En diferentes latitudes hemos visto a los bancos centrales de una multitud de países reducir sus tasas de interés (llevándolas incluso a terreno negativo), ampliar sus programas de compra de activos en gran escala, aumentar sus déficits públicos y la carga de la deuda, así como inyectar ingentes sumas de liquidez al sistema financiero. Todo lo anterior en un esfuerzo por afrontar la segunda crisis económica internacional del siglo. Una crisis inducida y agravada por la pandemia mundial de covid-19.
¿Cuál es el temor detrás de las políticas monetarias que actualmente impulsa a los bancos centrales del mundo a inyectar miles de millones de dólares, euros, libras, yenes o yuanes al sistema financiero? Si, imaginariamente, el Estado decidiese abstenerse de intervenir con sus Bancos Centrales durante el desarrollo de una crisis económica, tendríamos pronto como resultado una “crisis de confianza” de naturaleza incontrolable. En último término, esto conduciría a la temida suspensión del sistema de pagos. Cabe la pregunta, entonces, ¿por qué los bancos centrales evitan a toda costa el colapso del sistema de pagos? Tómese en cuenta que los bancos constituyen una suerte de “centros nerviosos del capitalismo”, según la expresión de Lenin, los cuales unen y relacionan todo el sistema financiero y económico. La situación se acerca al borde del precipicio cuando en el sistema dominan bancos demasiado grandes para quebrar (Meireles, 2020).
Evitar que la crisis económica se convierta en un colapso, como aconteció en la Gran Depresión de 1929: tal es el papel que están llamados a desempeñar los bancos centrales, con su sutil arsenal de herramientas monetarias. Examinemos ahora algunas claves para entender las repercusiones sociales y los objetivos de la política monetaria frente a las consecuencias económicas de la pandemia mundial.

Ilustración: Víctor Solís
Inyectando dinero en el sistema financiero
El 10 de octubre de 2008 se efectuó una reunión del G-7 en Washington. El 15 de septiembre había quebrado el gigante Lehman Brothers. Los bancos habían perdido la confianza los unos en los otros, los tipos de interés interbancarios —precio al que se prestan dinero entre sí—y el crédito se habían endurecido notablemente, expresando el incremento de las dudas sobre la solvencia financiera de las entidades.
La declaración de la reunión, recuerda Bernanke (2014: 112), presidente por entonces de la Reserva Federal, planteaba que los banqueros centrales y ministros de Hacienda de los siete países más industrializados “nos aseguraríamos de que los bancos y otras instituciones financieras tuvieran acceso a financiación por parte de los bancos centrales y a capital por parte de los gobiernos. Trabajaríamos para restablecer la confianza de los impositores y los inversores, y cooperaríamos todo lo posible para normalizar los mercados de crédito”.
A esta capacidad del Banco Central (BC) de proporcionar liquidez a corto plazo a las instituciones financieras los economistas le llaman fungir como “prestamista de última instancia”. Los BC atienden aquí a uno de sus principales objetivos legales: preservar la estabilidad financiera (no confundirse con su segundo mandato, la estabilidad económica). De esta manera se ilustra el significado de la actuación de los BC ante el impacto del coronavirus en sus respectivos países: el anuncio de inyección de liquidez de la Fed por 1.5 billones de dólares del 13 de marzo y la disminución de su tasa de interés al rango de 0 a 0.25%; el programa de compra de deuda (PEPP) por valor de 750 mil millones de euros, del Banco Central Europeo; la disposición de 800 mil millones de pesos en abril por el Banco de México como inyecciones al sistema financiero. Bloomberg Economics ha dicho que la Fed “ha actuado de forma rápida y agresiva”; sin embargo, no precisamente en beneficio de los empleos, sino “para garantizar que los principales mercados de capitales continúen funcionando sin problemas, evitando que una crisis de liquidez se convierta en una crisis de solvencia” (El Financiero 30/07/20).
Los banqueros centrales la llaman flexibilización cuantitativa. ¿Qué es lo que busca?
Una de las principales innovaciones de los BC en la política monetaria implementada en la crisis de 2008 fueron las llamadas “políticas monetarias no convencionales”, siendo las principales la flexibilización cuantitativa (o Quantitative Easing, QE), así como la política de tasas de interés negativas.
La política de QE consistió en inyectar dinero (mediante la creación de reservas en los bancos) en el sector financiero a través de la compra de bonos del Estado y de las empresas (e incluso acciones) con el fin de crear suficiente dinero en efectivo en los bancos para prestar a los hogares y las empresas y mantener los tipos de interés (el coste de los préstamos) cerca de cero (o incluso por debajo en algunos países) (Roberts, 2017). Sin embargo, en la experiencia estadounidense, la QE no condujo a una reactivación del crecimiento económico o la inversión de las empresas. Sidelsky (2020) apunta que el sistema de bombeo monetario tiene demasiadas filtraciones. Demasiado dinero termina en el sistema financiero y no el suficiente en la economía real. Cabe entonces preguntar:¿qué es lo que se busca realmente con la flexibilización cuantitativa, implementada en las economías avanzadas? Ha habido indicios desde el análisis poskeynesiano y desde la economía política, de que la QE tal vez trataba de mantener la riqueza de los rentistas (Rochon y Vallet, 2020).
En efecto, argumenta Roberts (2017), la QE lo que hizo fue impulsar una nueva burbuja especulativa en activos financieros, haciendo que los mercados de acciones y bonos batiesen una y otra vez nuevas barreras. Como resultado, los muy ricos —que son dueños de la mayor parte de estos activos, que Marx llamó “capital ficticio”— se convirtieron en mucho más ricos. Y las empresas muy grandes, en los EE. UU., se han llenado de dinero en efectivo y han duplicado su endeudamiento con préstamos con tasas de interés cercanas a cero para que pudieran recomprar sus propias acciones y aumentar el precio de sus acciones en bolsa, repartir grandes dividendos a los accionistas y el usar los fondos para comprar incluso más empresas.
De ahí que para el veterano economista Chesnais (2017), la QE se trata de un eufemismo que designa la creación de moneda que en otro tiempo se conocía como poner en marcha la “máquina de hacer billetes”, para comprar títulos de deuda. De hecho, al aumentar el precio de estos activos a largo plazo, la QE aumentó la riqueza de los tenedores de bonos (Rochon y Vallet, 2020).
Pero no hagamos demasiado caso a los economistas citados. Incluso Bloomberg Economics reconoce sobre la política monetaria actual de la Fed: “los principales indicios sugieren que está logrando sus objetivos. Las políticas están más orientadas a la estabilidad del mercado que al estímulo económico” (El Financiero 30/07/20. Énfasis agregado).
A cambio de la religiosa estabilidad de “los mercados de capitales” (¿a cuántos de nosotros no nos angustia a diario el destino de nuestras inversiones en la Bolsa?), la deuda global y por país ha alcanzado niveles exorbitantes. En México, sin embargo, no hay de qué preocuparse, pues como sostuvo la subgobernadora del Banxico, Irene Espinosa, “México no está listo para adoptar estímulos tipo Fed”, “debido a que es una economía pequeña y abierta”. ¿Significa ello que nuestros bancos padecerán, a falta de los programas de liquidez, como los de sus pares norteamericanos y europeos? Al contrario, las inyecciones de liquidez en beneficio del capital financiero y del sistema monetario basado en el dólar, no provendrán de las reservas internacionales del Banco de México, sino que corren por cuenta de la Reserva Federal y el FMI, mediante los cuales México dispone de 121 mil millones de dólares hasta 2021. Gracias a ello es que podemos citar las motivadoras palabras del director general de Banorte, “El mecanismo del Banxico nos dio liquidez a todos (los bancos) para que no estemos volteando a ver la liquidez y estemos con nuestros clientes, prestando. No pudo haber estado mejor” (El Economista, 24/04/20). ¿Cuál es la relevancia de dicha, neokeynesiana y convencional, inyección monetaria en nuestro país? La respuesta puede palparse en el contraste entre el “bienestar” de Banorte, la disminución del crédito solicitado por los consumidores y la caída de -18.9% del PIB en el segundo trimestre del año.
Ilich Emiliano Castellanos
Maestro en economía por el Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Referencias.
Meireles, M. (2020). “Estorbosos: Bancos demasiado grandes para quebrar” en nexos, Economía y Sociedad.
Bernanke, B. (2014). Mis años en la Reserva Federal, Deusto, Madrid, España.
“La economía de EU requiere de más estímulos, dice la Fed”, El Financiero, 30 de julio de 2020.
Roberts, M. (2017). “El final de la QE”, Sin Permiso.
Sidelsky, R. (2020). “La fantasía monetarista terminó”, El Economista.
Rochon, J. P. y Vallet, G. (2019). “Economía del Ave María: El modelo teórico detrás de las políticas monetarias no convencionales”. Ola Financiera, vol. 12 (No. 34) Septiembre-diciembre.
Chesnais, F. (2017). Deudas ilegítimas, Clave Intelectual, Barcelona, España.
“Medidas del Banco de México ayudaría a que bancos se dediquen a prestar: Banorte”. El Economista, 24 abril de 2020.