El pasado nunca está muerto. Ni siquiera es pasado.
—William Faulkner
A mediados del siglo XX, el historiador Arnold J. Toynbee era lo más parecido que el ámbito intelectual tenía para una estrella de rock: llenaba auditorios dondequiera que iba y su colosal "Estudio de la historia" (1946) era una de las obras de ciencias sociales más leídas y comentadas de su tiempo. En su trabajo, Toynbee analizó la evolución histórica de las civilizaciones a través de una lente que vinculaba los cambios de nivel micro a macro de una manera que rara vez se había visto en estudios históricos. En parte, la pregunta central de Toynbee era "quiénes y qué factores son los que dieron forma a las civilizaciones modernas". Algunas décadas después de la muerte de Toynbee en 1975, su monumental obra pasó de moda debido en parte a críticas dirigidas a la falta de fundamentos sólidos de algunos de sus argumentos centrales.
Aun así, la mezcla de historia, antropología, mitología y psicología en el análisis de Toynbee prevalece como uno de los esfuerzos más ambiciosos cuando se trata de examinar dinámicas de tales proporciones temporales y geográficas. Y su énfasis en los individuos y minorías como semillas de cambio para civilizaciones enteras todavía hace eco en nuestros días a la hora de evaluar los procesos de cambio que han impactado no sólo a países enteros, sino también a generaciones sucesivas. De acuerdo entonces con las tesis centrales de Toynbee, la evolución y supervivencia de civilizaciones se fundamenta en cómo éstas respondían a los retos que su contexto les plantean. En ese sentido, Toynbee afirmaba que toda sociedad realiza operaciones miméticas o imitativas; sin embargo, una diferencia que separó a la sociedades primitivas (es decir, las que desaparecieron en determinados momentos históricos) y las civilizaciones modernas es la dirección de su imitación.

Ilustración: Alberto Caudillo
En las sociedades primitivas la mimesis se dirige hacia los antepasados y generaciones más viejas, reforzando así su legado o prestigio aunque a costa de generar un estancamiento en la sociedad. En cambio, en sociedades que se transformaron en civilizaciones modernas la imitación se dirige hacia personalidades o minorías creativas que dinamizan la respuesta de sus seguidores ante los retos que enfrentan para evolucionar y desarrollarse como sociedad.
En la época moderna, la construcción de los Estados-Nación echó mano de mitos y glorificación de héroes a fin de consolidar un imaginario político que pudiera fungir como pegamento de sus respectivas poblaciones. En este proceso, los fenómenos revolucionarios o de independencia fueron terreno fértil para la generación de narrativas que fundaron o consolidaron a múltiples Estados-Nación. En el caso de Estados Unidos, por ejemplo, la lucha por la independencia, la Declaración de independencia y el papel desempeñado por sus “padres fundadores” otorgó esos cimientos que unieron, aun con dificultades que prevalecen hasta la fecha, a distintos grupos políticos, étnicos y sociales.
En China, la Gran Marcha del Ejército Rojo liderada por Mao y las consecuentes batallas contra el ejército republicano catapultaron no sólo a una generación de héroes nacionales, sino a toda una narrativa de resiliencia que pavimentaría la transición de dicho país hacia el comunismo. Mientras que en México, de igual manera, Huntington (1968) enfatizó cómo la Revolución mexicana “proveyó un nuevo mito social unificador y una base de legitimidad” mientras le daba al país “una épica nacional, héroes nacionales, e ideas nacionales sobre las cuales se formularían propósitos y juzgarían resultados” (p. 317).
Si regresamos a Toynbee, estos ejemplos bien pudieran ejemplificar las respuestas dinámicas de sociedades a retos coyunturales, lideradas además por héroes que juegan el papel de minorías creativas a fin de lograr ese salto evolutivo hacia la siempre elusiva modernidad. Ya que pasa el tiempo, sin embargo, la evocación de épicas y héroes nacionales como brújula del desarrollo de naciones pueden llevarla al extremo opuesto: el estancamiento propiciado por las élites gobernantes que se encuentran con sus fuentes de creatividad agotadas.
Llega un momento en que las épicas nacionales pierden su dinamismo y, por ende, su capacidad de asimilar las nuevas coyunturas históricas. Si reducimos el alcance de civilizaciones a países, nos damos cuenta de cómo esas mismas naciones se toparon eventualmente ante un momento crítico en el que debían optar, como en un camino Y, por la propagación del pasado o por la búsqueda de nuevos horizontes y soluciones aunque con altos grados de incertidumbre.
En el caso de China, un país que se ha desarrollado tecnológica y económicamente a pasos agigantados desde finales del siglo pasado, este dilema también estuvo presente. Deng Xiaoping es ahora acreditado como el gran reformador de China, al darle esa apertura económica y tecnológica que guió a su país a donde ahora está. Sin embargo, en las décadas de 1960 y 1970, Xiaoping tuvo que superar ese estancamiento que representaba ya el comunismo de Mao Zedong, que encarcelaba a cualquiera que hablara de capitalismo y que asociaba frecuentemente la modernización tecnológica con haber tomado “la senda del capitalismo”. Si Xiaoping hubiera cedido ante la presión del pasado, en lugar de transformar a su país gradualmente hacia una economía innovadora y globalizada, se habría propagado ese modelo ineficiente de comunas agrícolas y de intervencionismo que llevó al país a hambrunas trágicas.
Un dilema similar fue el que se dio en el Estados Unidos embrionario con la figura de Alexander Hamilton, figura que ha sido recientemente revalorado colectivamente gracias a la estupenda obra de Broadway de Lin-Manuel Miranda. A finales del siglo XIX, y al ver la emergencia del Reino Unido como potencia tras la Revolución Industrial, Hamilton comenzó a reformular el modelo económico de su país para lograr esa transformación industrial, y ello desde diversas trincheras: ya fuera en los congresos constituyentes o como titular de la Tesorería en el gabinete de George Washington. Pero no tardaría en encontrarse con resistencias férreas de otros líderes ya históricos como Thomas Jefferson, quien lideraba a su vez a un grupo de terratenientes y políticos que creían que Estados Unidos debía seguir siendo un país cuya principal actividad económica fuera la agricultura. Eventualmente, la visión de Hamilton prevaleció, y el poderío de Estados Unidos a nivel global se dio en gran medida por su ascenso como potencia industrial.
Para civilizaciones y países al igual que para individuos, el recordar años anteriores con dosis de nostalgia puede llevar a pasados idealizados. Por ello, regresar al pasado puede convertirse en una actividad de alto riesgo y rendimientos bajos. High risk with low returns, como se diría en términos financieros. Más cuando se busca al pasado y sus certezas como evasión del futuro incierto. Así hemos visto a Trump negar a la ciencia y sus avances con tal de desacreditar los riesgos de la actual pandemia generada por el covid-19, al mismo tiempo que quiere restituirle la grandeza a “América” con el regreso a modelos aislacionistas. Y en México también hemos visto esa negación del futuro energético al pretender regresar a la economía del petróleo, el carbono y las altas emisiones de contaminantes, por citar un ejemplo, junto con las constantes evocaciones y comparaciones constantes a los héroes nacionales de antaño.
¿Por qué entonces seguir apostando al pasado? Ante el reciente ascenso del populismo a nivel global, se han evidenciado recurrentes evocaciones del pasado. En palabras de María Esperanza Casullo, “…la narración del pasado desempeña un papel destacado” al “dar una relación detallada de las afrentas, agravios, y en particular, traiciones que han llevado a este pueblo a su actual situación de subordinación” y al mismo tiempo “establecer la tradición histórica, política, cultural y sobre todo moral que sustenta a ese pueblo y resulta el principal recurso para su lucha histórica” (en Zavala, 2020).
Las luchas, si bien históricas, de las sociedades debieran quedarse ahí, en la historia, puesto que su constante evocación ha dado pie ya en varios países a contextos cada vez más polarizados. Y para que una civilización, país o sociedad pueda superar con éxito los retos coyunturales de su época, se debe priorizar la unión hacia proyectos de nación compartidos. Los retos que se nos presentan como sociedades siguen frente a nosotros, incluso agravados por los efectos devastadores de la pandemia. La respuesta de nuestras sociedades y nuestras civilizaciones sigue, no obstante, en vilo.
Walid Tijerina
Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de York, Inglaterra, y profesor-investigador de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
Referencias
Huntington, S. P. (1968). Political Order in Changing Societies. New Haven, CT: Yale University Press.
Toynbee, A. J. (1946). A Study of History: Abridgement of volumes I-VI. Oxford: Oxford University Press.
Zavala, J. I. (2020). “El presidente populista II”, El Financiero.
Sin duda alguna el nostálgico añora el pasado, vive en el pasado, parte de la idea que tofo pasado fue mejor. Desde este punto de vista la izquierda es nostálgica-nacionalista en un mundo globalizado. No es banal que en las universidades públicas los profesores, trabajadores y alumnos hayan votado masivamente por Obrador.