, o igualadora (proporcionalmente el 10 % más rico en promedio contribuye más), esto no aplica para ninguno de los impuestos indirectos, que constituyen casi la mitad de los ingresos impositivos totales: el decil 10 paga menor proporción de su ingreso en IVA que el decil 9, y paga la menor proporción de todos en los IEPS (SHPC 2020). Los impuestos más progresivos—aquellos a la riqueza, herencia, capital—de plano ni existen en México actualmente.18 Por donde se mire, la situación no califica como justicia fiscal.
Justo, para las élites empresariales, sería arreglarse como “en mi casa: él que trabaja más tiene más oportunidades y más beneficios, porque trabajó más. El que no mueve un dedo pues tiene menos beneficios. Pero es porque él lo decidió. [Recaudar impuestos] es como si en mi casa estoy premiando al que no hace nada y castigando al que hace mucho. Entonces el mensaje que yo estoy transmitiendo en mi familia es: si no trabajas, te voy a ayudar, te voy a dar premios, y si trabajas, te voy a castigar, te voy a quitar para ayudar al que no esté trabajando. No es un equilibrio justo. El mensaje tiene que ser al revés: si tú trabajas mucho, te voy a bajar la tasa de impuestos. Y si tú no trabajas… [piensa la lógica], bueno, pues a lo mejor tampoco vas a tener para pagar impuestos, pero tienes que trabajar, ¿no?” (#21).
Al percibir que merecen sus ganancias gracias al esfuerzo y talento que supieron capitalizar, no encanta la idea de transferirlos a unos parasíticos pobres aprovechadores: no sirve “dar, regalar: seguros de desempleo, seguros de vejez, seguros a los estudiantes; ¡los seguros no hacen más productivo al país!” (#18). Es más, “regalándole a la gente no la vas a sacar del hoyo. Al contrario. En realidad sacarnos del hoyo no es que nos den las cosas, sino que se abran las oportunidades para todos” (#21). Las oportunidades que se abrieron para el participante #19 incluyen sobre todo que, estrictamente, no necesitaría trabajar “ni un día de mi vida” gracias a la herencia que recibió al nacer (aunque lo hace por gusto, para devolverle a la sociedad). Se revela un panorama donde las personas pobres necesitan oportunidades, no transferencias, mientras que las empresas necesitan apoyos, no impuestos; en otras palabras: darles a los pobres no sirve y es contraproductivo, pero darles a los ricos sí genera productividad.
La ideología meritocrática detrás de estas perspectivas no refleja la realidad mexicana estructuralmente desigual, donde incluso trabajando la mitad de aquellos nacidos en pobreza nunca saldrán de ella, mientras que para los ricos de cuna es casi imposible perder su posición privilegiada.19 Sin embargo, en vez de responsabilizarse pagando impuestos, la élite empresarial sueña con “decir [al gobierno]: a ver, yo voy a darle esto a mi gente [mis empleados], te quito esta responsabilidad y la voy a tener yo, pero si es así, ¿cuánto me vas a regresar, qué impuesto me vas a quitar? Tener como un beneficio por hacerlo.” (#6). No ve a sus ganancias como compensación suficiente a cambio del favor que le haría a la sociedad. Es improbable que Marx se haya imaginado tal escenario cuando sugería que ‘de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades’.
Hay que hablar sobre la política fiscal. En la actualidad mexicana, una corrupción endémica que erosiona la confianza en el sector público y un sistema injusto, donde —contrario a lo que perciben las élites— en realidad contribuyen poco, cultivan una cultura social que desprecia la responsabilidad impositiva. La baja captación y poca capacidad redistributiva que caracterizan a la política impositiva mexicana no logran hacer frente a un estado social fragmentado, jerárquico, y de casi igualmente baja capacidad redistributiva.
Esta situación no se debe a un problema de claridad de diagnóstico, pero a intereses materiales y coaliciones de relaciones de poder. La evidente falta de impuestos a la riqueza puede considerarse de los éxitos de cabildeo más significativos por parte de sus beneficiarios. Urge cambiar el discurso. De que los impuestos, más que una carga, son una inversión: en una sociedad más inclusiva, próspera y justa. Para lograr esto, ¿cuánto estarías dispuesto a sacrificar?
Alice Krozer
Doctora en Estudios de Desarrollo por la Universidad de Cambridge. Actualmente es investigadora postdoctoral en El Colegio de México.
Referencias
Campos-Vázquez, R., A. Krozer, A. Ramírez-Álvarez, R. de la Torre y R. Vélez-Grajales (2020): Perceptions of Inequality and Social Mobility. Agence Française de Développement Research Paper nr. 124.
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Dawtry, R.J., R.M. Sutton, y C.G. Sibley. 2015. “Why Wealthier People Think People Are Wealthier, and Why It Matters: From Social Sampling to Attitudes to Redistribution”. Psychological Science 26 (9): 1389–1400.
El Economista (2020): “México ocupa el cuarto lugar en transparencia presupuestaria: International Budget Partnership”. 29 de abril 2020.
Guillaud, E. (2013): “Preferences for redistribution: an empirical analysis over 33 countries”, The Journal of Economic Inequality vol. 11, 57–78.
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Lozano Noriega, F. (1963): “Reforma Fiscal mexicana que deroga los impuestos sobre ‘herencias y legados’ y ‘donaciones’”. Revista de Derecho Notarial Mexicano, núm. 23. Disponible en: acervo de la Biblioteca Jurídica Virtual del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.
Montalvo, T.L. (2016) “En México, entre más rico seas menos impuestos pagas”, 18 de marzo, 2016, Animal Político.
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OCDE (2020b): “Global Revenue Statistics Database”.
Reis, E. P. and Moore, M. (2005) Elite Perceptions of Poverty and Inequality, London, Zed Books.
1 La encuesta es parte del proyecto Perceptions of Inequality and Social Mobility in Mexico de El Colegio de México en cooperación con el Centro de Estudios Espinosa Yglesias, patrocinado por la Agencia Francesa del Desarrollo y la Unión Europea. Para el estudio completo véase Campos-Vázquez, R., A. Krozer, A. Ramírez-Álvarez, R. de la Torre y R. Vélez-Grajales (2020): “Perceptions of Inequality and Social Mobility”. Agence Française de Développement Research Paper nr. 124.
2 Actualmente los únicos países para los que contamos con este dato son Australia, Israel, Canadá y Finlandia.
3 El Coeficiente de Gini es una medida de desigualdad, en este caso de ingresos, que asume un valor entre 0 y 1, donde 0 corresponde a perfecta igualdad (todos tienen los mismos ingresos) y 1 a perfecta desigualdad (una persona tiene todos los ingresos). Aunque pueda no parecer muy elevado 0.5, empíricamente corresponde a un nivel de desigualdad muy alto.
4 Este análisis se basa en mi estudio de la élite mexicana y su relación con la desigualdad, que forma parte de mi tesis doctoral Inequality in Perspective: Rethinking Inequality Measurement, Minimum Wages and Elites in Mexico (University of Cambridge, 2018). Para mantener el anonimato de los participantes al citarlos, se le asignó un número a cada entrevistado.
5 Otros estudios han documentado resultados parecidos, particularmente Reis y Moore (2005) para el caso de Brasil.
6 Op. cit. Campos-Vázquez et al. (2020).
7 Otros estudios también han identificado al ingreso como determinante de las preferencias de (Guillaud 2013), y oposición hacia (Dawtry, Sutton y Sibley 2015) una redistribución.
8 Este rechazo a los impuestos no es tan “obvio” o mexicano como les podría parecer a muchos conciudadanos. Por ejemplo, en México hubo un impuesto a la herencia desde los años 20 hasta su abolición en los 60 el cual, en la Ciudad de México, podía ascender hasta un 64 % para herencias grandes (Lozano Noriega 1963). Agradezco a Diego Castañeda por guiarme hacia la fuente de estos datos.
9 El Economista (2020): “México ocupa el cuarto lugar en transparencia presupuestaria: International Budget Partnership”, 29 de abril 2020.
10 CEPAL (2020). Panorama Fiscal de América Latina y el Caribe: Políticas tributarias para la movilización de recursos en el marco de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible.
11 OCDE (2020a): “Global Revenue Statistics Database”.
12 Secretaría de Hacienda y Crédito Público (2020): “Distribución del Pago de Impuestos y Recepción del Gasto Público por Deciles de Hogares y Personas, Resultados para el año 2018” y OCDE (2020b): “Table I.7. Top statutory personal income tax rate and top marginal tax rates for employees”. Agradezco a Carlos Brown por guiarme hacia las fuentes de estos datos.
13 Linares, José Raúl (2019). “Salinas Pliego busca doblegar a Hacienda para no pagar adeudos”, Proceso 29 de diciembre 2019.
14 Montalvo, Tania L. (2016) “En México, entre más rico seas menos impuestos pagas”, 18 de marzo, 2016, Animal Político.
15 Secretaría de Hacienda y Crédito Público (2020): “Distribución del Pago de Impuestos y Recepción del Gasto Público por Deciles de Hogares y Personas, Resultados para el año 2018”.
16 Cabe mencionar que en la tasa impositiva aplicada sí hay diferencias entre lo que pagan personas ricas y pobres: el primer decil tiene una incidencia de impuesto del 9 %, la cual asciende gradualmente hasta llegar al 30 % para el decil más rico (Campos-Vázquez et al. 2020).
17 Secretaría de Hacienda y Crédito Público (2020).
18 Los impuestos predial y de tenencia serían las excepciones, pero son recaudados a nivel municipal/estatal y no son homogéneos.
19 Centro de Estudios Espinosa Yglesias (2019): “Informe Movilidad Social 2019. Hacia La Igualdad Regional de Oportunidades”.
Como contribuyente es real lo que se paga como impuestos y prestaciones a las instituciones de salud y hacendarias; lo que no me explico es porqué si, de acuerdo a los ingresos de cada trabajador, no se da el servicio en el sector salud, de acuerdo a lo que se paga, pues si uno gana más entonces pagas más de impuestos o prestaciones, pero la atención es la misma , para el que paga menos como para el que paga más.
Este artículo tiene un pequeño gran problema. Solo habla de los “impuestos” realmente pagados y no de la carga al presupuesto que las clases acomodadas (en realidad la clase media) alivian las finanzas públicas. Es decir los gastos de educación (que deberían ser provistos por el estado), de salud (que también deberían ser provistos por el estado) e incluso seguridad (pagarle al o los policías de una privada por ejemplo). Suena romántico pero ojalá se verdad estuviéramos como Finlandia.
si, no nos gusta pagar impuestos, pensamos casi todos que es injusto, que muchos pagamos y la mayoria no, no pagan los de arriba lo que deberian, no pagan los de abajo que solo reciben, solo estiran la mano, vivimos en un estado paternalista, clientelar y desigual, en donde el gobierno gasta mal y mete mucho a los bolsillos de funcionarios, cierto, todos debieramos pagar impuestos pero sabemos que esto no es cierto, que el gobierno debiera gastar bien, en obras de beneficio comun, que tampoco es cierto, pagamos una burocracia suntuosa, con prestaciones que no tenemos los que pagamos, jubilaciones y pensiones que no son lo mismo pero que reciben una sobre otra, sindicatos corporativos que recibieron mucho de los gobiernos pasados para mantener ellos el poder, esto a costa de todos los demas, mantenemos partidos politicos que se auto asignan presupuestos millonarios, camaras legislativas que se conceden bonos por cualquier cosa que aprueben a favor del gobierno, no existen consecuencias para nadie en el gobierno que gaste mal, y si para el causante cautivo que no cumpla, sistema fiscal mal diseñado hecho para beneficio de algunos, deudas que contrata el gobierno para el gasto corriente o para rescate de empresas estatales mal administradas pero bien saqueadas, ¿como estar conforme con un sistema fiscal que no es lo mas justo? lo peor es que si se podria tener un buen sistema de captura de recursos pero en el gobierno la voluntad poltica de hacerlo pasa por los intereses de muchos, pero da para buenos articulos y criticas de lectores en espera de sueños guajiros en este pais…..
La parte dos de tu ensayo podría ser «¿Por qué necesitamos un estado de bienestar?», explicando que además de inversión es responsabilidad social. Lo que se ve con tu estudio es la necesidad de educación de la opinión pública para entender el presupuesto y saber realmente a qué se destina: cuánto se va en educación, en salud, en infraestructura, en investigación científica y tecnológica, etc. ¿Cuáles serían tus propuestas para revertir lo que cepal llama «la cultura del privilegio», que es justo esa forma de no entender que no todo depende del esfuerzo individual cuando «el suelo no está parejo».
El artículo incurre en una grave confusión entre lo que es una donación y el pago de un impuesto. El segundo es obligatorio y coercitivo por propia naturaleza. Por tanto en nada resulta relevante si las personas están o no de acuerdo en el pago del impuesto. Si el aparato estatal es suficientemente eficiente en la recaudación de los impuestos la voluntad de los sujetos obligados no es siquiera relevante. En fin, es una confusión grave.