Un mundo ideal

El mundo en el que vivimos —aun cuando ha alcanzado niveles sorprendentes en avances tecnológicos y científicos, en producción artística, en producción de conocimiento y en comunicación— está lejos de ser un mundo ideal. Vivimos niveles aberrantes de desigualdad, de pobreza, de violencia. Enfrentamos un cambio climático que está a punto de volverse irreversible, y formas de explotación de personas que quienes abolieron la esclavitud no habrían ni podido imaginar. Vivimos, además, en muchos mundos. Los mundos a los que pueden acceder quienes tienen la combinación de recursos necesarios, y los mundos, precarizados y violentos, en donde quienes van sumando condiciones de opresión son relegados.

Hay una expresión popular en varios idiomas sobre ver el mundo, o la vida, color rosa. Ésta se refiere a ver las cosas buenas de la vida, probablemente obviando el lado malo. En sonreír, en ser feliz, en amar y disfrutar. El mundo color rosa es una suerte de utopía.

Ilustración: Adrián Pérez

E incluso cuando el color rosa se vinculó a la feminidad y a las mujeres desde apenas hace solamente un siglo aproximadamente, actualmente se asocia casi indiscutiblemente —salvo en los esfuerzos por desarraigar los estereotipos de género— con las mujeres (en antonimia con el azul, color de hombres (sic)). El rosa evoca el encanto, la amabilidad, la ternura, la dulzura, la feminidad e incluso el romance. Y a las mujeres. Muestra de esto es la manera en que se venden los productos —más caros, por cierto— destinados a la población femenina; y también como normalmente se hace propaganda sobre el 8 de marzo, día internacional de la mujer.

¿Sería un mundo de mujeres color rosa? La postura de las feministas es que sí.

El ejercicio del 9 de marzo, insertado en el marco del 8 de marzo, es completamente opuesto a la utopía feminista. Se planteó como un paro total de mujeres en el país, como una forma de visibilizar el trabajo que desempeñan las mujeres diariamente al desaparecerlo. Una manera de que su ausencia se note, y así, con suerte (sic), aprender a valorarlas.

Sobre el paro se polemizó mucho en redes sociales y en las calles. El presidente y algunos más sugirieron que es parte de un esfuerzo de sectores conservadores por desestabilizar el país. Hay quienes llegaron al extremo de decir que hay intereses económicos y financiamientos clandestinos operando detrás de las manifestaciones de las mujeres; también llegaron al punto de abrirlo (sic) a que participaran los hombres que quisieran sin repercusiones (sic). Al paro (y aprovechando, a la demagogia de los derechos de las mujeres) se sumaron instancias gubernamentales, partidos políticos, empresas, y escuelas de todos los niveles. Más a manera de posturas institucionales que a manera de postura política, quién sabe si vaciándolo de propósito. Pero se sumaron.

El paro de labores se enmarca en dos elementos: el 8 de marzo y la rampante, desamparante y desoladora violencia que se vive contra las mujeres en México, misma que ha desatado manifestaciones continuas que además de ser sancionadísimas socialmente, no han surtido mayor efecto. El 8 de marzo es producto de la lucha del feminismo laborista, que peleó por conseguir condiciones dignas de trabajo para las mujeres que sufrían condiciones de esclavitud en espacios laborales, feminismo que sentó las bases de todos los derechos que se han ido reivindicando para las mujeres. El paro ahora alberga el ejercicio simbólico de desaparecer a las mujeres de los espacios donde trabajan, donde cuidan y donde producen valor.

Este ejercicio es valioso en la medida en que ha permeado en espacios en donde no suele hablarse de derechos humanos de las mujeres, mucho menos de erradicación de la violencia en su contra. Es valioso puesto que ha colocado el tema en el debate público. Sin embargo, lo que al mundo le falta es la participación de las mujeres, no su desaparición del espacio público.

Ahora bien, la medida en que las mujeres puedan verdaderamente ausentarse de sus actividades diarias es cruzada por una cuestión de clase, de ingresos, de condición socioeconómica y de oportunidades; ojalá la conciencia de ello permita a quienes tuvieron la oportunidad de parar de reflexionar cómo la desigualdad se exacerba y exponencia en la medida en que se acumulan condiciones de vulneración, sobre todo si se es mujer.

En ese sentido, este ejercicio nos permite también plantear cómo cambiaría el mundo si éste fuera de mujeres, y no de hombres como lo es actualmente. Pero no solamente de mujeres, sino feminista. Un mundo que no se hubiera construido patriarcalmente, a partir de la opresión de las mujeres.

Un mundo en donde imperara el feminismo no iría de alcanzar la paridad, ni de ubicar a mujeres en puestos de poder donde se ejercen violencias constantes, sino de reconfigurar por completo el orden social. Un mundo feminista no toleraría la concentración de la riqueza en unas cuantas manos cuando hay gente viviendo en niveles grotescos de pobreza, porque un mundo feminista consideraría el bienestar colectivo necesario para el bienestar individual; por lo que, por definición, no sería capitalista. El mundo feminista garantizaría educación y trabajo a todas las personas, y se preocuparía por garantizar seguridad social integral universal.

Este mundo consideraría las labores de cuidado no como femeninas, sino como comunitarias. Entendería que la separación sexual del trabajo es una dinámica de sumisión, y que el discurso que lo sustenta es ideológico y opresor. Sería uno en el que la crianza y los cuidados se compartieran en la comunidad, y no fueran mandato obligatorio de las mujeres.

Sería un mundo en el que el sexo no se construyera como un mecanismo para ejercer el poder, más seguido que no de manera violenta. Un mundo en el que por fuerza dejara de controlarse el cuerpo, la sexualidad y la capacidad reproductiva de las mujeres. También aquel en el que las relaciones afectivas no tuvieran que también ser sexuales, ni viceversa. Sería un mundo en el que la heterosexualidad no fuera obligatoria. El matrimonio, como figura jurídica, dejaría de ser un contrato mercantil en el que la mano de obra (las labores de cuidado) de las mujeres (generalmente) fueran capitalizadas y usadas por los hombres, quienes controlan el capital.

En este mundo no se comerciaría con los cuerpos de las personas, especialmente los de las mujeres, mucho menos para satisfacer un mercado que el patriarcado gesta y desarrolla. Los ámbitos laborales de un mundo feminista –que no estarían segregados por sexo ni diferenciados en percepciones de ingreso— dejarían de operar bajo una estructura piramidal en la que el poder y la concentración de ingresos se van diluyendo a manera que se baja en la escala de posiciones, diseñados de tal forma para que el trabajo de los de abajo le genere beneficios o ganancias al de arriba.

Un mundo en el que las mujeres diseñaran, y no sólo accedieran a, las instituciones se gestaría a partir del amor y no de la competencia. La prosperidad se mediría colectivamente, por lo que no habría incentivos para dejar a nadie atrás. La provisión de servicios universales sería la vara con que se mediría el bienestar de un país, y no su Producto Interno Bruto o sus relaciones comerciales.

Un mundo feminista no conocería el amor tóxico. Se fundaría en el establecimiento de relaciones horizontales, y no verticales, que nutran y construyan redes de apoyo, de comprensión, de crecimiento.

Ese mundo ideal no sería aquel en el que la sociedad se da cuenta del valor de las mujeres hasta que faltan. Ni siquiera uno donde todos los hombres hayan desaparecido. El mundo ideal es uno que se construye a partir de formas sociales feministas, de cuidado y de amor, no reducidas a ellas, sino presentes en todos los miembros de la sociedad.

Un mundo ideal feminista sería antipatriarcal, anticapitalista, antiracista, y sí, rosa.

 

Sofía Mosqueda
Internacionalista por El Colegio de San Luis y maestra en Ciencia Política por El Colegio de México. Es burócrata y consultora política.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Sociedad

Un comentario en “Un mundo ideal

Comentarios cerrados