El tema de la violencia de género ha retomado fuerza en los últimos meses, después de muchos años en que perdió su relevancia en la discusión pública, a pesar de su importancia. Uno de los momentos cumbre de la discusión en años previos fue el agravamiento de los homicidios contra mujeres en el municipio de Ciudad Juárez, pero esa discusión se dio antes de otra que también ha atraído atención: el aumento de los homicidios en México a partir de 2007, un año después de la declaración de la guerra contra las drogas del entonces presidente Felipe Calderón.

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A partir de este hecho, en la guerra cultural que se ha emprendido por parte de algunos sectores de hombres y mujeres en redes sociales, se ha argumentado que los hombres sufren la mayor parte de la violencia homicida, sobre todo enfatizando los casos de la violencia en contextos de guerra. Aunque la proporción es mayor, lo que hay que preguntarse es precisamente por qué es mayor entre hombres que en mujeres. La serie de memes “…pero no es un problema de género, por ejemplo, carece de nociones básicas sobre cómo el género diferencia las formas de violencia entre hombres y mujeres, y cómo esas mismas pueden causar otras formas de violencia. Como bien escribe Estefanía Vela, este tipo de argumento busca siempre subestimar la importancia de la violencia hacia las mujeres y no cuestiona los roles de género masculinos en la violencia.

Hay que hacer dos consideraciones para explicar por qué hay diferencias de género en el homicidio, pero también para contextualizarlas en los mismos roles de género. Por un lado, podemos decir que México ha vivido una guerra criminal, y con ello retomo los principios teóricos de la literatura de guerras civiles.1 Por otro lado, efectivamente, las guerras son peleadas por hombres por un rol de género antiquísimo: el hombre guerrero. Éste es un gendered job, es decir, un empleo definido por los roles de género tradicionales. Los hombres guerreros como gendered job2 no sólo tienen una función de pelear guerras, también adquieren una jerarquía social por ser quienes pelean las guerras. Desde las guerras más antiguas hasta la formalización de los ejércitos en el siglo XV, las sociedades premian a los militares con poder político y social.3 Es decir, morir en la guerra implica un honor y sobrevivirla implica escalar en la jerarquía. O, en el caso de una guerra criminal, los criminales, policías y soldados que sobreviven subirán en la jerarquía de sus respectivas organizaciones. Entonces, resulta extraño que se objete que los hombres mueren más en guerras mientras no se objeta el terrible hecho de que hay guerras violentas y que éstas se recompensan como forma de organización jerárquica masculina.

Desde una perspectiva de las mujeres, las guerras, aunque preeminentemente masculinas, también incorporan mujeres en la medida que el reclutamiento de hombres no sea suficiente, pero con recelos que descansan en las percepciones socialmente construidas que las mujeres no son violentas, valerosas y capaces físicamente de desempeñarse en el campo de batalla. Es decir, los recelos (uno de ellos, la objeción de que algunas mujeres no tienen físico para el combate, aunque algunas sí lo tengan) son superados en función de la utilidad que le puedan dar a las mujeres los comandantes de guerra. Aunque en los últimos años los ejércitos de varios países han permitido el enrolamiento femenino, justo en el desempeño de su función las mujeres militares han sido objeto de la desconfianza de sus pares hombres. En ese sentido, como escribe Hortensia Moreno, las mujeres que no son requeridas son llevadas al rol de cuidadoras del hogar abandonado por el hombre o terminan como botín de guerra, sin mencionar otros roles en el mercado de las drogas como las “mulas”, o las mujeres que cuidan cultivos ilegales o aquellas que asisten médicamente a los combatientes.4

Aunque en los últimos años la proporción de homicidios en la guerra contra el narco son mayormente de hombres no implica que no hayan aumentado los homicidios contra mujeres. En las siguientes gráficas se puede notar que los homicidios contra mujeres aumentaron también por este conflicto armado. De hecho, este incremento de los homicidios revirtió la expectativa de vida de los hombres en México y detuvo el crecimiento de la expectativa de vida para las mujeres de este país.5 Es decir, aunque hay diferencias importantes, la guerra contra el narco también ha afectado terriblemente a las mujeres mexicanas.

Gráfica 1

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Gráfica 2

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Las explicaciones de este aumento están por ser exploradas. Hay cuatro hipótesis que podemos delinear. En primer lugar, el ambiente de desproporcionada impunidad y de violencia generalizada de la guerra contra el narcotráfico pueden haber potenciado las oportunidades para el feminicidio que ya había en México. En segundo lugar, las mujeres que han muerto en la guerra contra el narco podrían haber sido víctimas como resultado de usar sus cuerpos como arma de guerra entre organizaciones criminales.6 En tercer lugar, como mencioné arriba, hay posibilidad de que las mujeres que murieron en estos años hayan sido parte de las pocas incorporadas a las organizaciones criminales en roles que no les son tradicionales. En cuarto y último lugar, pueden coexistir las condiciones de vulnerabilidad de las mujeres que tradicionalmente explican el feminicidio con las condiciones de la guerra contra el narcotráfico. En sociología del crimen se argumenta que ciertas dinámicas de urbanización aumentan la posibilidad del homicidio. En ese sentido, Valdivia y Castro sostienen que la desorganización producida por la urbanización explica en mayor medida el homicidio de mujeres que la guerra contra el narco.7 Sin embargo, como documento en mi tesis de maestría, la urbanización y el desarrollo industrial pueden coexistir y exacerbar la violencia relacionada con la guerra contra el narcotráfico. Definitivamente hay mucho que explorar en este campo.

Retomando la idea de que México vive una guerra criminal, el homicidio no es la única faceta de la violencia en las guerras, también la violencia sexual forma parte integral de ellas. En los contextos de guerra, las violaciones de mujeres han sido consideradas como delitos de guerra. La literatura ha discutido el uso instrumental de las violaciones contra mujeres en guerras como mecanismos de dominación y castigos colectivos de hombres soldados contra los hombres de las comunidades donde las mujeres son violadas, bajo la idea patriarcal de que violar a las mujeres de una comunidad es una deshorna contra los hombres de la misma.8

En ese sentido, ¿ha cambiado el fenómeno de la violencia sexual contra mujeres en México a partir de la guerra contra las drogas? En las siguientes dos gráficas se pueden ver los datos de incidencia por violación en México. En la primera se puede ver que la incidencia por violación ha aumentado en los últimos años. En la segunda se puede ver que incluso hubo más violaciones que homicidios en algunos años, pero que cuando aumentaron los homicidios en general, también aumentaron las violaciones sexuales. La violación es un fenómeno sumamente complejo;9 entonces, atribuir las violaciones en estos años a la guerra contra el narco es muy complicado, pero valdría la pena explorar casos específicos de violación en este contexto. En los expedientes de las violaciones graves a derechos humanos de los últimos años hay varios casos documentados de violaciones sexuales contra mujeres.10 Como dice Terra Stanley, los datos sobre violencia sexual en México son poco confiables porque hay pocas denuncias y alta impunidad, pero al menos podemos aproximarnos al fenómeno con los mismos.11

Gráfica 3

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Gráfica 4

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En un campo más de la relación entre la guerra contra las drogas y la violencia contra las mujeres, Carrillo encontró que, a partir del inicio de la guerra contra el narcotráfico, aumentó el número de mujeres presas por delitos contra la salud en México.12 La consecuencia desafortunada no sólo es el aprisionamiento de más mujeres en el país, también el costo económico social que sufren las mujeres que cuidan familiares presos.13

La investigación sobre el aumento de la violencia en México también debería enfocarse en el rol de las mujeres como víctimas, así como de la posibilidad que haya mujeres reclutadas en las organizaciones criminales. Asimismo, como en otros estudios en la literatura de guerras civiles se señalado, hace falta desentrañar cómo las mujeres en este país cargan sus familias y comunidades ante el abandono de los hombres, un abandono que solía ser exclusivamente por razones migratorias y que ahora es por el desplazamiento forzado interno, la violencia generalizada o el reclutamiento criminal. Finalmente, vale la pena preguntar: ¿hay diferencias de género en las desapariciones, los desplazamientos forzados y las víctimas de otros fenómenos? Es una agenda pendiente.

Sirva esta primera aproximación a la información sobre la violencia en México para decir dos cosas. Primero: la violencia sí es un asunto de género, tanto para hombres como para mujeres, en los mismos planos como son la guerra contra el narco o la violencia interpersonal. Por eso hay que entender a la guerra contra el narco desde la perspectiva de género y todas sus implicaciones, más allá de sólo usarla para minimizar discursivamente la violencia contra las mujeres. Segundo: la violencia en nuestras sociedades tiene componentes machistas, no sólo con respecto a quiénes la sufren, también con respecto a cómo se usa como mecanismo de honor, jerarquía o dominación. Ignorar la complejidad misma del uso de la violencia no sólo obscurece el entendimiento del problema, también es otro intento de invisibilización de la situación de vulnerabilidad que viven muchas mujeres de manera cotidiana.

Raúl Zepeda Gil es maestro en Ciencia Política por El Colegio de México.


1 Kalyvas, Stathis N. (2015), “How Civil Wars Help Explain Organized Crime – and How They Do Not”, Journal of Conflict Resolution, vol. 5, no. 8, pp. 1517-1540.
2 Acker, Joan. (1990), “Hierarchies, jobs, bodies: A Theory of Gendered Organizations”, Gender & Society, vol. 4, no. 2, pp. 1390-158.
3 Huntington, Samuel (1957). The Soldier and the State: The Theory and Politics of Civil-Military Relations. New York, Belknap Press, capítulo II.
4 Moreno, Hortensia (2002), “Guerra y género”, Debate Feminista, vol. 25, pp. 73-114.
5 Aburto, José Manuel; Hiram Beltrán-Sánchez; Víctor Manuel García-Guerrero y Vladimir Canudas-Romo (2016), “Homicides In Mexico Reversed Life Expectancy Gains For Men And Slowed Them For Women, 2000-10”, Health Affairs, 35(1), 2016, pp. 88-95.
6 Esta idea puede relacionarse con la violación como arma de guerra, consultar a Franco, Jean (2008), “La violación, un arma de guerra”, Debate Feminista, vol. 37, pp. 16-33.
7 Valdivia, Marcos y Roberto Castro (2013), “Gender bias in the convergence dynamics of the regional homicide rates in Mexico”, Applied Geography, vol. 45, pp. 280-291.
8 Zurbrigge, Eileen, L. (2010), “Rape, War, And The Socialization of Masculinity: Why Our Refusal to Give Up War Ensures that Rape Cannot be Eradicated”, Psychology of Women Quarterly, no. 34, pp. 538-549.
9 Vale la pena revisar la tesis de Terra Stanley (2015) Las denuncias por violación sexual en México: Un análisis desde una perspectiva de políticas de desarrollo y desorganización social, Tesis de maestría, El Colegio de México.
10 Juárez Rodríguez, Javier (2014). “Las mujeres como objeto sexual y arma de guerra en espacios de conflicto armado de México y Colombia y el papel de los medios de comunicación”, Historia y Comunicación Social, vol. 19, pp. 249-268.
11 Stanley, íbid.
12 Carrillo Hernández, Edith (2012), “¿Vinculadas al narco? Mujeres presas por delitos contra la salud”, Desacatos, núm. 38, pp. 61-72.
13 Pérez Correa, Catalina (2014), Las mujeres invisibles: Los verdaderos costos de la prisión, México, Banco Interamericano de Desarrollo.



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