México sin nosotras

Nos preguntan por qué decidimos parar. Lo primero que se viene a la mente es tratar de enunciar en estas líneas el nombre de cada una de las mujeres y niñas que han sido privadas de su vida a causa del odio hacia nuestro género. Pero eso resultaría imposible: en México se contabilizan, tan sólo en los últimos cinco años, al menos un total de 3 700 feminicidios.1 Entre cifras imprecisas, producto de un sistema de justicia absorto en conceptos formalistas y atrapado en la impunidad, este número va en aumento, a cuenta de diez feminicidios diarios.

El asesinato de mujeres y niñas por razones de género, en nuestro cotidiano, ha generado una profunda reflexión en torno a la ausencia de mujeres en todos los ámbitos de la vida pública y privada. La lucha por no desaparecer, por estar presentes, deriva en el cuestionamiento de cuáles son nuestros espacios seguros, dónde verdaderamente habitamos, dónde consumamos nuestras vidas, dónde somos indefectibles, libres e independientes. Dejar de existir, voluntariamente, en las calles, plazas, fábricas, oficinas, casas y mercados, nos permite evidenciar qué resquicios de este país realmente nos pertenecen.

Pensar en un país sin nosotras comienza por descomponer los espacios en la proporción de mujeres y hombres que los habitan. Este ejercicio conduce a delinear los contornos que separan las esferas masculinas de las femeninas en todos los recintos de lo habitual. Aparentemente juntos, nos desenvolvemos en una sociedad fraccionada por hilos infranqueables que marcan los límites de nuestro género e identidades.

Ilustración: Belén García Monroy

Comencemos por el ámbito económico: se trata de un país donde el 40 % de su fuerza de trabajo dejaría de existir.2 Si bien la desaparición de las mujeres pasaría prácticamente desapercibida en sectores predominantemente masculinizados —como la construcción, donde 96 % de los trabajadores son hombres o un gremio de transportistas donde sólo una de cada diez personas trabajadoras es mujer— para otros espacios la ausencia de las mujeres resultaría desastroso.

Un día sin mujeres representaría el desplome completo del sector servicios, en el que uno de cada dos empleados es una mujer y en el cual se ocupa 79 % del total de mujeres trabajadoras en el país. En particular, los comercios, hoteles y restaurantes se encontrarían condenados a la debacle ya que las mujeres ocupan el 53 y 59 % de los empleos en estos ramos, respectivamente. La industria manufacturera, por su parte, perdería 38 % de sus trabajadores y en el conjunto de la industria dejaría de existir una cuarta parte de la población ocupada en este sector.

El impacto de la ausencia de la fuerza laboral femenina en la economía sería notable, aun considerando la precariedad que caracteriza los espacios de trabajo de las mujeres en México: menos del 2.5 % son empleadoras en este país, en tanto que el 39 % se emplea en el sector informal o en trabajos domésticos remunerados; el 58 % de las mujeres ocupadas son laboralmente vulnerables por la naturaleza de la unidad económica para la que trabajan o no cuentan con un contrato laboral reconocido por su empleador; el 27 % de las mujeres ganan como máximo un salario mínimo, en comparación con el 15 % de los hombres, y la brecha salarial representa cerca del 14 %, la más amplia entre los países de América Latina.

Aunado a las duras condiciones de participación de las mujeres en el mercado laboral, la división sexual del trabajo persiste como premisa de la organización social. En el país, una de cada dos mujeres de 15 años y más (47 %) ha desistido de buscar empleo o no se encuentra disponible para trabajar debido a que nadie más en el hogar puede hacerse cargo de los y las niñas pequeñas, personas enfermas o ancianas; porque algún familiar les prohíbe trabajar o por algún impedimento físico de carácter permanente o temporal, como un embarazo. En cambio, sólo uno en cinco hombres manifiesta encontrarse en alguno de estos escenarios.

Si bien el entorno laboral constituye un espacio de reproducción de las desigualdades, el hogar encierra los cimientos de las desventajas estructurales que nos trastocan e inhiben nuestro desarrollo pleno. Las mujeres generamos el 75 % del valor total que representan actividades como la alimentación de quienes integran la familia, la limpieza y mantenimiento de la vivienda y la administración del hogar, lo que asciende a 59 617 pesos al año por mujer. El valor económico de los trabajos domésticos y de cuidados representó en 2018 cerca de una cuarta parte del PIB del país, con un nivel equivalente a 5.5 billones de pesos, superior a lo alcanzado por el comercio o la industria manufacturera en ese mismo año.3

En el conjunto, por cada diez horas de trabajo femenino dedicadas al mercado laboral, actividades domésticas o de cuidado, los hombres realizan ocho. Esta distribución desproporcionada de cargas de trabajo entre los sexos se encuentra atravesada, además, por las desigualdades de ingreso, identidad y territorio. La contribución de las mujeres a las labores domésticas y de cuidado es mayor por parte de aquellas de menores ingresos (63 307 pesos), de quienes habitan en hogares rurales (63 971 pesos) y, sobre todo, de las mujeres que hablan una lengua indígena (69 783 pesos).

Al mismo tiempo, la aportación de las mujeres al valor económico de las actividades domésticas y de cuidado se encuentra condicionada por la función desempeñada en el seno del hogar: aquellas que habitan en pareja (unidas o casadas) generan un valor equivalente a 76 163 pesos anuales, en comparación con 33 348 de las mujeres solteras. De igual forma, si en el hogar habitan menores de edad, la contribución aumenta a 76 266 pesos. Por su parte, los cambios en la contribución de los hombres casados o con menores en actividades relacionadas con el hogar son mínimos, comparados con la relevancia que asume la mujer en estas mismas condiciones.

A pesar de que estas actividades se dirigen a la reproducción de la vida humana, el trabajo doméstico y de cuidados continúa invisible ante los ojos de una sociedad productivista y orientada a la mercantilización del trabajo. Parafraseando a la extraordinaria Silvia Federici: esto que llaman amor, nosotras le llamamos trabajo no pagado.

Pensar, por tanto, en la desaparición de la totalidad de las mujeres en México representaría para el país la pérdida de alrededor del 50 % del PIB, considerando la proporción de mujeres que contribuyen con su trabajo remunerado y no remunerado a la economía nacional. Esto se sumaría a la perdida por la exclusión del 55 % de las mujeres del mercado laboral, la cual se estima en alrededor del 25 % del ingreso per cápita en el país. México se coloca, de esta forma, a la cabeza de países como Chile o Colombia en cuanto a la magnitud de la brecha de género laboral y la pérdida de crecimiento económico potencial que ésta conlleva.

La convocatoria a parar el 9 de marzo (9M) se lanzó con la esperanza de trastocar la realidad de este país desigual, excluyente, violento y feminicida a partir de nuestra ausencia colectiva: desaparecer como símbolo de la fuerza de nuestra existencia. No obstante, el llamado surgió también con la certeza de que, para millones de mujeres en México, parar es otro de los privilegios que se nos tienen negados.

“Si paramos nosotras, para el mundo”. Esta premisa encierra en sus entrañas la imposibilidad de que un país sin nosotras suceda. El llamado al paro del 9M develó desde un principio el peso de la sujeción en la que coexistimos y nos desenvolvemos las mujeres en México, donde la doble carga que asumimos dentro y fuera del hogar impide precisar horarios laborales, vacaciones, asuetos o fines de semana.

Un México sin mujeres implicaría que más de 10 millones de hogares, un tercio del total de hogares en el país, se quedarían sin el principal sustento económico de la familia o familias que lo integran. Para el resto de hogares, la desaparición de las mujeres implicaría, en la mayoría de los casos, detener la maquinaria imparable de la reproducción de la vida misma. Si paramos nosotras, para el mundo. Aun cuando lo hagamos desde nuestras actividades diarias impostergables, ya dimos a México la primicia de nuestra fuerza.

 

Silvia Elena Meza
Economista por El Colegio de México y la Universidad de Sonora.


1 Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Presuntos delitos de feminicidio: tendencia nacional. Enero 2015-enero 2020.

2 Los datos sobre ocupación y empleo que se presentan a continuación se retoman de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del INEGI, al cuarto trimestre 2019.

3 Los datos sobre trabajo doméstico y de cuidados que se analizan a continuación se retoman del Comunicado de prensa núm. 632/19 28 de noviembre de 2019, del INEGI.

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Publicado en: Economía, Sociedad