México y los vientos agitados de la economía global

Al ser una pequeña economía abierta con una enorme dependencia en su sector externo, México no puede escapar de los efectos combinados de la guerra en Ucrania y del covid-19 en China. Tiempos turbulentos en la economía global significan tiempos turbulentos para la economía mexicana: esa siempre ha sido nuestra historia. No obstante, las legítimas preocupaciones que muchos compartimos —sobre el estado de nuestra economía y sus posibles futuros—, han alcanzado niveles alarmantes en el corto plazo que, por el momento, no están justificados. El error está en que no estamos pensando en el mediano plazo, donde los peligros son más reales.

En días recientes, algunos economistas y analistas de la situación económica del país han alzado voces de alarma con el recuerdo de crisis económicas pasadas, especialmente las infames crisis de fin de sexenio de las décadas de 1970, 1980 y 1990. La comparación con esos periodos es exagerada. A diferencia de esos tiempos, México cuenta hoy en día con un tipo de cambio flexible, un banco central autónomo y con bastantes reservas internacionales. Si México ha de tener una crisis en el futuro, se antoja poco probable algo como lo que sucedió en 1994. Sin embargo, hay algunas preocupaciones que tienen más validez. Por ejemplo, el creciente déficit público combinado con un espacio fiscal muy reducido. Es decir, que con las tasas de interés a la alza y la economía estancada, los servicios de la deuda se harán más caros y los recursos fiscales (lo que recaudamos de impuestos más otros recursos, como la venta de petróleo) no crecen lo suficiente o están siendo devorados por los subsidios para mantener estable el precio de los energéticos.

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

Ese desbalance fiscal, como apuntan varios analistas, es el verdadero peligro. No sólo puede generar situaciones de inestabilidad macroeconómica, sino que compromete seriamente la capacidad de crecimiento de la economía nacional, pues limita la capacidad del gobierno para gastar. Y aún peor: los recortes a la inversión pública se pueden convertir en una opción viable para un gobierno obsesionado con la austeridad.

A pesar de esta situación poco deseable, no todos son nubarrones. La economía global y el balance de poder en el mundo están en movimiento. Conforme la economía global se reacomoda, es evidente que se abren oportunidades para México. El movimiento de inversiones a territorios gobernados por aliados o por uno mismo —conocido como onshoring o friend-shoring— puede hacer que México recupere la ventaja, que hace mucho perdió en manufacturas, sobre China. Hacer resilientes las cadenas de valor frente a los impactos de una pandemia —o incluso a los problemas de seguridad— le daría a México una enorme ventaja en mercados cercanos, le permitiría competir en costos y calidad y, quizá más importante todavía, lo volvería confiable.

México debería aprovechar esta oportunidad para atraer esas inversiones que buscan una mudanza. Pero para hacerlo, el país necesita poner en orden a corto plazo dos temas cruciales. Por un lado, necesita atender con mayor urgencia el tema de seguridad. La violencia en México es uno de los frenos más importantes que tenemos para crecer con rapidez. Si bien es quizá poco lo que se puede hacer en el tema de seguridad en el corto plazo, al menos deberíamos asegurarnos de que no siga empeorando.

El segundo es la política energética. Como ya he escrito en otras ocasiones en este mismo espacio, el sector energético en Norteamérica se está integrando, es un proceso natural dada la integración de sus economías y es positivo para México. La transición energética está atada a una nueva revolución industrial. Parte de la clave para explotar nuestra capacidad manufacturera a niveles que no hemos alcanzado en el pasado pasa por transformarnos en una potencia energética, y el país tiene todas las condiciones para serlo, tanto en hidrocarburos (gas y petróleo) que seguirán siendo relevantes en los próximos 20 a 50 años, como en fuentes renovables (solar y eólica) que serán cada vez más importantes en el mismo horizonte temporal. Lo que necesitamos con urgencia es inversión pública y privada en cantidades que nuestra debilidad fiscal y el clima de negocios en México no están permitiendo. Arreglar esta situación debería ser una de las prioridades más grandes para el Estado mexicano.

Conectado con estas necesidades, en un asunto de mediano y largo plazo, el país necesita encontrar la manera de fortalecer sus finanzas públicas. Crisis como la de las pensiones, los enormes costos de salud que traerá la siguiente fase de la transición demográfica y los costos que la crisis climática ya está produciendo están a la vuelta de la esquina, y esas sí amenazan con causar un daño que puede hacer palidecer a las crisis pasadas. Con el riesgo de sonar como disco rayado: sin una profunda y ambiciosa reforma fiscal, nada en el país va verdaderamente a avanzar.

A diferencia de algunos de mis colegas que ven con mucha preocupación el 2024, yo creo que lo que deberíamos ver como una preocupación mayúscula es el 2030. El siguiente gobierno probablemente va a heredar una posición fiscal muy frágil, con pocas posibilidades de gastar en infraestructura o bienes públicos, en un ambiente internacional de tasas de interés más altas y con un clima político similar al de una segunda Guerra Fría. Es una combinación letal, pues si las cosas siguen como hasta ahora, la tercera década de este siglo la vamos abrir con el fin del bono demográfico, el envejecimiento acelerado, los costos acumulados de los efectos secundarios de la pandemia en el sistema de salud y con poco dinero en los cofres del Estado para hacer algo al respecto.

Si en lugar de esa pesadilla queremos abrir la siguiente década con capacidad de hacer política pública, de gastar en lo que necesitamos, asegurar un buen retiro a nuestros adultos mayores y tener la posibilidad de que quienes hoy tenemos menos de 40 años podamos retirarnos algún día, y posicionarnos en un lugar ventajoso en el escenario global, necesitamos comenzar a actuar ya. Estamos en una carrera contra el reloj y los siguientes siete años pueden dictar buena parte de nuestra historia en el siglo XXI. Dada nuestra geografía y nuestro tamaño poblacional, a pesar de que hemos estado perdiendo el tiempo, la situación actual de la economía global, por más terrible que parezca, nos ofrece una oportunidad —quizá la última— de escapar de un destino que, de seguir en el curso actual, nos depara una pobre vejez.

 

Diego Castañeda
Economista por la University of London e historiador económico por la Universidad de Lund

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Publicado en: Economía