Pandemia y capital humano: pérdidas en el largo plazo

Cuando las personas detectan una situación de peligro, a nivel fisiológico se producen una serie de cambios que permiten afrontar la crisis. En un instante, nuestro cuerpo decide por nosotros lo que es esencial y centra su atención sólo en eso; enfoca los sentidos en aquello que considera prioritario y descarta lo demás: esto se conoce como el efecto “vista de túnel”. La crisis sanitaria actual nos mantiene en un estado de alerta constante, incluso a más de un año que iniciaron sus estragos en México, de manera similar a como lo hacen los escenarios de peligro que provocan dicho efecto.

Ilustración: Víctor Solís

Con esto en mente, no es ninguna sorpresa que el debate público se haya concentrado en discutir un problema prioritario a la vez. Confinamiento. Medidas preventivas. Grupos vulnerables. Reactivación económica. Plan de vacunación. Y, recientemente, el regreso a clases. Los argumentos han girado en torno a las consecuencias de las posibles estrategias para volver a las aulas: ¿es prudente volver?, ¿deberíamos vacunar a personal docente antes que a otros?, ¿habrá un repunte de casos? Con estas preguntas sobre la mesa, la reflexión se ha centrado en las implicaciones de las clases futuras; sin embargo, poco se ha enfocado en las secuelas de las que ya se perdieron.

A finales de marzo, el INEGI publicó los resultados de la Encuesta para la Medición del Impacto Covid-19 en la Educación (ECOVID-ED) 2020. Los resultados revelaron que, de los alumnos inscritos antes del inicio de la pandemia, aproximadamente un 2.2 % no terminó el ciclo escolar 2019-2020. Esta cifra puede parecer poco significativa; no obstante, realmente comprende cerca de 740 000 estudiantes. Las causas más frecuentes de deserción estuvieron relacionadas con la actual pandemia: clases no funcionales para el aprendizaje (26.6 %), padres o tutores que perdieron su fuente de ingresos debido a la situación (27.1 %) y carencia de dispositivos o acceso a internet (21.9 %).1

De acuerdo con la misma encuesta, en la mayoría de los niveles educativos hay alta disposición para volver a clases presenciales si el gobierno lo permite. Esta respuesta difícilmente es una sorpresa. La pandemia ha implicado, en los casos más afortunados, una transición poco efectiva a una plataforma virtual; para algunos, unas cuantas horas siguiendo las direcciones impersonales de la televisión y, para otros tantos, un cese completo de las actividades. Alumnos y padres están ansiosos por volver al sistema presencial para reemplazar un modelo a distancia que no ha sido exitoso y que ha tenido consecuencias relevantes.

Primero, pensemos en el corto plazo. La diversidad de experiencias ha causado que los alumnos tengan, en mayor o menor medida, vacíos importantes en las enseñanzas que deberían haber adquirido en este último año. Esto es problemático en todos los niveles: alumnos de preescolar que no vivieron el proceso de socializar; los de primaria y secundaria que perdieron tanto herramientas básicas como habilidades socioemocionales, y los de educación superior no adquirieron bagaje técnico. Asimismo, perdieron conocimientos valiosos que provienen de la interacción diaria con sus pares. Todos estos alumnos, que han aprendido los contenidos en mayor o menor medida, seguirán su curso sin eventualidades. Esto, posiblemente, les resulte en dificultades para mantener el paso en los ciclos escolares posteriores.

Una solución que se ha propuesto con anterioridad (como en el caso de la suspensión de labores de escuelas a nivel básico en Oaxaca durante la administración del gobernador Ulises Ruiz Ortiz) es el uso de clases remediales. Sin embargo, esto puede ser un reto logístico en un contexto donde el principal riesgo se encuentra en reunir alumnos en un espacio cerrado. Además de los costos logísticos, esta propuesta tiene otra posible desventaja. Los estudiantes, actualmente, están deseosos de volver a clases. Pero recordemos que no vienen de un receso. La pandemia ha supuesto un peso enorme en términos emocionales. Una gran cantidad de alumnos han sufrido pérdidas familiares, han experimentado condiciones complicadas en el hogar y han tenido que lidiar con la frustración de un sistema a distancia al que no entraron voluntariamente. Saturarlos de clases, con tal de recuperar lo perdido, podría tener consecuencias opuestas a las esperadas. Esta medida podría terminar con el entusiasmo de los estudiantes y convertirlo rápidamente en hartazgo.

Ahora, pensemos en el largo plazo. Lo que hasta ahora he llamado vacíos, realmente se traduce en pérdida de habilidades. Estas habilidades (cognitivas, no cognitivas y socioemocionales) son la base del “capital humano”. Robert Lucas, economista estadunidense, consideraba que el capital humano es uno de los determinantes del crecimiento económico de un país.2 Esto se debe a que impacta en la productividad total de los factores y esto, a su vez, en la producción. Uno podría pensar que los efectos de tan sólo un año de escolaridad perdido no son tan grandes. Sin embargo, para finales del año pasado, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ya estimaba que las consecuencias de esta pérdida podrían implicar una disminución promedio de 1.5 puntos porcentuales en el producto interno bruto de una nación, por el resto del siglo.3

Estos podrían ser los efectos en la producción agregada, pero ¿y los efectos en la productividad individual? Las habilidades de un trabajador están directamente relacionadas con su productividad y, en consecuencia, con su salario. Las diferencias en habilidades serán mayormente notorias entre los estudiantes que están próximos a entrar en el mercado laboral. No obstante, los estudiantes que todavía tendrán años de educación por delante también pueden enfrentar consecuencias adversas. Para considerar un caso similar, en Argentina se ha estudiado el efecto de las huelgas de profesores en el desempeño de largo plazo de los alumnos. Allí, llegaron a la conclusión de que la incidencia promedio de la pérdida de clases durante la escuela primaria reduce los ingresos laborales entre dos y tres puntos porcentuales en toda la carrera laboral.4

Finalmente, no podemos considerar las consecuencias antes mencionadas de manera descontextualizada. Como muchos han resaltado, esta pandemia ha acentuado las profundas desigualdades del país. En términos de empleo y vidas, la crisis sanitaria ha afectado de manera desigual a distintos niveles socioeconómicos; no será distinto en términos de capital humano. Las pérdidas en el aprendizaje que sufrieron los estudiantes dependen, en gran medida, de los recursos con los que contaron. Los alumnos con menos recursos son, con frecuencia, aquellos con menos accesibilidad (a recursos didácticos, dispositivos electrónicos, conexión a internet), lo que a su vez se traduce en falta de materiales educativos, apoyo de profesores y seguimiento personalizado. Estos alumnos son los que enfrentan más secuelas en su educación.

Si, además, consideramos que el nivel socioeconómico de un alumno ya era determinante para su éxito laboral futuro, el panorama es aún más desesperanzador. Por una parte, el nivel de ingresos de una familia es determinante para las condiciones en las que se desarrolla un alumno: escuela, bagaje cultural, ambiente familiar, tiempo de ocio y un largo etcétera. Todo esto contribuye a las habilidades que adquiere un estudiante a lo largo de su etapa formativa. Por otra parte, las condiciones estructurales en México refuerzan la permanencia en un nivel socioeconómico, independientemente de las habilidades individuales adquiridas. Durante esta crisis, las mismas condiciones que han causado mayores pérdidas de aprendizaje en los estudiantes, han implicado una fuerte disminución de ingresos. Así, la crisis ha pronunciado las diferencias preexistentes tanto en capital físico como en capital humano, reforzando la desigualdad preexistente.

La pandemia de covid-19 nos ha mantenido en un estado de control de daños. El debate se ha concentrado en múltiples problemas inmediatos, tratando de disminuir sus impactos en el corto plazo. Falta mucho por reflexionar y discutir; sin embargo, es un hecho que los efectos en empleo, pobreza y desigualdad tendrán una persistencia mayor a la que usualmente consideramos. Durante todo este año, la estrategia se ha tratado de poner un pie frente al otro, de resolver lo inmediato. Ahora, con el avance en el programa de vacunación es posible vislumbrar, al fin, un horizonte para esta crisis. Si bien no hay que bajar la guardia en los siguientes pasos, es buen momento para ampliar el panorama de visión más allá del túnel.

 

Arely A. García García
Estudiante de la licenciatura en economía del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).

 

Referencias

Eric Hanushek y Ludger Woessman. “The Economic Impacts of Learning Losses.” OECD Education Working Papers, 2020.

Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Encuesta para la Medición del Impacto COVID-19 en la Educación (ECOVID-ED) 2020. INEGI, abril 2021.

David Jaume y Alexander Willén. “The Long-Run Effects of Teacher Strikes: Evidence from Argentina.” Journal of Labor Economics 37, n.º 4 (octubre 2019): 1097–1139.

Robert E. Lucas, “On the Mechanics of Economic Development” en Lectures on Economic Growth, 19–62. Cambridge, MA: Harvard Univ. Press, 2004.


1 Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), “Encuesta Para La Medición Del Impacto COVID-19 En La Educación (ECOVID-ED) 2020” (INEGI, abril 2021).

2 Robert E. Lucas, “On the Mechanics of Economic Development” en Lectures on Economic Growth (Cambridge, MA: Harvard Univ. Press, 2004), pp. 19-62.

3 Eric Hanushek and Ludger Woessman, “The Economic Impacts of Learning Losses”, OECD Education Working Papers, octubre 2020.

4 David Jaume and Alexander Willén, “The Long-Run Effects of Teacher Strikes: Evidence from Argentina”, Journal of Labor Economics 37, n.º 4 (octubre 2019): pp. 1097-1139.

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Publicado en: Economía, Sociedad

Un comentario en “Pandemia y capital humano: pérdidas en el largo plazo

  1. No veo la tragedia.
    México siempre sale al final de las evaluaciones educativas de la OCDE.
    El promedio de IQ del mexicano esta por debajo de la media mundial.
    Entran y salen universitarios sin saber leer y escribir medianamente bien.
    Donde esta la tragedia?

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