Cómo manejar recursos escasos y bienes públicos globales, como el clima, suele pensarse en algunos círculos como algo en estricta oposición al crecimiento económico. En esa lógica, las necesidades materiales de las sociedades están en conflicto permanente con el medio ambiente. Esta noción es imprecisa, se puede crecer y se puede manejar mejor los recursos naturales; de tal manera, el Premio Nobel de Economía 2018 para Paul M. Romer y William D. Nordhaus premia contribuciones que muestran que no son objetivos excluyentes.

El crecimiento económico es uno de los grandes misterios de la economía. “¿Qué hace que la economía de un país crezca más rápido que la de otro?” es una pregunta difícil de responder, que depende de contextos específicos, de sucesos históricos, de políticas públicas y muchas cosas que posiblemente no sabemos. En la larga trayectoria de las sociedades humanas el crecimiento económico ha sido muy bajo, tasas menores al 1 por ciento anual per cápita son la norma desde el mundo antiguo hasta el arranque de la Revolución industrial. En sociedades esencialmente estancadas en sus niveles de vida, el crecimiento nunca fue una pregunta relevante. Después de la Revolución industrial es una historia muy distinta, la gran divergencia, el despegue de algunos países en la economía atlántica y el estancamiento del resto del mundo volvieron al crecimiento económico una pregunta que es relevante.

Para resolver esta pregunta durante la primera mitad del siglo XX muchos economistas comenzaron a formular modelos de crecimiento, los modelos Lewis y Rostow por ejemplo, que ven el crecimiento como un asunto de acumulación de capital: mientras la economía ahorre y acumule capital en el tiempo, ésta crecerá y se moverá de sectores menos avanzados como “la agricultura” a más sofisticados como la “industria”. Estos modelos fueron con el tiempo modificados y mejorados por economistas como Kaldor, Ramsey, Cass, Koopmans, Harrod y Domar

Esta nueva generación de modelos de crecimiento buscaba contestar una pregunta más complicada: ¿el crecimiento puede ser sostenido en el tiempo? Sin embargo, no eran muy diferentes de los modelos anteriores salvo que se diferencian entre sí por el tratamiento que hacen del ahorro; modelos como el de Harrod y Domar consideran al ahorro como exógeno al modelo (lo toman como dado), mientras que otros, como el de Ramsey-Cass-Koopmans, como endógeno al modelo (el modelo determina el nivel de ahorro).

Ilustración Patricio Betteo

Eventualmente, el modelo de Robert Solow, ganador del Nobel en 1987 y de Trevor Swan, mejor conocido como el modelo de crecimiento neoclásico o modelo AK, surgió. Este modelo sería el dominante por mucho tiempo. Solow y Swan trataban de explicar el crecimiento y descubrieron que la acumulación de capital explicaba muy poco del mismo: la mayoría era un residuo, que eventualmente fue bautizado el residuo de Solow, o progreso técnico. No obstante, no es más que un nombre para nuestra ignorancia: el residuo es todo aquello que no podemos explicar del crecimiento y que se le atribuye al progreso técnico. La mayor predicción de este modelo era la convergencia económica absoluta entre los países, los países pobres deberían crecer a tasas más grandes que los ricos, pues estos países tienen mayor escasez de capital y, por lo tanto, los retornos al mismo deben ser mayores.

El problema con estos modelos de crecimiento exógeno es que la hipótesis de la convergencia no encaja con los datos, la convergencia absoluta no se observa y en su lugar se ven convergencias condicionales o convergencias de clubes —por ejemplo, entre los países de la OCDE. Paul M. Romer notó esta discrepancia entre la teoría y los datos y las combinó con las ideas de Kenneth Arrow (otro ganador del premio en 1972) sobre el capital humano y las externalidades del conocimiento, con el modelo de Solow y Swan; con ello, propuso un nuevo tipo de modelo para explicar lo que sucedía en la economía global, el modelo de crecimiento endógeno.

Estos modelos buscaban explicar el residuo de Solow a través de la introducción del capital humano a la función de producción. En estos modelos el cambio tecnológico es producto de decisiones de inversión, inversiones en educación, salud o infraestructura, por ejemplo. Romer introdujo las externalidades del capital a la teoría del crecimiento permitiendo que los factores de producción tuvieran retornos crecientes de escala (el producto incrementa más que el incremento en los factores). El principal resultado del modelo de Romer es que el crecimiento económico depende del aumento de la productividad, ésta, a su vez, del nivel del progreso técnico y este otro a su vez del nivel de capital humano en la economía. Los países con mayor cantidad de capital humano deberían crecer más rápido, el conocimiento, por tanto, permite mayor crecimiento.

Lo que el modelo de crecimiento endógeno de Romer nos enseña es que es posible crecer explotando nuestro conocimiento, la innovación, incentivando las actividades de investigación y desarrollo, no necesariamente con una mayor explotación de recursos naturales. Sin un gobierno que invierta en ello, que subsidie la investigación (un bien público), en la infraestructura, el mercado por sí mismo no va a producir el crecimiento económico. Esto nos conecta con el otro galardonado este año, William D. Nordhaus.

Las contribuciones de Nordhaus son esenciales en nuestra realidad actual. Hoy mismo por la madrugada el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) dio a conocer un nuevo estudio en el que concluyen que si deseamos que la temperatura incremente menos de 2 grados para el fin del siglo, tenemos apenas una década para lograrlo y vamos por mal camino. Al ritmo actual el incremento a fin de siglo será de 3 o 4 grados. Para lograrlo, se necesita que para 2050 entre el 75 y 85 por ciento de toda la energía sea limpia y los combustibles fósiles prácticamente estén en desuso.

Nordhaus es el pionero de la economía del medio ambiente: de la contabilidad verde, de tomar en cuenta la depreciación del medio ambiente dentro de nuestros cálculos económicos. Nordhaus introdujo a los modelos de crecimiento las externalidades negativas que la explotación de recursos naturales tienen y que deben ser deducidas del PIB de un país. Con este propósito Nordhaus desarrolló modelos que integran las dinámicas económicas con el clima y permiten estudiar los resultados de diferentes políticas públicas sobre el cambio climático, quizá la más famosa de éstas está en torno a la implementación de los impuestos al carbono.

Si deseamos evitar la catástrofe que el calentamiento global puede traer sobre el mundo, sobre todo para los más pobres, es un buen momento para hacer caso de las investigaciones que William Nordhaus ha realizado por décadas. Crecer menos no es la solución; sin crecimiento es virtualmente imposible que se reduzcan los niveles de pobreza en el mundo y, al mismo tiempo, tenemos que encontrar la forma de que ese crecimiento esté alineado con los objetivos que tenemos respecto al cambio climático.

El trabajo de los dos galardonados ofrece esperanza en este sentido. Nordhaus ha modelado de forma exhaustiva distintos caminos para lograr la disminución de CO2 necesaria para evitar el incremento en las temperaturas, encontrando distintas combinaciones que maximicen bienestar y al mismo tiempo minimicen CO2, esto requiere impuestos elevados al carbono. Igual de importante a esto, Nordhaus ha demostrado que estas medidas no traen consigo grandes costos en términos de crecimiento. Por otro lado, Romer ha mostrado que el crecimiento es producto de la innovación, de la acumulación de capital humano y las mejoras de productividad que éstas implican: en suma, podemos crecer sin usar de forma exhaustiva los recursos naturales.

En el pasado las revoluciones industriales partieron de crisis energéticas: el carbón fue la respuesta a la sobreexplotación de la madera y su incremento en costos en Inglaterra y, con ello, se disparó la Primera Revolución industrial. Los elevados costos asociados al carbón en la producción de metales incentivaron el desarrollo de la energía eléctrica y del petróleo como fuentes de energía en la industria y con ello llegó la Segunda Revolución industrial. En la Tercera Revolución industrial continuamos perfeccionando el uso de combustibles fósiles. Los impuestos al carbono, hacer esas fuentes de energía más caras, quizá sean los incentivos necesarios para generar una nueva revolución industrial, sostenida en energías limpias y con ellas nuevo progreso técnico, innovación y, por ende, crecimiento. Los trabajos de Romer y Nordhaus nos ofrecen una oportunidad para pensar en dos de los grandes problemas que enfrentamos hoy en día: ¿cómo crecer más para combatir la pobreza en el mundo y cómo hacerlo de forma amigable con el medio ambiente?

 

Diego Castañeda
Economista por la University of London.



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