Todo en el universo requiere de energía, sea el movimiento de las estrellas o la fuerza que mueve nuestros autos. Es el acceso a energía el que ha permitido a la especie humana sobrevivir y prosperar. La energía de nuestros músculos y de los músculos de animales domesticados, aquella de los alimentos que consumimos, de los combustibles que quemamos o del viento que atrapamos: estas energías son lo que en la historia le da vida a la industria, al transporte y a toda actividad que nos podamos imaginar. Si bien la energía es una constante en nuestras actividades, nuestro consumo de ella ha cambiado mucho en el tiempo; así pues, en nuestra historia podemos constatar varias transiciones energéticas.

Ilustración: Oldemar González
Para tener una discusión educada y constructiva sobre los usos de la energía, así como de nuestras necesidades y limitaciones, es importante tener presente que nuestras sociedades y sus fuentes de energía no sostienen una relación fija en el tiempo. Por esta razón, la historia económica de la energía es fundamental para nuestra discusión pública actual. En México solemos discutir la energía desde una perspectiva orientada a la política. Solemos enfocarnos o bien en la historia de la expropiación petrolera, de la nacionalización de la industria eléctrica, y de los sindicatos de trabajadores de dichas industrias, o bien en las finanzas públicas ;lo que aporta Pemex al presupuesto o lo que cuestan los subsidios a la gasolina o a la electricidad. Éstas son historias importantes que contar, pues iluminan debates que siguen siendo actuales, pero no son particularmente útiles para pensar los retos que enfrentamos a futuro.
Del otro lado de la discusión —aquella que quiere ser más técnica— con frecuencia encontramos simplificaciones que no ayudan porque parten de posiciones poco realistas. En nuestra discusión actual hay dos ejemplos claros. El primero de estos es que se habla de sustitución entre fuentes de energía —por ejemplo, de hidrocarburos como petróleo y gas natural por fuentes renovables como eólica o solar— sin abordar la multitud de temas que estos cambios implican: el cambio relativo de precios, las inversiones masivas para infraestructura que se necesita crear, las demandas de energía en la economía actual y futura. Un segundo ejemplo es pensar que es posible atender nuestras necesidades con poca inversión pública, o que es deseable hacer una transición hacia atrás y cambiar gas por carbón. Esto es grave no sólo porque el regreso al carbón ignora la crisis climática, sino también porque —y esto es quizá más importante— tal regresión implica un retroceso para la estructura económica. Pretender que podemos dar marcha atrás al reloj es remar contra corriente, pues las fuerzas que hacen posible las transiciones energéticas —tales como avances tecnológicos y cambios relativos de precios entre diversas fuentes de energía— ya están en marcha. El gran ausente de la discusión en ambas partes del debate es el desarrollo de infraestructura técnica, un factor clave para pensar en la seguridad energética y en cualquier posibilidad de transición.
Una perspectiva histórica sobre las transiciones energéticas en México es útil para entender la relación de la energía con nuestra economía, así como para hacernos una idea de qué es posible y qué es deseable en una posible transición en el futuro. En general, podemos dividir nuestra historia energética en cuatro etapas: 1) el dominio de fuentes de energía primaria tradicionales (músculos humanos y de animales, leña), que termina en la década de 1940; 2) el movimiento hacia fuentes primarias modernas, que da su inicio en 1879 con la primera planta de generación eléctrica y se intensifica con las hidroeléctricas y el petróleo durante las primeras décadas del siglo XX, y que se vuelve dominante a partir de la década de 1940; 3) la transición gradual del petróleo al gas que arranca en la década de 1960 y continúa hasta nuestros días; 4) la gradual aparición de fuentes de energía alternativa, primero con la hidroeléctrica desde finales del siglo XIX y luego con la energía nuclear, de biogás, eólica, solar y geotérmica desde la década de 1980 (lo que se suele llamar “electricidad primaria”).1
Figura 1. La transiciones energéticas de México, 1880-2015
Fuente: Castañeda Garza, D. (2021)
Estos cambios han venido de la mano de avances tecnológicos y económicos en el país. Están estrechamente relacionados a nuestro proceso de industrialización y a los cambios estructurales en la economía y en los hogares, al pasar de una sociedad fundamentalmente rural a una fundamentalmente urbana. En la Figura 1, tomada de Castañeda Garza,2 podemos ver resumida esta historia. La leña le cede terreno al carbón y al petróleo conforme el país se comienza a industrializar; el petróleo luego le cede terreno al gas natural, conforme las industrias pesadas crecen y la electrificación del país se acelera en la década de 1960; finalmente las fuentes alternativas o “electricidad primaria” se abren paso, pero siguen siendo marginales hasta el presente.
Dentro de esta historia hay muchos puntos interesantes, pero dos son particularmente relevantes si pensamos en el debate público del México contemporáneo: por un lado, la capacidad de transitar entre distintas fuentes de energía primaria de forma acelerada y, por otro, el incremento del uso del carbón durante los últimos 40 años.
El primero de estos puntos es un suceso extraordinario. México prácticamente se brincó la transición de la leña al carbón y pasó directamente al petróleo. ¿Cómo fue posible tal cambio? La respuesta yace en la convergencia de varios factores. En primer lugar, el petróleo es un combustible con mayor densidad energética que el carbón, por lo que es más fácil de transportar. Así, la ubicación geográfica del petróleo en la zona del Golfo de México favorece el comercio:3 es más fácil de exportar y tiene menos costos de transporte. En segundo lugar, México contaba con grandes reservas de petróleo fácilmente explotable, lo que disminuía los costos de producción. En tercer lugar, la industria petrolera en México tuvo una inversión masiva desde el comienzo de su explotación en 1901; esto permitió un enorme desarrollo de la industria. En cuarto lugar, la situación geopolítica del mundo favoreció el desarrollo de la industria petrolera mexicana, pues entre el estallido de la Gran Guerra en 1914 y los primeros años de la década de 1920 la demanda de petróleo se intensificó y México se volvió el segundo productor a nivel mundial, al punto que nuestro país llegó a representar el 25 % de la producción petrolera del mundo.4
La lección que nos deja el brinco de la leña al petróleo es que, además del cambio relativo de precios y del avance tecnológico, la inversión en infraestructura es crítica. Los sistemas técnicos y las grandes redes de infraestructura son el punto en donde las innovaciones ocurren y se difunden, acelerando el cambio.5 Adicionalmente, el mundo de la energía es eminentemente global: los cambios en la economía mundial están estrechamente vinculados con el mercado de la energía en todas partes. Cuando el mundo comienza a cambiar, tarde o temprano arrastra a todos.
El salto de la leña al petróleo ilustra que es posible que los países en desarrollo se muevan entre distintos tipos de energía sin necesidad de pasar por todas las etapas por las que otros países transitaron. Este punto debería ser alentador para México y en general para el mundo en desarrollo. En apenas cuatro décadas, México alcanzó niveles de consumo de energía por fuentes modernas comparables a países como España e Italia, además de que superó a Portugal y se aproximó a Suecia. Nuestro país hizo en 40 años lo que a otras naciones les tomó más de un siglo. La clave, por supuesto, es la inversión.
Tabla 1: México y los países europeos, 1950
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Fuente |
México |
Italia |
España |
Portugal |
Suecia |
Inglaterra y Gales |
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Alimento (humano y animales) |
13 % |
27 % |
27 % |
24 % |
6 % |
3 % |
|
Leña |
28 % |
17 % |
12 % |
44 % |
21 % |
0 % |
|
Hídrica y viento tradicional |
0 % |
0 % |
0 % |
1 % |
<1 |
0 % |
|
Fósiles (petróleo + gas natural + carbón) |
58 % |
47 % |
59 % |
30 % |
64 % |
97 % |
|
Electricidad primaria |
1 % |
10 % |
2 % |
1 % |
9 % |
0 % |
Fuente: Castañeda Garza, D. (2021)
El segundo punto ha sido causa de preocupación desde la década de 1980, pero lo cierto es que es un proceso que inició desde los comienzos del siglo XXI: el uso de carbón como fuente de energía. Usando los datos de Castañeda Garza podemos constatar que hoy en día el carbón representa un porcentaje del consumo de energía primaria (10.6 % en 2015) mucho mayor del que representaba a finales del siglo XIX (3.8 % en 1899). En otras palabras: hemos usado más carbón en los últimos años que cuando era el combustible dominante en buena parte del mundo.
Esta dependencia del carbón en la década de 1980 provocó que la infame década perdida fuera también un periodo en el que las tendencias históricas de intensidad y productividad energéticas —es decir: qué tanta energía consumimos para crear valor agregado y qué tanto valor agregado obtenemos de la energía que usamos— se revirtieron temporalmente. La disminución de intensidad energética en el largo plazo es consecuencia del rápido crecimiento económico y de los cambios en las fuentes de energía que usamos. La década perdida marcó la peor crisis económica de nuestra historia y el resurgimiento del carbón, lo que explica la ruptura en la tendencia.
La lección en este caso es obvia: si deseamos continuar disminuyendo la intensidad energética (o aumentar la productividad) y con ello disminuir las emisiones de dióxido de carbono al mismo tiempo que mantenemos una economía en crecimiento, es necesario que continuemos avanzando tanto en el tipo de industrias que desarrollamos como en las fuentes de energía que usamos. Es decir: tenemos que asegurarnos de que la actualización tecnológica aumente junto con el porcentaje de “electricidad primaria” derivada de fuentes limpias.6
Figura 2: Intensidad energética y productividad energética, 1880-2015
Como mencionaba el año pasado en este mismo espacio, las transiciones energéticas y las revoluciones industriales tienden a ocurrir en conjunto. Por esta misma razón no son sucesos que ocurren de un año a otro. Para tener una discusión madura sobre la transición energética en México, primero hay que aceptar que no puede ocurrir de la noche a la mañana: por su naturaleza, es un cambio gradual. Luego debemos tener una discusión seria sobre infraestructura, sobre montos de inversión pública y privada, sobre las necesidades de la industria existente y las necesidades de las industrias del futuro. No podemos separar la discusión de la transición energética de la política industrial del país. Sin mayor acumulación de capital en el sector energético, cualquier discusión sobre transición es construir castillos en el aire.
Repasar la historia de las transiciones energéticas en México y en otros países, por ejemplo la de Portugal,7 nos enseña que el acceso a las fuentes de energía primaria y la selección de cuáles usamos tienen efectos de dependencia de ruta; es decir, determinan en cierto grado el tipo de industrias que podemos tener y, con ello, qué tan productivos somos.
Una discusión constructiva —una que nos saque de la politiquería, simplificación y falta de imaginación— debe llevarnos por necesidad a discutir sistemas técnicos, pues es ahí, en las redes de transmisión, donde los cambios tecnológicos se multiplican y se transforman en cambios de la demanda de energía. En México necesitamos desarrollar con claridad distintos temas cuando pensamos en energía y las posibilidades de una transición: infraestructura, métodos de producción y patrones de consumo. Al parecer el mundo se dirige a una nueva revolución industrial; con ello, la transición energética ocurrirá, pero no será pronto. México necesita comenzar a pensar en cómo contempla su economía en ese momento, cómo imagina a su población, qué rol desea jugar en el mundo. Si aspiramos a ser una economía desarrollada, no podemos perder más tiempo.
Diego Castañeda
Economista por la University of London e historiador económico por la Universidad de Lund.
1 La electricidad es siempre una fuente secundaria de energía; no obstante, para facilitar el análisis económico y para distinguir con mayor claridad los cambios entre tipos de fuentes de energía, a estas fuentes se les llama en la literatura especializada “electricidad primaria”.
2 Castañeda Garza, D. (2021). Energising Mexico, Historical Energy Consumption, Transitions and Economic Growth: 1880-2015. Mimeo.
3 El carbón por su parte principalmente se explota en la región carbonífera de Coahuila (al centro y norte del estado), su logística es más complicada.
4 Rubio, M. (2006). The role of Mexico in the first world oil shortage: 1918–1922, an international perspective. Revista De Historia Económica / Journal of Iberian and Latin American Economic History, Vol 24. No. 1. pp. 69-95.
5 Kander, A., Malanima, P., & Warde, P. (2013). Power to the people: energy in Europe over the last five centuries. Princeton, NJ: Princeton University Press.
6 Con datos de Sener a 2018 apenas 8.9 % del consumo de energía primaria.
7 Henriques, S. & Sharp, P. (2020). Without coal in the age of steam and dams in the age of electricity: an explanation for the failure of Portugal to industrialize before the Second World War. European Review of Economic History, 00, pp. 1-21.


Hay mucha información que falta mencionar. De todos los usos de la energía, la mayor parte no están electrificados. Sólo el 30 o 40% de los usos finales de energía se hace en forma de electricidad.
Falta incluir un análisis de la tasa de retorno energético, es decir, cuántas unidades de energía son necesarias para producir nuevas unidades de energía. Para que una fuente de energía sea sostenible, esa proporción debe ser mayor a uno; y algunos cálculos indican que para que una civilización sea sostenible, la proporción debe ser mayor a cinco; cabe mencionar que hace cien años la TRE del petróleo convencional era de 100, mientras que actualmente es de 10. La TRE del petróleo no convencional es aún menor.
Un país debe establecer su política de energía de acuerdo a la facilidad de acceder al recurso. Si en méxico no tenemos gas, debieron implementarse medidas para evitar el desperdicio del gas asociado al petróleo, auqnue fuera antieconómico. O haber diversificado los proveedores, no depender de unos cuantos. En sudamérica hay producción de gas, pero conviene mencionar que latinoamérica ya no es autosuficiente en consumo de energía.
Ya se intentó extraer gas usando el fracking en la cuenca de burgos.Buena parte del presupuesto de pemex se usó para tal fin durante toda la década pasada y hubo pocos resultados.