Los NFTs — “tokens no-fungibles,”por sus siglas en inglés— están íntimamente ligados a las criptomonedas, tanto en términos tecnológicos como en que comparten sus más ávidos entusiastas-evangelizadores. Junto con el Bitcoin y otras monedas similares, los NFTs representan la nueva generación de activos financieros digitales que han atraído las miradas de especuladores, analistas y medios en los últimos dos años.

Aunque los NFTS han circulado en los lugares más recónditos de la web desde 2014, fecha de la obra “Quantum”, del artista digital Kevin McCoy, para finales de 2021 el valor de este joven mercado llegó a 41 000 millones de dólares. Este mercado incluye el intercambio de música, gif, imágenes, y arte digital de las más diversas calidades. Los creadores de estos activos son diversos: podemos encontrar artistas renombrados como el director Quentin Tarantino, los músicos Snoop Dogg, Eminem o Grimes; empresas como la NBA, la revista The Economist, Taco Bell y Atari; así como creadores de todo tipo, como Manuel Rossner, Jake Parker y hasta el antes desconocido Benyamin Ahmed, quien a sus 12 años creó una colección de imágenes de ballenas que se vendieron por 340 000 euros. Por todo esto, saltan algunas preguntas obvias: ¿cómo se relacionan los NFT con la blockchain? ¿Qué es un NFT? ¿Por qué la gente se está volviendo loca por estas novedades tecnológicas?
La blockchain, en términos llanos, es la larga serie de registros y protocolos que identifican transacciones digitales dentro de una misma red. Un NFT existe como uno de estos registros, dentro de una cuenta en alguno de los mercados de criptomonedas —que se llaman carteras—. El usuario registrado paga en ocasiones con la misma criptomoneda de la cadena para acuñar (mint) un código único (lo que se conoce como token), mismo que se intercambia entre las distintas cuentas dentro de esa blockchain y proporcionando un sentido de propiedad a quien compra ese activo, de nuevo, dentro de esa cadena.
La parte “NF” (Non-Fungible) de los NFTs significa que lo que sea que se adquiere digitalmente es único y no puede ser reemplazado por un duplicado o copia — incluso si, por ejemplo, se tratara de dos imágenes iguales — pues el acceso a todos los NFTs está identificado por un código único, que además significa que los tokens no pueden ser divididos. Dos elementos son importantes cuando se trata de arte digital: primero, nada impide que los usuarios de internet descarguen copias de una imagen digital; segundo, la compra del código de un NFT no implica necesariamente la propiedad intelectual o los derechos de lo que se adquiere, y ni siquiera garantiza la permanencia del archivo en donde sea que éste está almacenado. La conexión entre estas dos esferas hace que entusiastas de las criptomonedas —sarcásticamente llamados “crypto bros”— también sean afines al mundo de los NFTs y que los consideren símbolo de estatus.
Pese a la corta vida y grandes promesas de los NFTs, los capítulos de “euforia” financiera han existido desde que el mundo es mundo. O, en este caso, desde que alguien diseñó un algoritmo que crea imagenes de monos con sombreros chistosos para apostar el futuro. Como describe J.K. Galbraith en su Breve historia de la euforia financiera, la atención de los agentes financieros es la característica fundamental que convierte a un bien ordinario del mercado, como los NFTs, en un objeto de especulación: el incremento de su demanda aumenta su precio, lo que atrae a nuevos compradores que incrementan aún más el precio y causan un efecto de bola de nieve sostenido únicamente por las expectativas de que ese movimiento continúe hasta el infinito. Y esa es la palabra clave: “expectativas”. La atención actual al objeto de especulación no implica que los precios se mantengan o aumenten, especialmente a largo plazo, pues las espirales frenéticas de alza de precios impulsada por las expectativas del público pueden terminar de manera súbita. Es un fenómeno tan vertiginoso que, para cuando las personas comprenden qué está pasando, ya es demasiado tarde.

Fuente: elaboración propia con base en Nonfungible.com, Números de ventas y precio de ventas (2022)
El mercado de los NFTs, particularmente desde el inicio de 2021, muestra claramente las cumbres eufóricas del proceso de apreciación de estos activos especulativos. Aunque el crecimiento de las ventas tuvo su momento más álgido en agosto de 2021, el entusiasmo nuevamente se contrajo para finales de ese mismo año, con esporádicas recuperaciones, pero que muestran una tendencia a la baja. Lo mismo ocurre con el valor de las ventas, particularmente importante para bienes especulativos, que se contrae, ligeramente desfasado, del número de ventas; sin embargo, la conexión entre estos dos valores refleja que los NFTs son valuados más por su limitado número de compradores.
Carlota Pérez plantea que la euforia financiera forma parte de un fenómeno más grande, impulsado por un proceso de innovaciones simultáneas que reemplazan prácticas, procesos y hábitos existentes, en una revolución violenta que se impone ante los viejos actores de la economía y trae a los nuevos participantes que tomarán su lugar. Estos nuevos participantes comienzan a formar su propia visión del mundo, atrayendo una gran cantidad de riqueza en un ciclo de especulación que juega con la esperanza de la sociedad, cuando los “magos” o “genios” financieros hacen actos de prestidigitación que multiplican dinero a través de métodos que nadie más puede ver, y crece el hype de una “nueva” nueva gallina de los huevos de oro. Mientras el dinero fluye por todos los rincones, se hacen inversiones en distintos ámbitos, aparece un gran número de nuevos ricos y la euforia se apodera de muchísimas personas. Una vez que termina el exceso y la fiesta desenfrenada, llega la resaca: el auge termina con una estrepitosa caída, viene la búsqueda de los culpables y se baja de su pedestal a las figuras que fueron veneradas por su “perspicacia” en los negocios. Se dan explicaciones de todo tipo, y se olvida cómo el inversionista se despoja de su sentido común para dar paso a lo que Galbraith se refiere como locura colectiva.
Pese a la revolución anunciada por los “magos tecnológicos” que predican bajo la bandera de la democratización, el mercado actual de los NFTs ha concentrado cerca de 80% del valor total en 9% de los integrantes de la comunidad —asumiendo una cartera digital única para cada usuario, aunque pueden tener más— lo que significa que alrededor de 32 400 usuarios poseen 2.7 millones de activos, de acuerdo a información del Financial Times. Esto denota un patrón de concentración que no puede ser ignorado por los entusiastas de estos mercados, y también nos hace recordar que las desigualdades juegan un papel fundamental en la adopción de tecnologías emergentes, pues requieren un grado avanzado de alfabetización digital, la propiedad de bienes de capital (como los equipos de cómputo indispensables para participar en estos mercados) y la disposición de la infraestructura básica para acceder a la red.
Aunque la encarnación actual de los NFTs no muestra el ángulo más favorable de esta nueva tecnología por su vinculación con la actividad especulativa y el exceso de los mercados, la identificación única de tokens dentro del blockchain puede ser usada en otras aplicaciones prácticas, distantes del mercado del arte digital, como la realización de transacciones en el sector inmobiliario, el registro de la propiedad intelectual en varios rubros (derechos de autor, patentes o marcas) y la protección de datos personales en una base de datos descentralizada a disposición de instituciones públicas. Es un mercado en proceso de consolidación que verá el atardecer de sus días de salvaje oeste —como el mercado de las criptodivisas— pues todas las revoluciones tecnológicas suponen en respuesta el despliegue de una revolución institucional que permita la aceptación de las innovaciones en la sociedad y su sostenibilidad económica.
Por otra parte, la estabilización de esta tecnología podría terminar como los procesos que tuvieron lugar durante la última década, que consolidaron el oligopolio tecnológico que domina el mercado mundial desde las economías que concentran la investigación y el desarrollo, como pasó durante la Revolución de los Microchips, el fin de la Burbuja Dot-Com en los primeros años del nuevo milenio y, más recientemente, el boom de los servicios de streaming.
Mientras los más aguerridos entusiastas, los defensores del status quo y los reguladores discuten sobre el futuro de esta tecnología, la economía digital sigue ganando relevancia e incluso domina otras esferas de la economía real (producción de bienes y servicios no financieros). Hemos observado cómo la digitalización ha permeado en nuevos aspectos de la vida económica y la interacción social, y seguimos descifrando las nuevas problemáticas de nuestro tiempo. En este contexto, valdrá la pena preguntarse: ¿qué implica que la innovación digital termine por reemplazar a la innovación física como el destino de las inversiones?
Víctor Barragán
Estudiante de la licenciatura en economía de la UNAM y becario del Instituto de Investigaciones Económicas (IIEc-UNAM).
Arturo H. Mejía
Estudiante de la licenciatura en economía de la UNAM y becario del Instituto de Investigaciones Económicas (IIEc-UNAM).
Referencias
Galbraith, J. K. Breve historia de la euforia financiera, Ariel, México, 1990.
Pérez, C. Revoluciones tecnológicas y capital financiero, Siglo XXI editores, México, 2002.