La racialización de la clase en México

“Es cierto, México es un país racista”, “racistas en Estados Unidos, ahí odian a los negros y a los latinos”, “yo soy moreno y nunca nadie me ha hecho menos”, “los que hablan de racismo en México son unos acomplejados”, “dividir a la gente por color de piel es el verdadero racismo”, “el problema de México es el clasismo, no se confundan”; ésta es una muestra de una amplia gama de comentarios que he recolectado en redes sociales cuando se debaten los temas de racismo en México. En la cacofonía habitual de las redes, es posible encontrar dos argumentos sobresalientes. Por un lado, que en México no existe la idea de “raza” y por tanto hablar de racismo, como la manifestación de tal noción, carece de exactitud. Por otro, que lo que se quiere entender como racismo no es más que discriminación de clase. Ambas explicaciones suelen concluir que el problema de México no es de corte “racial” (ni racista), sino de profundo clasismo y exclusión económica.

A contrapelo, mi trabajo de investigación sostiene que en México las nociones “raciales” y racistas son pan de todos los días, y que tales ideas no se pueden separar del clasismo ni de la exclusión económica porque todas las anteriores operan como un conjunto, escondiéndose una detrás de las otras según contextos, situaciones y momentos históricos. A esto le llamo la racialización de la clase. Antes de proceder a la explicación de esta idea, es preciso clarificar que el concepto de “raza” no existe como una categoría científica. Tal noción se comenzó a utilizar antes que el mismo método científico fuera desarrollado (ver Kendi, Stamped from the Beginning, 2017). Adicionalmente, recientes estudios sobre la composición del ADN humano han mostrado la falacia de la idea de grupos “raciales” (ver Desmond and Emirbayer, Race in America, 2016). Dicho esto, el concepto de “raza” existe como una categoría sociológica, como una ficción social con profundas implicaciones en la distribución de recursos materiales y simbólicos, así como de oportunidades. Comenzaré por argumentar en contra de la idea que asume que lo que parece racismo es simple clasismo, para luego explicar la confusión en torno a la supuesta inexistencia de nociones “raciales” en el México mestizo.

Ilustración: Izak Peón

En redes sociales, así como en trabajos periodísticos, es común encontrar la idea que la discriminación en México se basa en ideas clasistas más que racistas (como muestra ver, Rosas. 2014. “¿Clasistas or Racistas?” Milenio. 10, diciembre). Esta idea no es nueva. En su libro La Democracia en México (1965), el distinguido sociólogo Pablo González Casanova señala: “Un hombre de raza indígena con cultura nacional no resiente la menor discriminación por su raza: puede resentirla por su status económico, por su papel ocupacional o político. Nada más” (p. 103). En el imaginario popular, la figura de Benito Juárez muestra la certeza del argumento. Sin embargo, habría que preguntarse si es cierto que los actos de discriminación en México son producto del clasismo, en los cuales la idea de “raza” no existe, porque es posible encontrar datos estadísticos que muestran una estrecha relación entre tonos de piel y clase social (ver Villareal, “Stratification by Skin Color.” American Sociological Review. 75(5), 2010). Si en verdad las ideas “raciales” no interfieren en la distribución de oportunidades o en la exclusión social, ¿por qué es que la mayoría de las élites mexicana tiene un fenotipo marcadamente europeo? (ver, Ceron Anaya, Privilege at Play, 2019; Iturriaga, Élites De La Ciudad Blanca, 2016; Krozer, “Élites y racismo”). Como lo señala uno de los estudios clásicos, “entre la aristocracia mexicana existe un alto grado de preocupación sobre el fenotipo, como eufemísticamente se dice, “por tener buena facha,” lo que significa tener apariencia europea” (Nutini, The Mexican Aristocracy, 2008, p60). Por supuesto que el problema no se limita a las élites. Trabajos recientes han mostrado la enorme dimensión del racismo en México (ver Solís, Avitia y Güémez. “Tono de piel y desigualdad socioeconómica en México. Reporte de la Encuesta Proder # 1,” 2020). Para entender cómo operan las nociones “raciales” es preciso explorar primero el argumento que niega la existencia de tales ideas en México.

La idea dominante señala que no se puede hablar de “raza” en un país en donde “todo mundo” es producto de la mezcla “racial” o mestizaje (sobre los orígenes del argumento ver José Vasconcelos, La Raza Cósmica, 1925). Más aún, el concepto de “raza” carece de significado porque históricamente el mestizaje se definió en términos culturales más que fenotípicos. Un mestizo se reconoce por su adhesión a un conjunto de normas culturales más que a características físicas externas. Tres de los elementos centrales de tales normas son el dominio del idioma español, la forma de vestir “no indígena” y la preferencia por una dieta en donde la comida asociada con lo indígena (como es el maíz) se entremezcla con productos originarios de Europa (como es el pan). Si bien el mestizaje excluye a quienes no se adhieren a las normas culturales mestizas (como son los grupos indígenas), se asume esto no lo hace un sistema excluyente, ya que basta con abrazar las prácticas culturales mestizas para volverse uno de ellos. La supuesta inexistencia de la idea de “raza” igualmente se sostiene en la carencia de prácticas institucionales que vigilen las diferencias “raciales” en México. Por ejemplo, las instituciones educativas no preguntan sobre la identidad “racial” de los estudiantes; lo mismo sucede con certificados de nacimiento o defunción los cuales nunca establecen grupos “raciales.” Asimismo, los mexicanos suelen contestar “mexicano” o “mestizo” cuando se les suele preguntar ¿a qué raza pertenece usted? Lo que parecería inequívocamente demostrar que en este país no se puede hablar de “raza” y, por consiguiente, tampoco de racismo.

Sin embargo, si definimos el término “raza” no como una supuesta categoría biológica, como se piensa en los Estados Unidos, sino como una noción relacional—es decir, como un conjunto de relaciones sociales que siempre operan en función de otros sujetos, así como de contextos cambiantes—encontraremos una sociedad en donde las ideas y las prácticas racializadas abundan por doquier, desde el lenguaje hasta la distribución del espacio urbano. Hago uso del término racializado, en lugar de “raza” o “racial,” porque el primero enfatiza la dimensión relacional, histórica y cambiante de cómo es que la gente concibe el esquema epidérmico (es decir, el color de piel, la textura del pelo, la forma de la nariz y los labios, así como la grasa corporal, ver Fanon, Black Skin, 2008). Asimismo, el concepto de racialización permite dejar atrás el debate sobre qué significa eltérmino “raza” para enfocarse en lo que este tipo de ideas produce de forma cotidiana. Por ejemplo, al dejar atrás la discusión sobre “raza” y centrarse en la idea de racialización podemos observar cómo los dichos populares constantemente racializan a los cuerpos negros o indígenas al asociarlos con fealdad, carencia de inteligencia o perfidia; como en los refranes “el negrito en el arroz” o “no tiene la culpa el indio sino quien lo hace compadre,” entre muchos otros.

Igualmente, cuando analizamos prácticas racializadas podemos ver la forma en que el humor mexicano está lleno de chistes que comienzan con el trillado “había una vez un negrito…” al igual que “había una vez un indito…”, los cuales intentan hacer reír con base en la fealdad, torpeza, o perfidia de los sujetos racializados (existe un tipo de humor que presenta la sexualidad masculina negra como una fuente de “prestigio,” sin embargo, este tipo de humor tiene sus raíces en nociones coloniales que justificaban la esclavitud sobre argumentos que atribuían a los cuerpos negros masculinos una bestialidad incontrolable y por ende la necesidad de someterlos). Burdamente, algunos individuos reducen la discusión de la racialización del lenguaje y el humor a lo que denominan la censura de lo “políticamente correcto.” Esta simplificación del término ignora que la racialización en México no se queda en el lenguaje. El mundo de los medios masivos de comunicación repite con gran exactitud las nociones racializadas que constantemente aparecen en el lenguaje (ver Navarrete, Alfabeto del racismo, 2017). Lo que el ramplón argumento de lo “políticamente correcto” ignora es que la racialización tampoco se un simple asunto de medios masivos. En México existe una estrecha relación entre esquemas epidérmicos y posición socioeconómica (ver, INEGI, “Módulo de Movilidad Social Intergeneracional,” 2016; Arceo y Campos, “Race and Marriage in the Labor Market,” American Economic Review, 104(5), 2014).

En México, la racialización funciona estrechamente vinculada con percepciones y prácticas de clase. Si bien este binomio está presente en todas los estratos sociales, opera de forma distinta entre las clases bajas y la media, por un lado, y la clase media alta y la alta, por el otro. Entre los primeros, la acumulación de recursos económicos no sólo incrementa el estatus en términos materiales, sino que también acerca a los individuos a los ideales de “blanquitud” ante los ojos de otros miembros de las mismas clases bajas y media. Este proceso se debe a tres factores. Primero, porque los recursos materiales son bienes escasos entre estos grupos sociales, incluso entre la clase media. Segundo, por la cercanía fenotípica entre tales sectores, a diferencia de la marcada composición “europea” de la clase media alta y alta. Finalmente, porque siguiendo las lógicas del mestizaje, los sujetos pueden transitar de una categoría racializada a otra al modificar sus prácticas culturales. Al poner estos tres elementos estructurales juntos se puede apreciar un contexto en el cual el acceso a los recursos materiales, incluidos la capacidad de pagar servicios privados (como escuelas o clubes) o la posibilidad de adquirir objetos escasos (como ropa de “marca”), hace que los sujetos sean percibidos por sus pares como si se localizaran cerca de los estratos altos, quienes estadísticamente hablando representan la blanquitud (entendida ésta como esquema epidérmico así como identidad social). De ahí las experiencias que suelen argumentar que a pesar de un color de piel morena algunos sujetos nunca se han sentido discriminados, ya que su posición de clase les permite acercarse a la blanquitud ante los ojos de otros sujetos de estratos bajos y medio. La racialización de clase también puede operar en sentido inverso, como en el arquetipo del “güero de rancho,” sujeto que posee un esquema epidérmico “europeo” pero carece de las maneras necesarias para reivindicar un mayor estatus. La racialización de la clase no opera de la misma forma entre las clases media alta y alta. Entre estos grupos los bienes materiales no blanquean a los sujetos de forma inmediata. El límite de espacio me impide articular con mayor precisión, por el momento, la manera en que la racialización de clase está presente entre las capas altas de la sociedad mexicana, tema extensamente desarrollado en mi trabajo académico.

 

Hugo Ceron-Anaya
Doctor en Sociología por la Universidad de Essex. Actualmente es profesor asociado en la Universidad de Lehigh. Su libro Privilege at Play: Class, Race, Gender, and Golf in Mexico, apareció publicado por Oxford Univesity Press en 2019.

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Publicado en: Sociedad