¿Qué pasará con la realidad aumentada?

“Entonces la vida es intolerable para mí.
¿Cómo seguiré en la tortura de vivir con Faustine y de tenerla tan lejos?
¿Dónde buscarla? Fuera de esta isla, Faustine se ha perdido con los ademanes
y con los sueños de un pasado ajeno”.
—Adolfo Bioy Casares, La invención de Morel

Magia Naturalis

Mi abuela resopla cuando le pregunto qué opina sobre la progresiva omnipresencia de la realidad aumentada. “¿Qué demonios es eso?”, protesta sosteniendo su celular frente a su cara mientras mueve la nariz para interactuar con el filtro de conejito de Facebook. “Pues lo que estás haciendo justo ahora”, le respondo. “¿Qué edad tenías cuando te enteraste de que los filtros de Facebook, Instagram, Snapchat y We Chat son de realidad aumentada?”, le digo; ella suelta una carcajada y me da un zape por respuesta.

¿Qué edad tenía usted cuando se enteró de que el tablero proyectado sobre el parabrisas del auto, las simulaciones de tornados de The Weather Channel y el juego Pokémon Go, son manifestaciones de la realidad aumentada?

Quizás estas soluciones se han incorporado a la vida de tal manera que ya no sorprenden gran cosa, se han normalizado hasta cierto punto. Los primeros experimentos que permitían incorporar visiones de artificio al entorno material seguramente impresionaron a propios y extraños, de acuerdo con la tercera ley de Clarke: Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

No debe extrañarnos que los antecedentes de la realidad aumentada (RA) se remonten a la libreta de notas de un alquimista, Giambattista Della Porta, quien en su libro Magia Naturalis (1558) enunció por primera vez las características y la forma de operación del efecto óptico hoy conocido como el fantasma de Pepper. Esta ilusión permite que una imagen tridimensional se proyecte en un entorno físico en tiempo real, fenómeno que hoy aún puede producir escalofríos en quien lo atestigua por vez primera.

Mientras observo a mi abuela asintiendo frente al celular para tomarse una foto con orejas de ratón, me pregunto (y le pregunto a usted) acerca de los alcances de la realidad aumentada, una de tantas manifestaciones tecnológicas que nos acompañan de manera cada vez más ostensible.

De acuerdo con Markets and markets, este mercado en crecimiento meteórico valdrá más de 72 billones de dólares hacia el 2024, siendo empresas como Augment, Blippar, Google, Facebook, Intel, Lenovo, Qualcomm, Magic Leap, Microsoft, Samsung, Tensor y Zugara algunas de las jugadoras destacadas en este territorio.

La realidad aumentada involucra el desarrollo de contenido tridimensional y multimedia en toda clase de ramos (médico, educativo, de entretenimiento, comercial) y la producción de equipo para interactuar con ese contenido (cascos, visores, guantes, exoesqueletos, etcétera).

Con RA se produce la línea amarilla del primero y diez en el fútbol americano, también se puede traducir un texto en tiempo real o colocar un cerdito virtual en la oficina (no sé con qué propósito útil, yo lo hice para experimentar). Por ahora sigue siendo necesaria la mediación de un dispositivo (visor, lentes, celular, tableta) para percibir el contenido aumentado, pero no pasará mucho tiempo antes de que contemplemos absortos, como Luke Skywalker y Obi-wan Kenobi, el holograma de la Princesa Leia inclinándose grácilmente para decir “tú eres mi única esperanza” sin necesidad de un visor.

Ilustración: Adrián Pérez

La espada de Damocles

En la década de los sesenta, el ingeniero Ivan Sutherland, pionero de la computación gráfica y curioso profesional, visitó la fábrica de helicópteros Bell para ser testigo de un experimento. El propósito del mismo era facilitar los aterrizajes nocturnos de los pilotos, para lo cual se pretendía colocar una cámara infrarroja en el fuselaje de la nave y enviar la señal al casco.

Las pruebas se realizaron en el techo de la fábrica y en el interior de la oficina, uno de los participantes recibía la señal registrada por la cámara. Sutherland se preguntó si sería factible realizar un experimento semejante sustituyendo las imágenes en video por imágenes digitales y no sólo eso: se hizo de algunos cacharros provenientes de la misma prueba que atestiguó y realizó su adaptación en el laboratorio.

Con la ayuda de sus estudiantes, construyó el primer casco de realidad aumentada de la historia; éste era tan pesado que debía suspenderse del techo mediante un soporte tubular, por lo cual el invento fue bautizado como La espada de Damocles. El nombre no podría ser más acertado.

Lo mismo si hablamos de aprendizaje de computadoras, que de Internet de las cosas o computación cuántica, la tecnología es ante todo conocimiento. Ese conocimiento no es en sí mismo bueno o malo, pero su materialización puede servir lo mismo para edificar una ciudad que para destruirla.

La misma aplicación de RA puede servir para enamorar a un estudiante de la tabla periódica o para distraer a un conductor que provoca un accidente de tránsito. En uno u otro caso, es un humano el sujeto responsable de la acción y del riesgo potencial.

En la novela de Bioy Casares cuyo fragmento cito como epígrafe, La invención de Morel, un fugitivo duda de su cordura frente a las imágenes fantasmagóricas que lo visitan en una isla. Su fidelidad es tal que se enamora de una de ellas —Faustine—, así el efluvio mágico que los avances de la realidad aumentada alcanzarán en breve. Su efecto puede ser extraordinario y también confuso; no perdamos de vista que toda innovación conlleva efectos indeseables.

Pienso en esto cuando suena el teléfono. Es mi abuela, que me llama desde la habitación contigua por el mensajero de Facebook. Puedo ver su cara de oso de peluche en la pantalla. Yo elijo unos bigotes de gato y unas rebanadas de pizza como orejeras. Reímos.

 

Karla Paniagua Ramírez
Coordinadora de Estudios de futuros en CENTRO. CFO en Punk. La autora agradece al equipo asesor del STEAM-Lab CENTRO por su colaboración para el desarrollo de este texto.

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Publicado en: Sociedad