Él me mintió
Hace ocho años que edito la revista científica Economía Creativa, donde en 2021 tuvimos nuestro primer (y, espero, último) caso de plagio. El artículo había sido publicado bajo la autoría de dos pelados que se adjudicaron el trabajo de las verdaderas autoras, quienes, consultaron a esta revista en busca de un espacio para publicar su trabajo y descubrieron —¡oh, sorpresa!— que uno de los asistentes del proyecto se les había adelantado, presentándose como autor principal, dejándolas fuera de la jugada y compartiendo el crédito del estudio con su compadre, quien ni fue por las cocas.
Como parte de los lineamientos éticos del Committee on Publication Ethics (COPE) que suscribe Economía Creativa, el equipo editorial escrutó cada uno de los eslabones de la revisión por pares —peer review, como se le conoce en inglés— a fin de identificar los escollos que hicieron posible la publicación del plagio.1 Después citamos a las partes para que expusieran sus respectivas pruebas de autoría, para finalmente resolver de manera indubitable a quién pertenecía el texto.
A lo largo de este proceso, que nos permitió mejorar los candados contra la falta de escrúpulos, tuve tiempo para reflexionar acerca de las prácticas distorsionadoras de las revistas científicas, que a la fecha siguen siendo uno de los medios de divulgación del conocimiento más socorridos.

El comienzo
La primera revista científica de la historia, Philosophical Transaction of the Royal Society, se publicó en 1665. Fue allí, por ejemplo, que Isaac Newton difundió los resultados de sus experimentos con prismas. Junto con las cartas que los autores solían intercambiar con sus colegas y amores, los artículos de investigación eran la manera más habitual de divulgar un hallazgo científico, ya que los libros se reservaban para la revisión de trayectoria autoral en la cúspide de la vida.
La publicación de libros se ha desacralizado de manera significativa desde el siglo XVII, tanto que ya no es necesario estar en la cúspide de nada, ni ser firmado por una editorial para publicar un libro. Lo cierto es que, hoy por hoy, los avances de la ciencia suelen difundirse mediante revistas especializadas y conferencias en primer lugar, y en segundo a través de revistas de divulgación, blogs, videoblogs, podcasts, televisión, radio, periódicos y redes sociales, entre otros foros donde los hallazgos genuinos compiten con una avalancha de información falsa.
Sin ir más lejos, las propias revistas científicas libran una guerra cotidiana contra la estulticia. En una colaboración previa expliqué diversas prácticas predatorias comunes en el mundo de las publicaciones periódicas, entre las cuales destaca el cargo por procesamiento de artículos (APC, por sus siglas en inglés), al que no le veo pronta solución, dado que las revistas digitales tienen que generar ingresos para subsistir ante la dramática disminución de las ventas de volúmenes impresos. Ante este escenario, las publicaciones periódicas pueden vender publicidad (si cuentan con el prestigio suficiente para atraer a las marcas); ofrecer contenido premium; monetizar las impresiones bajo demanda; o de plano cobrar por publicar.
La práctica antes mencionada propicia el abuso de muchas publicaciones, que a cambio de dinero (un promedio de $2000 dólares) difunden prácticamente cualquier contenido, contribuyendo a la baja calidad de los textos científicos e incrementando las brechas entre los investigadores que carecen de apoyos institucionales para pagar los APC y los que sí son apapachados por sus universidades.
Las cosas de la vida
Quizá valga la pena presentar algunos casos en los que el sistema de revisión por pares no funcionó como debería. En 1996 el físico estadounidense Alan Sokal publicó un artículo pomposamente titulado “Transgrediendo los límites: Hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica” en la revista científica Social Text.2 El trabajo era una colección de dislates que pasó las revisiones entre pares (si es que las hubo); tras la publicación, Sokal denunció a la revista y a los chambones del comité editorial, criticando así la ordinariez de ciertas publicaciones periódicas que no promueven la difusión del conocimiento y sí se enriquecen a costa de los investigadores.
Entre 2004 y 2014, por otro lado, Paolo Macchiarini publicó una serie de artículos en revistas científicas con alto factor de impacto para comunicar los resultados de sus investigaciones relativas a la aplicación de nanotecnología en trasplantes traqueobronquiales. Con el tiempo, la evidencia en contra de estos trabajos resultó abrumadora, pues los datos que los artículos contenían eran falsos y los pacientes de Macchiarini habían muerto o se encontraban en estado de salud crítico ante la nula efectividad de sus procedimientos. El proceso de escrutinio de las revistas había sido insuficiente para detectar el fraude, del mismo modo que el sistema de salud había reaccionado tardíamente ante la mala praxis de este personaje. En ese caso el autor no pretendía hacer una declaración política, sino que de plano describió una conducta criminal tamizada por las publicaciones y reverberada por quienes citaron esos contenidos.
En 2018, a su vez, Peter Boghossian, James A. Lindsay y Helen Pluckrose publicaron diversos “artículos científicos” que en realidad compilaban disparates, como el texto “¿Quiénes son ellos para juzgar? Superar la antropometría a través de la musculación de la grasa”, publicado en la revista científica Fat Studies bajo el pseudónimo Richard Baldwin. Tal como lo hiciera Sokal en su momento, estos autores dejaron a las revistas en ridículo e hicieron una serie de declaraciones acerca del poco cuidado que dedicaban a la revisión de las colaboraciones.
En enero de 2021, del mismo modo, Laura Fisher —editora ejecutiva de la revista RSC Advances de la Royal Society of Chemistry— identificó más de sesenta artículos falsos publicados por la revista, provenientes de “fábricas” chinas: entidades especializadas en producir textos fraudulentos. Pero esto es el colmo, ¿no es así? Cuando las colaboraciones falsas se detectan después de que fueron publicadas, las revistas deben retractarse formalmente en su sitio web. Pero ¿qué pasa cuando el contenido ya fue consultado y tomado como referencia por alguien que no está al tanto de las novedades?
Estos casos nos ayudan a entender un fenómeno reciente y muy preocupante: entre 2020 y 2021 diversas revistas científicas de prestigio —como Nature, por ejemplo— se han visto obligadas a retractar más de setenta artículos sobre covid-19. Hablamos de contenido que es tomado muy en serio, citado y vuelto a citar en fuentes secundarias, contribuyendo a una catarata de tonterías. En respuesta a este problema, la plataforma Retraction Watch da seguimiento a las retractaciones de las revistas científicas: la exploración somera de sus cifras da calosfríos.
Otro asunto para quitar el sueño, en el supuesto de que usted duerma bien, es la medición del impacto de las publicaciones periódicas: una hidra cuyas cabezas se llaman “criterio de medición” y “centralización”. El factor de impacto depende del número de veces que el contenido de una revista es citado por otras publicaciones a lo largo del tiempo.3 El criterio es útil para ilustrar las preocupaciones de la época —es decir: los temas que interesan a los investigadores en un momento dado— pero al ser tan crucial para medir el desempeño, suele resolverse con la dinámica “cítame y te cito”. ¿Y eso qué rayos tiene que ver con el pleno ejercicio de la ciencia?
Para complicar la trama, la medición del impacto de las revistas está centralizada, siendo la base de datos de Clarivate Analytics, la referencia más utilizada en el mundo para definir en qué cuartil (es decir: en qué lugar de popularidad) se encuentra determinada publicación periódica. Esta evaluación es crucial para el prestigio de las publicaciones, que dan la faena porque la competencia es feroz: tan solo en dicha base de datos constan alrededor de 20 000 títulos, que no son ni por asomo todos los que circulan en el mundo.4 Del universo total de revistas, un 50 % son editadas por un puñado de casas editoriales: Elsevier, Sage, Springer, Taylor & Francis y Wiley, verdaderos amos de las flotillas en el Uber de la ciencia.5
A través de las revistas científicas, los investigadores se dirigen a sus iguales para contribuir a una conversación que produce conocimiento nuevo. Fulanito comparte un hallazgo, Perenganito lo retoma y añade otro eslabón, Sutanito los contradice y presenta sus propias evidencias. Así se debate la ciencia, a la par que se construyen comunidades generativas. Las prácticas antes señaladas atentan en contra de dichas comunidades.
¿A dónde vamos a parar?
En la reunión que organizamos para resolver el caso de plagio de la revista que edito, las investigadoras que identificaron su artículo publicado bajo el nombre de falsos autores presentaron de manera minuciosa el contexto del proyecto, los diversos borradores del trabajo, las comunicaciones detrás de la obra y una cantidad abrumadora de evidencia. De los dos paletos que se habían adjudicado la obra en un principio, uno no se dio por enterado de la junta y el otro llegó quejándose de que no sabía para qué estaba ahí: concluimos que si no era capaz de leer un correo electrónico convocando a una reunión con sus respectivos objetivos y orden del día, era improbable que pudiese redactar un artículo científico. La decisión del comité editorial fue sencilla.
El plagiario mayor exigió que su nombre fuera incluido en el listado de autores, cosa que hicimos porque sí había contribuido de forma mínima, aunque no como creador principal. Lo que no procedió fue su apología del compadre ausente, a quien sospecho le sigue debiendo un gran favor. Échele imaginación.
Karla Paniagua
Coordinadora de estudios de futuros en CENTRO
1 Si esta es la primera vez que escucha el término peer review, déjeme contarle que la evaluación por pares es un proceso común en las revistas científicas. Consiste en la asignación de uno o más expertos o expertas en el tema del artículo, quienes escrutan el texto con base en una serie de lineamientos técnicos; el evaluador desconoce quién es el autor y el autor desconoce quién revisará su trabajo, esto para garantizar cierta neutralidad en el proceso, que por esta razón se denomina “doble ciego”. Al final de la revisión se decide si la colaboración es aceptada tal cual, si deben realizarse cambios o si se rechaza. La evaluación entre pares está en el corazón de las publicaciones científicas y es una actividad que suele hacerse sin remuneración, en el entendido de que esta cadena de colaboración debe perpetuarse.
2 A propósito de este tema, recomiendo los libros Imposturas intelectuales de Alan Sokal y Jean Bricmont (1997) y Más allá de las imposturas intelectuales. Ciencia, filosofía y cultura (2009), de Sokal.
3 En términos más precisos, el Factor de Impacto corresponde a todas las citas de artículos publicados en una revista durante los dos años anteriores que han aparecido en otras publicaciones dividido por el número total de textos académicos (que incluyen artículos, revisiones y actas) publicados en la misma revista en los dos años anteriores.
4 No todas las revistas científicas cuentan con una medición oficial de impacto. Es común que una publicación comience a publicar, genere prestigio y, después de un tiempo y si todo sale bien, ingrese al Olimpo de las publicaciones que sí cuentan con él.
5 Estos grandes consorcios también incurren en prácticas predatorias que requieren un examen ulterior en el cual se explique el papel de la plataforma Sci-Hub y la razón por la cual su creadora, Alexandra Elbakyan, sostiene una controversia con Elsevier y Wiley desde hace algunos años.
—amena y muy bien contada historia del oficio principal del gremio con el que cotidianamente lidias, y que ocasionalmente se retracta, o les retractan, lo que primero les publican… ¿de allí eso de las «retractaciones» (sic) y no simplemente ‘retracciones’? https://t.co/8Dkgq25FdE
La Dra Rosaura Ruiz se clavó (o la clavaron) y clavó a la Sheimbauam en una publicación sobre COVID recientemente. https://www.medrxiv.org/content/10.1101/2021.09.07.21262911v2.full
¿En que categoría de fraude, incongruencia o inmoralidad cae este asunto entre comadres?
(artículo con dos primeros coautores, dos más para correspondencia y 21 otros en la bola. Por el volumen de trabajo y relativa complejidad del estudio, 8 o 10 autores serían lo esperado).