Hay temblores verdaderamente catastróficos para la humanidad que no nacen del inconveniente roce de placas tectónicas. Por ejemplo, la quiebra de un banco en específico, dada la amplia y compleja red de operaciones que entrelazan las instituciones financieras entre sí, puede arrastrar para el mismísimo agujero a otras casas bancarias. El mercado de acciones tampoco queda inmune ante una crisis generalizada del sistema bancario. Y menos la llamada “economía real” se salva. Es de esa forma que dolorosamente se ve cómo el sector financiero en crisis no es asunto aislado de los etéreos círculos de las altas finanzas. Por el contrario, una crisis bancaria seria es tema por demás terrenal y de muchísimo interés para la ciudadanía como un todo: bancos que caen, empresas productivas que se desmoronan y empleos que se evaporan. Ése es el circuito del martirio que sigue a una quiebra bancaria. Cualquier superviviente de una crisis financiera sabe que las heridas infligidas por una depresión económica no son sólo de lenta cicatrización –o incluso incurables por generaciones–, sino que suelen ser más profundas y masivas que los terremotos que intermitentemente achacan a los alrededores de la falla de San Andrés.

La sabia máxima “cuanto mayor es el orgullo, mayor es la caída”, puede, en asuntos de economía financiera, perfectamente ser parafraseada como “cuanto mayor es el banco, mayor es la caída”. Aun en el campo de la economía financiera, vale mencionar que no se trata exclusivamente de una cuestión de “tamaño” (por favor, sin albur), ya que bancos medianos o chicos que gozan de intensa conectividad con sus pares, en momentos de dificultades financieras, consiguen hacer estragos igualmente importantes al sistema económico como un todo. Pero, que no quede sombra de duda, estorboso, pero estorboso de verdad, es el momento cuando uno de esos bancos gigantescos —un megabanco con mayúsculas en el MEGA— está en aprietos, porque ahí sí, ante su caída, la tierra tiembla de a de veras.

Ilustración: Víctor Solís

Ahora, para entender cómo se fortalecieron esos megabancos, debemos entrar en el tema de cómo fue percibida la reconfiguración del sector bancario en el marco de la financiarización, y de forma concomitante la desregulación financiera (Dymski, 2011). Un primer paso es darnos cuenta de que hubo una onda masiva de fusiones y consolidaciones bancarias, que se justificarían, en el discurso oficial, para garantizar “mercados financieros eficientes” (sic). Sin embargo, justamente siguiendo una lectura de tintes más heterodoxos, en lugar de un sector financiero “más eficiente”, se revela que con los megabancos hay el imperio de la lógica de un áspero juego competitivo que poco tiene que ver con la mejoría y/o extensión generalizada de los servicios bancarios para la población. En breve, banco grande no es banco bueno. Banco grande, en su luchita diaria por ganar más poder de mercado y seguir con la cabeza afuera del agua en ese mar de competencia oligopolística, incurre en operaciones cada vez más y más riesgosas, pues ésas son las que le van a dejar mayor y mayor rentabilidad. “Gigantes con los pies de barro”, diría algún economista con inclinaciones de sádico poeta.

La mejor representación de megabancos son las instituciones demasiado grandes para quebrar, o, mejor dicho, “bancos demasiado grandes para que se les deje quebrar”. ¿Qué significa eso? Pues, justamente pensando en el sentido de que su solidez, en términos de solvencia y liquidez, debería ser garantizada por el Estado en aras de que su potencial quiebra no venga a desestabilizar el sistema económico nacional. Es así que se justifica que el Banco Central funja como prestamista de última instancia, inyectando liquidez para intentar asegurar que quiebras bancarias singulares no se conviertan en crisis financieras de mayores proporciones o incluso en crisis económicas mayúsculas. Ese es un tema que también genera enorme controversia en el debate económico.

Los liberales a ultranza, de ésos que realmente se marean ante el tipo de cualquier práctica de intervención estatal en la economía, entienden que la injerencia del gobierno en estos temas fuerza al mercado a operar en un punto de equilibrio alejado al “óptimo” y con instituciones financieras “poco eficientes” que deberían haber sido definitivamente extintas, y no bondadosamente rescatadas, tras su bancarrota. Sin embargo, el abordaje teórico heterodoxo que defiende que el Banco Central opere como prestamista de última instancia entiende que estimular la fortaleza del sistema bancario nacional con fondos públicos para el rescate de un banco en crisis, de forma absolutamente transparente y creando mecanismos que garanticen que la capitalización del banco privado con recursos públicos no sea nada más la palanca para la futura privatización de la institución entre los empresarios-cuates, refleja la preocupación en aminorar los efectos negativos que esa singular quiebra bancaria pudiera tener en los niveles inversión, producción, empleo e ingreso. En ese tipo de lectura, la posibilidad de rescate bancario viene siempre acompañada de la recomendación del fortalecimiento de la regulación y supervisión de las operaciones de los grandes bancos, para evitar que “se pasen de listos” y se embadurnen en negocios súper arriesgados a sabiendas de que el gobierno no los dejará hundirse.

De hecho, para algunos de esos bancos, dada su magnitud, importancia y extensión de conexiones con otros agentes económicos a nivel internacional, ante un episodio de quiebra el desplome se arrastraría sobre todo el sistema, comprometiendo la estabilidad misma del sistema financiero nacional o incluso global. En un vocabulario un poquito más institucional, y con una metodología más específica para determinar cuáles serían esos megabancos globales, el Financial Stability Board (FSB) –en conjunto con el Comité de Supervisión Bancaria de Basilea (BCBS) y las autoridades nacionales– identifica anualmente, desde 2011, a los “Bancos Global y Sistémicamente Importantes” (G-SIBs, las siglas en inglés de Global Systemically Important Banks). Para 2017, en esa temible lista figuraban: JP Morgan Chase, Bank of America, Citigroup, Deutsche Bank,  HSBC, Bank of China, Barclays, BNP Paribas, China Construction Bank, Goldman Sachs, Industrial and Commercial Bank of China Limited, Mitsubishi UFJ FG, Wells Fargo, Agricultural Bank of China, Bank of New York Mellon, Credit Suisse Groupe, Crédit Agricole, ING Bank, Mizuho FG, Morgan Stanley,  Nordea, Royal Bank of Canada, Royal Bank of Scotland,  Santander, Société Générale, Standard Chartered, State Street, Sumitomo Mitsui FG, UBS, y Unicredit Group. Con esos megabancos globales se reedita una disyuntiva que fue el fantasma responsable por el insomnio de generaciones tras generaciones de economistas heterodoxos: las operaciones con capitales transfronterizos de esa banca son la expresión máxima de la dimensión mundial de la circulación del capital mientras que el radio de acción para la regulación impositiva y el manejo del presupuesto fiscal para garantizar que el Banco Central cumpla su rol como prestamista de última instancia está circunscripta al nivel nacional. ¡Vaya callejón sin salida!

Pero los problemas que pululan con el auge de los megabancos globales no se acaban por ahí. No, no, no. No solo los bancos se convirtieron en entidades demasiado grandes para quebrar en ese proceso de creciente concentración y centralización del capital bancario, también en esa trayectoria hubo cambios significativos en la forma de operar y en el modelo de negocios de la gran banca. Sintetizamos en cuatro puntos los cambios en la en las rutinas institucionales que se dieron de la época de las finanzas reguladas a la era de los megabancos: a) que la lógica del demasiado grande para quebrar ha estimulado la toma de crecientes riesgos por parte de los mayores bancos; b) la capilaridad de la transferencia de riesgo a través de la banca sombra ensancha los flancos por los cuales se incrementa la fragilidad financiera de las empresas bancarias; c) hay menor tránsito de la información gerencial entre administración local y central de las grandes compañías bancarias sobre la calidad de las operaciones que el banco está ejecutando en su día a día; y d) el ingreso del sector bancario es crecientemente más dependiente de las comisiones obtenidas por la compra-venta de posiciones con recursos de terceros que a través del diferencial entre la tasa de interés pasiva y activa (Comert et al, 2016: 11-12).

Esas transformaciones lanzan nuevos y continuos desafíos para el marco regulatorio de la actividad bancaria contemporánea. Sabemos que entre los efectos de la gran crisis de 2007-2008 está el mayor esfuerzo de las autoridades en monitorear a los bancos más de cerca. En el plano internacional, el Comité de Basilea, huésped preferencial en los parajes suizas del Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés), que es compuesto por 45 miembros de 28 jurisdicciones distintas, en su mayor parte banqueros centrales de países miembro y autoridades responsables de la supervisión bancaria en sus países de origen, en su informe económico anual (BIS, 2018: 32) subraya que, a partir de diciembre de 2017, ya vamos llegando a la fase final del nuevo esfuerzo regulatorio, aclarando que con Basilea III se buscó estandarizar la metodología de evaluación de riesgo crediticio y fortalecer la solidez operacional de los bancos con mayores requerimientos de capital. Sin embargo, en el marco de la incesante innovación tecnológica y contractual que catapultan a los cielos la posibilidad de nuevos productos financieros ofertados por los grandes bancos globales, el binomio supervisión-regulación, una vez más, queda a dos pasos atrás – “dos” si bien nos va – de las prácticas de los grandes bancos. Un tango horrendamente disfuncional, sin cualquier sincronía, pues cuando un bailarín va acelerado, el otro se desparrama lentamente por el salón. Eso sin tocar en el doloroso punto de que aquí topamos nuevamente con la misma piedra: avances en la regulación “sugerida” a nivel internacional, pero en descompaso con la legislación impositiva nacional adoptada por cada país. Otra vez, ¡vaya callejón sin salida!

Para dar una forma aún menos etérea a la discusión que aquí presentamos, miremos más de cerca a seis instituciones financieras demasiado grandes para quebrar organizándolas en el cuadro 1 por el valor de sus activos registrados en Estados Unidos: 1) JP Morgan Chase; 2) Bank of América; 3) Wells Fargo; 4) Citigroup; 5) Goldman Sachs; y 6) Morgan Stanley, entre los cuales encontramos un pout-pourri de tipos de figura jurídica, como financial holding companies, bancos múltiples, bancos comerciales y bancos de inversión.

Cuadro 1

Estados Unidos: las seis instituciones financieras más grandes

Diciembre de 2018

Número

Banco

Activos (en miles de dólares)

Porcentaje del PIB

1

JP Morgan Chase

$2,622,532,000

12.80%

2

Bank of America

$2,354,980,000

11.49%

3

Citigroup

$1,917,383,000

9.36%

4

Wells Fargo

$1,895,883,000

9.25%

5

Goldman Sachs

$931,798,000

4.55%

6

Morgan Stanley

$853,531,000

4.16%

Fuente: elaboración propia con datos de National Information Center (2019), Large Holding Companies.

Fue gracias a una progresiva y masiva ola de fusiones que se dio la constitución de esos bancos gigantescos, por ejemplo: a) JP Morgan Chase & Co nació en 2000, después de la fusión de Chase Manhattan Corporation y J.P. Morgan & Co, y fue el banco que, en 2008, en plena crisis, absorbió a Bear Stearns con ayuda del gobierno norteamericano; b) Bank of America se reinventó cuando, en 1998, se fusionó con Nations Bank of Charlotte; c) Citygroup surge en 1998, de la fusión de Citicorp y Travelers Group; d) Wells Fargo & Company nace de la consolidación entre Northwest Corporation y Wells Fargo, también en 1998 (Meireles y Santiago, 2017). Si en el pasado reciente veíamos que eran predominantemente la dinámica de los grandes bancos fusionándose con otros grandes bancos la que imperaba, ahora son los bancos medianos que andan contrayendo matrimonio entre sí. Ejemplo de eso es el anuncio, el día 7 de febrero de este año, de la fusión de BB&T con SunTrust, conformando el sexto mayor banco comercial minorista – ojo que en nuestro cuadro 1 el ranking por tamaño de activos está considerando bancos comerciales y de inversión– de aquel país (The Economist, 2019). Puede parecer menos relevante que las fusiones de antaño, pero se trata de la mayor fusión bancaria en una década, en el decenio marcado por el estancamiento de la economía mundial tras la crisis de 2007-2008. Además, nuevas fusiones de esa escala y con otros agentes no-típicos están en plena marcha, véase la reciente adquisición de BAC Florida por parte del brasileño Bradesco (G1, 2019).

No es un dato menor mencionar que la motivación que ha impulsado a la ola de fusiones no fue detonada para que se logre “un arreglo en el cual la predominancia de los grandes bancos se daría para la obtención de una reducción de los costos de la intermediación bancaria y beneficio del consumidor de esos servicios”, como reza la ortodoxia económica. Más bien ella fue la expresión de movimientos típicos de la competencia oligopólica ahora aplicada sin mayores filtros a la actividad bancaria, donde la compra de un banco por otro atiende, básicamente, a dos fines que no son mutuamente excluyentes entre sí: a) el de ampliar la base de los consumidores y concomitantemente la participación en el mercado al absorber la cartera de clientes del banco incorporado; y b) el de mantener la posición en el mercado local y evitar así la entrada de otro competidor en ése, lo que en la literatura económica se conoce como fusiones defensivas (Dymski, 1999).

Finalmente, quisiéramos reforzar la idea de que la regulación y la supervisión que recae sobre esos megabancos es cada vez más compleja y menos eficaz, una vez que las recomendaciones tradicionales de aumento en los requerimientos del capital, calculados por “tests de estrés” basados en la “fotografía del pasado” –que es lo que se representa en un balance contable. Es necesario que se piense, más que nada, en formas de limitar que las entidades financieras crezcan tanto y dominen segmentos tan descomunales del mercado en el que operan. En ese sentido, Mastromatteo y Esposito (2016), inspirados en las enseñanzas de Hyman Minsky, son categóricos al afirmar que la mejor solución posible para la construcción de un entorno financiero más estable es imponer una restricción al tamaño de los grandes bancos. En su propuesta, los autores brindan una mirada más atenta a la regulación basada en restringir el tamaño, la concentración bancaria y el poder de los grandes grupos financieros a través de: a) determinar un techo, un valor absoluto en el monto de activos que un banco pueda tener, corregido anualmente por la inflación del periodo; o b) fijar un específico porcentual del PIB del país que el valor de los activos de un banco no puedan superar. Adoptándose cualquiera de las dos opciones tendríamos una regla sencilla y fácil de calcular en tiempo real. Sólo con un sistema bancario menos concentrado, con mayor respaldo en la acción de bancos menores –no enanos, pero menores–, se podrá romper el poder económico-político que tienen las grandes corporaciones financieras. Sólo así se podrá garantizar que los bancos grandes, que estorban hasta cuando estornudan, estén bajo el control de la sociedad y no al revés.

 

Monika Meireles
Investigadora Asociada C del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (IIEc-UNAM).

Referencias
Bank for International Settlements (BIS). Annual report 2017/18. 24 de junio de 2018.
Comert, H., D’Avino C., Dymsky, G., Kaltenbrunner, A., Petratou, E. y Shabani, M. “Too big to manage: Innovation and instability from regulated finance to the megabanking era”. En Cambridge Political Economy Society, 2016. pp. 1-24.
Dymski, G. The Bank Merger Wave: The Economic Causes and Social Consequences of Financial Consolidation. Armonk, NY: M. E. Sharpe, 1999
Dymski, G. “Genie out of the Bottle: The Evolution of Too-Big-to-Fail Policy and Banking Strategy in the US”. University of California, Riverside, junio de 2011.
Financial Stability Board (FSB). 2018 list of global systemically important banks (G-SIBs). 16 de noviembre de 2018.
G1, “Bradesco compra banco nos Estados Unidos por cerca de R$ 2 bilhões”, 6 de mayo de 2019.
Mastromatteo, G. y Esposito, L. “Minsky at Basel: A Global Cap to Build an Effective Postcrisis Banking Supervision Framework”. En Levy Economics Institute of Bard College, Working Paper 875, 2016. pp. 1-84.
Meireles, M. y Santiago, A. “Fusiones bancarias en Estados Unidos: la experiencia de Wells Fargo”. En Revista Buzos, Año. 17, Núm. 765, 24 de abril de 2017.
The biggest bank merger since the crisis may herald more”, The Economist 26 de febrero de 2019.