Mal y de malas: el lado socioafectivo de la desigualdad

la clase media es un mecanismo de control
ideológico que
consiste en decirle privilegiados
a los trabajadores menos oprimidos y decirles que
si se quejan
van a perder sus privilegios que son
en realidad
una opresión menor
y una clasificación que les dice que no
son pobres porque si lo fueran
no tendrían lo que tienen:
tendrían hambre.
—Yolanda Segura, serie de circunstancias posibles en torno a una mujer mexicana de clase trabajadora

La creciente denuncia de las desigualdades provoca reacciones de incomodidad que parecen trascender el plano de las explicaciones objetivas. A pesar de la abundante producción de evidencia sobre la diversidad, la profundidad y la perversidad de las inequidades, persiste la resistencia a reconocer injusticias sistemáticas detrás de lo que se interpreta como meras diferencias. En no pocas ocasiones las reacciones a la crítica alcanzan niveles de irritación preocupantes; los argumentos se trivializan, vuelan adjetivos y acusaciones personales y la conversación muta rápidamente en intercambios coléricos.

Estas reacciones sugieren que al hablar de desigualdad no sólo aludimos a brechas medidas en puntos porcentuales o razones aritméticas, sino que tocamos las fibras de formas de interacción en las que está en juego algo más que la distribución de recursos económicos. ¿Por qué la producción de evidencia no logra modificar la percepción y los discursos de quienes consideran que la inequidad es normal e, incluso, positiva? ¿Por qué documentar una forma de desigualdad se interpreta como dividir e inventar problemas donde no los hay? Aunque entre algunos personajes públicos que dominan la conversación mediática la respuesta sea puro cinismo o conveniencia, la creencia en que el mérito es el único criterio de justicia que “realmente funciona” es mucho más extendida.

Más allá de la narrativa sobresimplificada del 1 % contra el 99 %, hay varias capas de complejidad que es necesario remover para tener una conversación razonable sobre las inequidades sociales. Una de estas capas parece interpelar directamente a la identidad de las personas y su presentación en el mundo. Aunque el deseo de igualdad y justicia suele ser generalizado,1, 2 la crítica que plantea la desigualdad moviliza procesos subjetivos de defensa y ataque no del todo sorprendentes. ¿A quién le gusta que le digan que el orden de las cosas que hasta ahora le ha permitido presentarse como una persona respetable es equivocado y tiene que cambiar? ¿Por qué alguien aceptaría tranquilamente renegociar las condiciones de su bienestar a favor de grupos de los que se considera completamente distanciado y a los que está convencido de no haber hecho daño alguno? O bien, ¿por qué quien ha seguido con mucho esfuerzo el guión de la superación agradecería que desde un paternalismo bien intencionado le “aclaren” que su posición de opresión es más bien lamentable y que el balance tímidamente positivo que hace de su vida es producto de la falsa conciencia? ¿Quién puede recibir con entusiasmo y paciencia afirmaciones que atentan tan duramente contra todo lo que le hace pensarse como una persona competente y honorable?

Ilustración: Patricio Betteo

Con tanta incomodidad encima, ¿en qué capacidad estamos para pensar en los otros y en la distancia que nos separa? La investigación ha encontrado que a mayores niveles de inequidad, corresponden trabajos más intensivos de adaptación y justificación de la desigualdad, comúnmente a través de interpretaciones en clave meritocrática, adoptadas tanto por los grupos en ventaja como por los peor posicionados. De igual manera, donde las asimetrías son más acentuadas, otros problemas sociales como la violencia o la pobreza dificultan ver a la desigualdad como un asunto apremiante, a pesar de no ser fenómenos independientes. Estas tendencias son reforzadas por arreglos institucionales y económicos que avivan la competencia y, en conjunto, afectan la visibilidad de la desigualdad, su tolerancia y la disposición a aceptar medidas que la reduzcan.3

¿Pero cuáles son los mecanismos específicos que distorsionan la mirada sobre las desigualdades? ¿Cómo operan a nivel personal? Todavía hay mucho por saber, pero en este punto la dimensión socioafectiva de la desigualdad cobra importancia. La emotividad es una dimensión esencial de la vida social, aunque ocupa un lugar controvertido. Se suele ver como parte del mundo privado de los sujetos y parece que se espera que se quede ahí, en la intimidad. En lo público la expectativa es que las personas se conduzcan bajo las normas de la civilidad y la templanza, más cercanas a la objetividad y la neutralidad.

Sin embargo, la división de lo afectivo entre lo público y lo privado, y su confrontación con la objetividad como criterio de verdad, son erróneas. La vida emocional no existe al margen de lo social, ni de sus normas y categorías; tampoco es menos “real” que lo objetivo. En la medida en que el repertorio de emociones humanas se construye a través de relaciones con otros, la emotividad es un asunto social, cultural y político,4 lo que la expone a los mismos conflictos que el resto de la vida pública. En este sentido, nuestra experiencia subjetiva del mundo está cortada por relaciones asimétricas de poder que producen desigualdades afectivas, es decir, la distribución inequitativa de recursos simbólicos indispensables para ser “persona” en sociedad, como la visibilidad, el respeto, el reconocimiento, la aceptación, el acceso a fuentes de orgullo o la dignidad.5, 6

Desde esta perspectiva, los problemas para dimensionar la profundidad de la desigualdad y percibirla como un problema tienen varias explicaciones. Unas postulan que las comparaciones que hacen los individuos para “monitorear” su posición social respecto a la de los otros están constreñidas a sus relaciones más próximas, lo que matiza las diferencias y la sensación de privación.7 Otras consideran que los límites en la percepción de la desigualdad son producto de distorsiones ideológicas producidas por procesos de dominación simbólica que llevarían a las personas de los grupos peor posicionados a incorporar la desigualdad como una circunstancia inevitable y a aceptar su subordinación, llegando incluso a limitar sus aspiraciones —“desear lo posible” o a “hacer de la necesidad, virtud”— como mecanismo de defensa.8, 9

Si bien ambas perspectivas aportan elementos útiles para entender el peso de la estructura de la desigualdad en las percepciones de los individuos, también son objeto de críticas. Los enfoques deterministas suponen que todos los individuos tienen como única referencia el marco cultural de los grupos dominantes y aspiran a lo mismo; sin embargo, las personas recurren a normas, valores y parámetros mucho más variados de los que se da poca cuenta. Al ignorarlos, estos enfoques podrían exagerar el grado de incorporación de las normas dominantes y su aparente implacabilidad, omitiendo evidencia que muestra que las relaciones de dominación no son lineales y están siendo constantemente impugnadas a través de diversas formas cotidianas de protesta y resistencia,10 como pequeños actos de insubordinación, cuestionamientos a la jerarquía a través de la burla o el humor, o lecturas deliberadamente ambiguas de las normas.

Pero, aun negociando entre la subordinación y la resistencia, lo cierto es que constituirse como sujeto social íntegro y respetable en este momento es un proyecto extenuante y solitario. Ser una persona eficiente, racional, autosuficiente, prácticamente autocontenida, ha ganado importancia en el modelo identitario de la subjetividad neoliberal, llevándonos a crear narrativas personales en las que el otro aparece de manera desdibujada. En este contexto, cuando nuestro relato identitario enfrenta cuestionamientos que sugieren que nuestra adscripción a un grupo social o una clase nos da ventajas que no tienen que ver con nuestro esfuerzo y talento, sino con un orden social que nos precede y nos rebasa, la defensa se activa y la mirada del otro se vuelve una fuente de amenaza que crece si, además, se perciben cambios sociales, económicos y políticos desfavorables en el entorno inmediato.

La posibilidad de perder estatus y experimentar una especie de des-clasamiento produce estrés y ansiedad a lo largo de todo el espectro de la distribución socioeconómica. Entre mayor sea la desigualdad, la percepción de incertidumbre aumenta y se agudiza la sensación de competencia alrededor de recursos que parecen escasos. Esta dinámica intensifica la percepción del riesgo de descenso, incluso entre grupos bien posicionados y con pocas probabilidades de perder puestos en la escala social.11 La mortificación o angustia por la pérdida potencial o real de estatus encuentra diferentes cauces de expresión, como el despliegue de actitudes abiertamente ofensivas —agredir, insultar, humillar— para “mantener a raya” a grupos de menor estatus; el levantamiento de “cercos” simbólicos en torno a los grupos de pertenencia que dan acceso a bienes y oportunidades deseables; la victimización, alentada por la idea de que se está siendo juzgado por otros que ven nuestra posición con recelo;12, 13 o la producción de estereotipos de clase que, a través de la caricaturización del otro, mantienen las jerarquías al mismo tiempo que producen targets14 hacia los cuales dirigir el malestar que debería conducirse hacia los mecanismos perversos del sistema.

En contextos de irritación social, el reclamo de la desigualdad encuentra sin duda un lugar incómodo, incluso entre quienes experimentan la peor parte. Es difícil reconocerse desprestigiado, humillado, con la identidad lesionada o en riesgo de resquebrajarse. Este temor al desprestigio es reforzado por marcos culturales dominantes que sancionan el disenso y la queja, retratándoles como anomalías, actos aislados de impertinencia que dicen más sobre la “inadecuabilidad” de quienes reclaman que sobre el problema que denuncian. En este proceso de creación simbólica del “otro-incómodo”, se le suele acusar de estar movido por sus emociones. Plantearlo así permite descalificarle por al menos dos razones: porque en un proyecto sociopolítico como el neoliberal, la queja y la inconformidad son consideradas anti-valores contrapuestos a la cultura dominante del esfuerzo, el sacrificio y la eficiencia; y porque las emociones que estarían detrás del reclamo a la desigualdad tienen connotaciones “negativas”, como el resentimiento, el rencor o la envidia, lo que equivale a decir que no les mueve la percepción legítima de una injusticia, sino el deseo frustrado en torno a posesiones ajenas.15 Dibujar al otro como un ser dominado por sus pasiones permite individualizar el reclamo colectivo y reducirlo a una reacción aislada, producto de egos lastimados.

Tenemos, entonces, que detrás de la dificultad para comprender a la desigualdad como un asunto de justicia social no sólo hay conservadurismo o mentalidades “blanqueadas”, sino un entramado de emociones y subjetividades en las que es necesario profundizar desde sus derroteros socioafectivos. La comparación social es una operación necesaria para definir la propia identidad, no un mal hábito de personalidades inseguras y resentidas. Sin embargo, la emocionalidad que produce la comparación en contextos neoliberales de asimetrías agudas y subjetividades obsesionadas con el reconocimiento basado en el esfuerzo individual y el triunfo sobre otros en competencias feroces e interminables, produce ansiedades sociales que no sólo nos confrontan y nos distancian más, sino que distraen la crítica de su verdadero destinatario: un sistema que despoja por diseño lo que se tenga a quien lo tenga, ya sea tiempo, trabajo, cuerpo, ideas, afectos o dignidad.

 

Paloma Villagómez Ornelas


1 Wilkinson, Richard y Kate Pickett. (2010). The Spirit Level. Why Greater Equality Makes Societies Stronger. Gran Bretaña: Bloomsbury Press.

2Perceptions of ‘the rich’ limit the scope of tax policies in Mexico and beyond”, LSE.

3 Bottero, Wendy. (2019). A Sense of Inequality. Londres: Rowman & Littlefield.

4 Ahmed, Sara. (2014). The Cultural Politics of Emotion. Edimburgo: Edinburgh University Press.

5 Sennett, Richard. (2003). Respect in a World of Inequality. Nueva York: W.W. Norton & Company.

6 Fraser, Nancy y Axel Honneth. (2003). Redistribution or Recognition. A Political-Philosophical Exchange. Nueva York: Verso.

7 Bottero, Wendy. (2019). A Sense of Inequality. Londres: Rowman & Littlefield.

8 Bourdieu, Pierre. (1984) [1979]. La Distinción. Criterio y bases sociales del gusto. Madrid: Taurus.

9 Bourdieu, Pierre. (1989) [1977]. Outline of a Theory of Practice. Reino Unido: Cambridge University Press.

10 Scott, James. (1990). Domination and the Arts of Resistance. Hidden Transcripts. New Haven: Yale University Press.

11 Wilkinson, Richard y Kate Pickett. (2010). The Spirit Level. Why Greater Equality Makes Societies Stronger. Gran Bretaña: Bloomsbury Press.

12 Scheepers, Dan y Naomi Ellemers. (2019). “Status Stress: Explaining Defensiveness to the Resolution of Social Inequality in Members of Dominant Groups” en Jolanda Jetten y Kim Peters (eds.) The Social Psychology of Inequality, pp. 267- 287. Australia: Springer.

13 Sherman, Rachel. (2017). Uneasy Street. The Anxieties of Affluence. Princeton: Princeton University Press.

14 Fiske, Susan y Federica Durante. (2019). “Mutual Status Stereotypes Maintain Inequality” en Jolanda Jetten y Kim Peters (eds.) The Social Psychology of Inequality, pp. 335-347. Australia: Springer.

15 Cabe aclarar que la literatura sobre desigualdades socioafectivas no da un lugar importante a la envidia como un “sentimiento de clase”. Ésta suele aparecer con mayor frecuencia en comparaciones intra-grupo, cuando se conoce de manera cercana lo que el otro posee y se aspira a algo similar que proporcione las mismas recompensas. No parece tener sentido desear lo que tienen grupos con los que no es posible establecer una relación directa (Ver Bottero, 2020). Más importante aún: la envidia no surge del mero deseo frustrado, sino de la sensación de injusticia que emerge cuando uno considera que no merece carecer de aquello cuya privación le coloca en una posición de inferioridad, lo que no necesariamente se refiere a objetos y recursos materiales, sino a la dignidad, el respeto y el prestigio que les son negados a las personas cuando son tratadas “como nada” (Ver Sennett, Richard y Jonathan Cobb. (1977). The Hidden Injuries of Class. Cambridge: Cambridge University Press).

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Publicado en: Sociedad

3 comentarios en “Mal y de malas: el lado socioafectivo de la desigualdad

  1. Muy buen artículo, felicidades, excelente reflexión sobre la desigualdad, la dignidad, el prestigio y tanto de uno mismo.

  2. No imagino quien pueda pensar que la inequidad es normal, el problema es complejo, en todo caso se debe abordar de esa manera y no por los prejuicios en torno. Los planteamientos sobre problemas arduos me aburren soveranamente.

  3. Al analizar el problema de las inequidades y la injusticia social desde una perspectiva afectiva y social permite encontrar soluciones en otros campos distintos a los comúnmente planteados. Se hace revisión de los valores que son pilares del modelo neoliberal y se cuestionar al individuo contemporáneo si desea seguir con este tipo de valores .

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