Una de arena por las que van de cal: buenos hábitos a partir de la pandemia

Alguna vez, una profesora me dijo que había que repetir una misma acción 21 días seguidos para volverla un hábito; otro tanto para volverla una costumbre. Si contamos desde el 17 de marzo de 2020, al momento que escribo esto, han pasado 445 días desde que se empezaron a tomar medidas precautorias por motivo del covid-19. Hace más de un año que las autoridades insisten en el distanciamiento social, uso de cubrebocas y lavado frecuente de manos. Uno pensaría que podría ser el tiempo suficiente para que a la mayoría se nos hicieran costumbre estas medidas. Pero la verdad es que no. Más frecuentemente de lo que quisiera admitir, tengo que volver a mi casa, después de dar dos pasos fuera, porque olvidé mi cubrebocas.

Ilustración: Patricio Betteo

Sin embargo, me he dado cuenta de que hay una medida que se ha incorporado más permanentemente a mi rutina. Al entrar y salir de un establecimiento, casi instintivamente, busco gel desinfectante para limpiar mis manos. Sospecho que esto se debe, en parte, al ritual obligatorio que ya es rutinario a la entrada a supermercados, bancos y farmacias: entrar, pararse sobre un tapete desinfectante, tomar la temperatura y, al visto bueno, tomar un poco de gel y proceder con las compras o trámites. Ahora, tener un proceso largo no es lo único que influye en la creación de un hábito. El esfuerzo conjunto de las autoridades y la coordinación de distintos establecimientos implica que pasemos por este proceso frecuentemente. Así, la repetición del protocolo y su obligatoriedad lo ha vuelto una costumbre mucho más marcada que las otras recomendaciones. Este es un buen ejemplo del efecto de las instituciones sobre el comportamiento.

Douglass North, economista e historiador estadunidense, define a las instituciones como las restricciones establecidas al comportamiento humano.1 Son, en pocas palabras, las reglas del juego que tenemos que seguir los individuos de una sociedad. De acuerdo con este autor, existen dos tipos de instituciones: las formales y las informales. Las instituciones formales son un conjunto de reglas dentro de una jerarquía normativa como las leyes, derechos de propiedad y contratos. Las instituciones informales, por su parte, comprenden las "reglas no escritas": ideologías, normas sociales y convenciones. La conjunción de estos dos tipos de entidades define en gran parte las acciones de los individuos. No obstante, a veces subestimamos el poder de las instituciones informales en los grandes resultados.

Uno de los ejemplos más claros del impacto de las instituciones informales, que se relaciona en gran medida con la situación actual, es la revolución sanitaria del siglo XIX en Inglaterra. Hacia la mitad del siglo, la esperanza de vida, que durante décadas había tenido una pequeña pero constante tendencia positiva, empezó a estancarse. ¿Por qué? Algunos autores han señalado una causa que puede parecer ligeramente contraintuitiva: el crecimiento de las ciudades.2 Es cierto que, por una parte, las ciudades impulsaban el crecimiento económico y mejoraban las condiciones de vida, lo que tenía un efecto positivo en la salud. Pero, por otra parte, las ciudades concentraban mucha más población que las áreas rurales, lo que hacía que las enfermedades se transmitieran más rápido y a más personas, lo que contrarrestaba el efecto. 

En retrospectiva, nos es posible discernir que los comportamientos cotidianos eran frecuentemente los causantes de enfermedades infecciosas. Para 1850, la higiene personal no era enfatizada como una manera de prevenir enfermedades. Más aún, escupir en el suelo —ya fuera en interior o exterior— era socialmente aceptado y no era raro tirar desechos en la fuente de agua que luego se utilizaría para consumo.3 Estas costumbres no eran diferentes entre el campo y las ciudades, pero la densidad poblacional agravaba exponencialmente sus efectos. Ahora bien, estas prácticas no respondían a alguna ley de la época, ni siquiera eran una cuestión de ingresos. Dado que no existía conocimiento epidemiológico para identificar que estas acciones iban en detrimento de la salud colectiva, la gente no tenía ninguna razón para evitarlas.

El eventual descubrimiento de que estas prácticas eran nocivas no fue suficiente para disminuir la mortalidad de las ciudades, no por sí solo. Ni siquiera las instituciones formales tenían cabida en este panorama. Una ley que castigara a todas las personas que escupieran en la calle hubiera sido poco eficiente, por no mencionar imposible de hacer cumplir. Lo que necesitaba cambiar eran las costumbres, las instituciones informales. Si bien las leyes no serían un mecanismo efectivo para este fin, esto no implica que las autoridades y organizaciones no tuvieran un papel en la solución. Organizaciones voluntarias y agencias de salud pública promovieron el nuevo conocimiento de manera accesible. En este sentido, la conciencia colectiva sólo se logró al traer la atención sobre las consecuencias de las acciones individuales sobre la transmisión de enfermedades. A medida que aumentaba el conocimiento, las costumbres cambiaron. Esta transformación de las instituciones informales, junto con nuevos descubrimientos en el área de la biología, tuvo como resultado uno de los mayores aumentos en la esperanza de vida en la historia reciente.

Normalmente, al estar fundamentadas en los hábitos de la población, las instituciones informales necesitan mucho tiempo para cambiar. Ahora, la pandemia, junto con todas sus consecuencias negativas, presenta un choque lo suficientemente fuerte para acelerar un proceso que, de otra forma, podría haber tomado décadas. La crisis sanitaria ha evidenciado el rol de las cadenas de contagio en la transmisión de enfermedades virales. A diferencia del caso anterior, esta vez no hubo un descubrimiento sobre los métodos de transmisión. Si bien el tiempo permitió comprender mejor el comportamiento de este virus en particular, lo cierto es que las propuestas de higiene y distanciamiento social no son nuevas. La narrativa de la estrategia de prevención se centró en el hecho de que estas medidas podían evitar la enfermedad en nuestros círculos cercanos. Lo importante fue resaltar que las acciones individuales tienen peso sobre el bienestar social: “Si te cuidas tú, nos cuidamos todos”.

Las medidas para prevenir la transmisión del coronavirus se instauraron, al igual que en el caso anterior, como un esfuerzo de las autoridades para lograr la conciencia colectiva. Durante un tiempo, operaron como una institución formal; sin embargo, éstas podrían dar lugar a una institución informal con repercusiones positivas. Aunque la pandemia ha tenido secuelas devastadoras para el país en cuanto a los casos de covid-19, las medidas mostraron un impacto positivo en la incidencia de enfermedades estacionales. De acuerdo con los Informes Semanales para la Vigilancia Epidemiológica de la Secretaría de Salud, las infecciones respiratorias estacionales (como el resfriado común) en la última semana de 2020 disminuyeron 63.6 % en comparación a la misma semana del año anterior.4 Similarmente, los casos de enfermedades gastrointestinales en la primera semana de septiembre, en las que la higiene y el contacto social también tienen un rol importante, disminuyeron 55.4 % respecto a 2019.5

El carácter obligatorio de las medidas que proveyeron estos resultados está desapareciendo. Difícilmente el chequeo de temperatura y los tapetes desinfectantes serán parte del ritual de entrada a los establecimientos en unos meses. Los cubrebocas ya empiezan a ser escasos entre la población vacunada. No obstante, es posible que buenos hábitos adquiridos todavía tengan impacto en los próximos años: mantener el lavado de manos frecuente y evitar el contacto físico —ya no en todo momento, pero al presentar síntomas de alguna enfermedad. Por parte de los establecimientos, algunos mantendrán el gel desinfectante junto a sus puertas; así también, restaurantes y negocios de comida que han hecho adecuaciones para hacer más accesibles que antes los lavamanos. Sería demasiado optimista esperar que todos mantengan las medidas. Aunque sólo una fracción de la población conserve las precauciones, esto podría mejorar considerablemente la situación de salud en México.

La disminución de enfermedades impacta los gastos en cuidados, la calidad de vida y, en el largo plazo, el desarrollo de un país. Los resultados de salud son testimonio de la acción colectiva de sus habitantes. En este rubro, los hábitos y costumbres de la población pueden ser más efectivos que las prohibiciones y leyes. La crisis sanitaria impuesta por el covid-19 ha tenido consecuencias catastróficas en el último año. Sin embargo, también presenta una oportunidad para acelerar el cambio en los hábitos sanitarios de la próxima década. ¿Será que podemos sacar algo bueno de una experiencia que nos ha traído tantas consecuencias negativas?

 

Arely A. García García
Estudiante de la licenciatura en economía del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE)


1 North, D. C. “An Introduction to Institutions and Institutional Change.” en Institutions, Institutional Change and Economic Performance, 3-10. Political Economy of Institutions and Decisions. Cambridge University Press, Cambridge, 1990.

2 Fogel, R. W. "Economic Growth, Population Theory, and Physiology: The Bearing of Long-Term Processes on the Making of Economic Policy." The American Economic Review 84, núm. 3, 1994, pp. 369-395.

3 Easterlin, R. A. "How Beneficent Is the Market? A Look at the Modern History of Mortality." European Review of Economic History 3, núm. 3, 1999, pp. 257-294.

4 Dirección General de Epidemiología, “Semana Epidemiológica 53” en Informes Semanales para la Vigilancia Epidemiológica de Infecciones Respiratorias Agudas 2020. Secretaría de Salud. 15 de enero de 2021.

5 Dirección General de Epidemiología, “Semana Epidemiológica 36” en Informes Semanales para la Vigilancia Epidemiológica de Enfermedades Diarreicas Agudas 2020. Secretaría de Salud. 15 de enero de 2021.

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Publicado en: Sociedad