México, la transición energética y las ruedas de la Cuarta Revolución Industrial

En las últimas semanas una serie de movimientos tectónicos sacuden la economía global. No es el covid-19 ni las elecciones en Estados Unidos de lo que hablo, aunque son sucesos que apuntan a la misma dirección. De lo que hablo es de las acciones que ha tomado China para liderar la transición energética, transformarse en una electropotencia y con ello acelerar las ruedas de una Cuarta Revolución Industrial. Esta transformación va a acelerar el cambio del centro de gravedad de la economía global hacia la cuenca del Océano Pacifico y por esta razón la transición energética es un asunto de seguridad económica y nacional para México. 

Hay buenas razones para pensar la transición energética como urgente. La crisis climática es la más obvia. Los desastres naturales que hemos observado de forma reciente en el país y en el mundo son una señal muy fuerte de los costos futuros. Pero si esos costos no son suficientes para persuadirnos de la urgencia, quizá sí lo haga algo mucho más coyuntural: que el futuro a corto y mediano plazo de nuestra economía depende de que entendamos la urgencia y actuemos.

Ilustración: Patricio Betteo

Para entender mejor la magnitud y velocidad de lo que se viene y del cambio radical que se verá en los próximos años en todo el mundo, pero sobre todo en la cuenca del Pacífico, es necesario revisar algunas cifras y acontecimientos de los últimos tiempos. En 2001, el mismo año en que China entró a la Organización Mundial de Comercio, China producía el uno por ciento de los paneles solares en el mundo; hoy produce el sesenta y seis por ciento. Hoy también produce más de un tercio de las turbinas para molinos de viento y es el mercado más grande de manufactura de automóviles eléctricos. Controlan cerca del 70 % de los materiales necesarios para la fabricación de baterías de litio1 (control adquirido en una serie de inversiones estratégicas en Chile y en en el continente africano). Están por casi duplicar el número de reactores nucleares en funcionamiento (de 45 a 88).

La inversión en energías renovables es tan grande que para 2060 esperan producir tres veces más energía eólica (3000 GW) que toda la energía que hoy generan con sus plantas de carbón (y son el país que más energía produce en el mundo usando carbón). Las inversiones en generación y transmisión de energía son masivas al grado de estar desarrollando la red eléctrica más grande del mundo y, con ello, están en proceso de desatar un cambio tecnológico sustancial.

La razón de estas inversiones no es sólo la emergencia climática, va más allá de eso. Es lo que China percibe como asuntos de seguridad nacional: dejar de depender de otros países en sus insumos energéticos (gas de Rusia, petróleo de todo el mundo) en un momento en el que las tensiones con Estados Unidos crecen y piensan que seguirán creciendo. Al mismo tiempo es también un escalón más en su proceso de actualización industrial, una siguiente etapa de su exitosa política industrial.

Hace semanas, en su mensaje en Naciones Unidas, Xi Jinping dio a conocer un objetivo extremadamente ambicioso: la completa descarbonización de su economía para 2060. Acto seguido, Japón y Corea del Sur anunciaron objetivos similares para 2050. En los tres casos estos anuncios vienen acompañados de una serie de inversiones y reconversiones tecnológicas sin precedentes. China planea que para 2035 no se venda ni un sólo vehículo que no sea eléctrico o híbrido en su territorio. Japón tiene un objetivo similar para 2030 y dado el nivel de integración de Corea del Sur con sus vecinos es predecible que se alinee con esos objetivos. Como resultado, en los próximos veinte años todo el sureste asiático podría dejar de usar motores de combustión interna.

Este cambio busca a su vez volver a China en especial, pero en cierta medida también a los productores japoneses y coreanos, los líderes mundiales del sector automotriz. Dadas sus capacidades de manufactura a gran escala y al liderazgo tecnológico que tienen parece un objetivo alcanzable. China tiene ya algunos años relajando las restricciones para que empresas como Tesla manufacturen en su país sin necesitar de joint ventures con compañías locales en un movimiento que con toda claridad apunta hacia el objetivo de dominar la industria automotriz en el mediano plazo.

Otro paso en esta dirección es el logro de la firma del RCEP (la Asociación Económica Integral Regional), el tratado comercial más grande del mundo, similar al TPP entre las principales economías asiáticas. La integración de las economías del sudeste asiático sólo va a seguir creciendo en el tiempo. Estos sucesos no pasan desapercibidos, tanto la Unión Europea como Estados Unidos en la presidencia de Biden tendrán objetivos similares: la descarbonización de sus economías para 2050. Ambos bloques económicos reconocen exactamente las mismas oportunidades para sus economías y, al mismo tiempo, los imperativos de seguridad nacional (en el caso de Europa de seguridad colectiva). Por esta razón, cualquier observador de la industria energética en el mundo puede ver que estamos por entrar en una carrera por la transición energética, algo parecido a la carrera espacial durante la Guerra Fría (deGrasse Tyson 2012).2

Después de todo este contexto, ¿por qué es un asunto de seguridad nacional y económica para México? Para contestar esta pregunta es necesario que entendamos un concepto llamado “bloque de desarrollo”.3 Un bloque de desarrollo es el avance simultáneo de tecnologías que generan aumentos en la demanda de estas mismas. El ejemplo clásico es el bloque de desarrollo del carbón durante la Primera Revolución Industrial. El uso del carbón como fuente de energía hizo más baratos procesos industriales como el de la fundición de hierro. La fundición de hierro de menor costo hizo posible que tecnologías dependientes del hierro, como la maquinaria, también se volvieran más baratas; en concreto, el ferrocarril. A su vez, que fuera posible fabricar más ferrocarriles y que se realizaran más viajes también hizo que la demanda de carbón aumentara. A esta serie de dinámicas, donde una tecnología alimenta a otras tecnologías y la demanda y oferta de todos los componentes aumenta, se les conoce como ampliación de mercado y succión de mercado. En resumen, un bloque de desarrollo se retroalimenta entre sus componentes al generar efectos de demanda y de oferta.

Los bloques de desarrollo suelen darse alrededor de tecnologías de propósito general como la fundición de hierro y el transporte y de fuentes de energía baratas. Por eso, desde un punto de vista de recursos energéticos, la Primera Revolución Industrial es una historia del carbón, el hierro y los trenes (textiles y barcos de vapor también, pero no es lo más relevante para los efectos de esta historia). La Segunda Revolución Industrial es una historia de petróleo, automóviles y electricidad y la Tercera Revolución Industrial ha sido una historia de microprocesadores y gas.4

Notarán que las energías renovables en nuestra historia en el presente ocupan el lugar del carbón en el siglo XIX. Los autos eléctricos, el transporte eléctrico masivo y otras tecnologías (como los grandes servicios de procesamiento de datos) sujetas de electrificación son el equivalente a la fundición y a los trenes del siglo XIX. Es decir, son las fuentes de energía y tecnologías de propósito general que van a producir una serie de efectos de retroalimentación (succión y ampliación) que ocasionarán cambios relativos en los precios de la energía y de la tecnología. A este proceso lo llamamos bloques de desarrollo y como resultado generarán la Cuarta Revolución Industrial.

Lo que está haciendo China con su masiva capacidad industrial es acelerar el bloque de desarrollo alrededor de las energías renovables, al producir un cambio de precios relativos de estos energéticos y tecnologías. A través de la historia hemos aprendido que incentivar esos cambios relativos de precios es lo que incentiva las transiciones energéticas. Está reduciendo el costo de paneles solares y turbinas eólicas. Al desarrollar baterías de forma masiva, al desarrollar redes troncales de transmisión de energía de gran escala, los costos de transmisión y almacenamiento bajan; al mismo tiempo, el cambio tecnológico se acelera y de paso resuelve el problema de potencia asociado a las renovables.5 Si combinamos esto con las economías de escala que la industria china puede alcanzar, se hace más barato electrificar más y más aspectos de la vida material y hacerlo de forma más eficiente. Asimismo, energía más barata y tecnologías más eficientes tienen como efecto aumentar la demanda de energía (la famosa paradoja de Jevons).6

Mayor demanda de energía barata hace que más desarrollos tecnológicos que ocupan energía ocurran y así la succión y ampliación de mercado hace el resto (estoy simplificando). Es una carrera que hace imposible continuar con combustibles fósiles: primero, por las restricciones ambientales; segundo, por sus costos —no sería económicamente viable—. La transición es inevitable, es una cuestión de tiempo. El cambio tecnológico se acelera y, voilà, tenemos una nueva revolución industrial. Esto además va pasar con mayor velocidad en la medida que Estados Unidos y Europa se sumen de forma más decidida a la carrera por sus propios razonamientos de seguridad nacional y económica; por tanto, es previsible que el desarrollo tecnológico será aún mayor.

Justo ahora, ya que entendemos la magnitud del cambio que se aproxima es donde podemos responder la pregunta inicial: ¿por qué es un asunto de seguridad nacional y económica para México?

El aspecto de la seguridad nacional es muy obvio. Nuestra demanda de energía va a crecer con el tiempo de forma muy rápida. La Agencia Internacional de Energía espera que prácticamente se duplique en esta década. La razón es simple: conforme la población crezca y un mayor número de personas acceda a recursos, satisfaga necesidades, etcétera, la demanda subirá: más máquinas, más producción, más alimentos, requieren más energía. La realidad nos debe obligar a reconocer que en este contexto nuestra dependencia con Estados Unidos es muy grande en términos de energía y eso por sí mismo es peligroso. Un gasoducto en Texas se puede cerrar si un presidente lo decide, un huracán puede destruir infraestructura crítica y eliminar el suministro de gas. El sol es algo más difícil de interrumpir, el viento se antoja complicado que deje de soplar. Una economía sin energía no se mueve; si no se mueve, no crece; si no crece, el malestar social sí crece; si esto último aumenta, nadie sabe cuáles pueden ser las consecuencias.

Si México falla en comenzar a invertir en la transición energética va unirse tarde a la próxima revolución industrial. Estar entre los líderes en estas transformaciones paga muy bien. Los primeros en transitar capturan la mayor parte de los beneficios, que en este caso son sustanciales. Si México no comienza un proceso de actualización industrial en el que la manufactura mexicana se integre de forma más rápida con las inversiones energéticas que hará Estados Unidos para competir en la carrera con China y con Europa, su base industrial se volverá obsoleta e irrelevante y será sustituida por algún otro país. No son cosas que se pueden hacer de la noche a la mañana, se tienen que empezar a hacer ahora o cuando llegue el momento puede ser muy tarde. No queremos repetir lo que nos pasó cuando China entró a la Organización Mundial de Comercio y nos desplazó fácilmente en varios sectores industriales.  En el futuro próximo, si no entendemos que debemos acelerar la transformación industrial del país y preparamos infraestructura para la transición energética, corremos el riesgo de ser fácilmente desplazados en industrias donde hoy somos grandes jugadores, como la automotriz.

Es un asunto de seguridad económica porque una economía que no se sume al cambio tecnológico va a crecer más lento. Una economía que crece más lento saca menos personas de la pobreza. El desarrollo depende en alguna medida del progreso técnico. En esencia, la transición energética es política industrial; si no la hacemos, las expectativas de generar en el futuro millones de empleos para los jóvenes no serán buenas. México afortunadamente tiene la ventaja de su ubicación geográfica, tiene un enorme litoral en la cuenca del Pácifico, tiene enormes recursos energéticos (sol, viento, termal, etcétera), tiene grandes reservas minerales relevantes para esta transición (litio) y está al lado de uno de los grandes centros de desarrollo de la carrera energética (el litoral del Pacifico en Estados Unidos).

Si México falla en estimular sus industrias en esa dirección, en desarrollar infraestructura energética apropiada y conectividad en el Pacífico y del Pacífico hacia el resto del país, estaremos dejando la mayor oportunidad de desarrollo económico en nuestra historia. Una política industrial enfocada en la modernización de las industrias existentes, la generación de infraestructura de propósito general que facilite la conectividad y que se oriente a la transición energética bien ejecutada puede desarrollar muchas de las regiones retrasadas en el país.

Al igual que la economía mediterránea le dio paso a la atlántica en el siglo XVI, la economía atlántica ya está en el proceso de ceder su lugar a la pacífica. Asia está en el proceso de recuperar su lugar histórico como la región más económicamente dinámica del mundo y China como la economía más importante. No estamos en esa región, pero tuvimos la fortuna de estar en uno de los lados del intercambio más dinámico de este siglo. No podemos desaprovecharlo.

Un proyecto así de ambicioso y que responda a la realidad que el mundo nos presenta es demasiado costoso para la capacidad fiscal del Estado mexicano hoy; requeriría alrededor de 10 puntos del PIB de inversión entre generación y transmisión durante esta década7 y quizá más. Es una realidad imposible de ignorar: simplemente no tenemos la fortaleza fiscal para hacer todas las inversiones que hacen falta y la reforma fiscal más ambiciosa difícilmente generará ingresos de la magnitud necesaria. Tampoco podemos esperar años para desarrollar esa capacidad (si es que nos animamos a hacerlo), ya vamos tarde en la carrera más importante de las próximas décadas.

En nuestras condiciones, no nos queda más que admitir que las inversiones privadas en este tipo de generación y transmisión son necesarias. Es quizá más importante que el gobierno mexicano desarrolle infraestructura de transmisión y una buena regulación para que mantenga su rectoría en una industria de seguridad nacional. Para al mismo tiempo poder mantener la rectoría del sector y conseguir los recursos suficientes de acuerdo a los intereses de seguridad nacional y económica del país, es necesario que México multiplique el capital que puede poner en circulación; por tanto, el rol de los privados no puede ser marginal.

Esto no quiere decir que México debe renunciar a sus otros proyectos energéticos. Las transiciones no ocurren de un día a otro, pero sí que debe tener un plan de desfasamiento de tecnologías obsoletas e introducción de nuevas tecnologías en las que incremente la producción de energía limpia de forma gradual, conforme los cambios en nuestra demanda de energía lo permitan. Sus inversiones deben ser más estratégicas y pueden incluir, a la larga, la creación de una empresa nacional que se haga cargo de este tipo de energías (llamémosla Solarmex).

México en el presente parece atrapado en una disputa entre la realidad del mundo y sus posiciones ideológicas, entre lo que el famoso historiador frances Albert Sorel llamaba “la eterna disputa entre aquellos que imaginan que el mundo debe adaptarse a sus políticas y aquellos que adaptan sus políticas a las realidades del mundo”. Hoy la realidad del mundo nos invita a pensar con mucha seriedad el rol que la energía va jugar en nuestro desarrollo.  Debemos ser parte de la formación de los bloques de desarrollo tecnológico. La energía en México sí puede ser una palanca para el desarrollo, pero sólo si entendemos el rol que ésta va tener en las próximas décadas, si entendemos la magnitud de los cambios globales y actuamos de forma estratégica para insertarnos al frente de esas transformaciones, para que las partes más atrasadas de nuestro país puedan usarlas como una resortera hacia el desarrollo.

 

Diego Castañeda
Economista por la University of London. Historiador económico por la Universidad de Lund.


1 Galveston, J., & Nahm, J. (2020). “China’s key role in scaling low-carbon technologies”, Science Magazine.

2 DeGrasse Tyson, N. (2012). “The Case for Space”, Foreign Affairs, Marzo/Abril 2012.

3 Dahmén, E. (1988). “‘Development blocks’ in industrial economics”. Scandinavian Economic History Review, No. 36, Vol. 1, pp. 3-14.

4 Kander, A., Malanima, P., & Warde, P. (2013). Power to the People Energy in Europe over the Last Five Centuries. Princeton University Press.

5  Fairley, P. (2019). China’s Ambitious Plan to Build the World’s Biggest Supergrid: A massive expansion leads to the first ultrahigh-voltage AC-DC power grid”, IEEE Spectrum.

6 La paradoja de Jevons es una observación empírica que nos dice que entre más eficiente nos hacemos en el uso de la energía, la demanda aumenta y lo que en principio disminuye su demanda puede terminar aumentando dicha demanda.

7 Usando estimaciones de CENACE y PRODESEN. Es probable que dichas estimaciones se subestimen, ya que aunados a las inversiones de generación y transmisión existen otros tipos de infraestructura relacionada que pueden hacer aún más altos los niveles de inversión necesaria.

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Publicado en: Economía, Sociedad