En el tercer volumen de El Capital, Marx desarrolló la noción de capital ficticio, identificando tres formas principales: el dinero crediticio, los bonos gubernamentales y las acciones. Llevando el análisis de Marx a la actualidad, Durand (2017) argumenta que además de las variantes antes mencionadas, hoy en día nos encontramos frente a nuevas formas sofisticadas de capital ficticio: los derivados y la banca en la sombra.

En esta ocasión no nos vamos a detener mucho en el tema de derivados, dado que por su complejidad y amplitud necesitaríamos de otro artículo para analizarlos. Aun así, es necesario al menos mencionar que un derivado es un contrato que funge como una promesa de pago sobre un activo subyacente futuro. De acuerdo con datos del Banco de Pagos Internacionales (2019), en 2018 el valor total del mercado extrabursátil de derivados, medido en importes nocionales vigentes, fue de 544,386 miles de millones de dólares, equivalente a más del 640% del PIB mundial.

Ahora bien, en donde sí nos vamos a meter de lleno es en lo que Durand (2017) llama la segunda forma sofisticada de capital ficticio: la banca en la sombra. La banca en la sombra es un concepto cada vez más utilizado en la literatura financiera, especialmente tras su inminente papel como uno de los detonantes de la crisis de 2007-2008. Cabe entonces preguntarnos qué es, de dónde vino y si es realmente ficticia.

Ilustración: Víctor Solís

El primero en usar la noción de la banca en la sombra fue Paul McCulley (2007), quien definió el término como “la sopa de letras completa de vehículos, conductos y estructuras de inversión no bancaria apalancados” (McCulley 2007, traducción propia). Otra definición destacada es la propuesta por la Junta de Estabilidad Financiera (2013), que define a la banca en la sombra como “la intermediación crediticia que involucra entidades fuera del sistema bancario regular” (FSB 2013, traducción propia). Sin embargo, hay dos graves problemas con estas definiciones. El primero es que son poco precisas y muy superficiales. El segundo — aún más grave — es que sostienen que las operaciones de la banca en la sombra no tienen ninguna relación con las actividades de la banca tradicional. Esta asunción es sumamente polémica y, como argumentaremos a continuación, completamente falsa.

Una definición más acertada de la banca en la sombra es la propuesta por Robert Guttman (2016), quien sugiere sustituir este término por el de red financiera, un sistema diferente al régimen bancario regulado y al financiamiento de mercado tradicional donde las transacciones son públicas. De acuerdo con este abordaje, la red financiera es “una forma específica de las finanzas constituida por transacciones bilaterales, opacas e interdependientes” (Guttmann 2016, traducción propia).

Para Guttman (2016), el nombre de la banca en la sombra es engañoso por el carácter siniestro que le da al término. Si bien dentro de la red financiera ocurren operaciones sombrías como la evasión de impuestos, el lavado de dinero e incluso otras transferencias ilícitas a través de paraísos fiscales, estos factores son de lejos las características principales de la red financiera. Pero entonces, ¿qué tanto están involucrados los bancos en este sistema?

De acuerdo con la teoría económica convencional, los bancos comerciales fungen como intermediarios financieros que conectan a prestadores y prestamistas. Sin embargo, el crédito que otorgan estas instituciones suele sobrepasar la suma de los depósitos recibidos por los ahorradores. Cabe entonces preguntarnos, ¿de dónde vienen estos recursos? La respuesta a esta cuestión es muy simple: los bancos comerciales pueden crear dinero y cuentan con el respaldo del banco central para hacerlo. Además, aquellos que son demasiado grandes para quebrar tienen la certeza de que si llegan a verse frente a una crisis de liquidez, el banco central actuará como su prestamista de última instancia.

Vale la pena recordar que fue en 2011 cuando la Junta de Estabilidad Financiera publicó la primera lista de Instituciones Financieras de Importancia Sistémica Global (G-SIFIs, por sus siglas en inglés), donde se establecía oficialmente que si estos bancos llegaran a estar en una situación de crisis, debían ser rescatados por el Estado para prevenir una catástrofe financiera como la crisis de 2007-2008.  Al asumir el estatus de demasiados grandes para quebrar, los grandes bancos transnacionales se vieron sujetos a las normas establecidas en los Acuerdos de Basilea III, una regulación más estricta al periodo precrisis que les exige a estas instituciones mantener mayores reservas de capital e impone límites al número de préstamos que pueden otorgar. Esta situación provocó que los bancos, en su intento por evadir las nuevas reglas, buscaran participar en nuevas áreas de las finanzas para expandir sus operaciones y maximizar sus beneficios. De esta forma, los bancos demasiado grandes para quebrar optaron por mantener parte de sus actividades fuera de su balance, impulsando el crecimiento de la banca en la sombra.

Además, con la llegada de nuevos competidores en la gestión de ahorros, como los fondos de pensiones e inversión, las instituciones bancarias convencionales tuvieron una razón más para invertir grandes sumas de dinero en la banca en la sombra. Al transferir parte de sus activos a la red financiera mediante entidades de propósitos especiales, los bancos lograron compensar el declive de sus actividades de intermediación tradicionales.

Por tanto, no es de sorprenderse que al revisar los balances de los grandes bancos globales nos encontremos con una compleja combinación de operaciones que van desde las finanzas indirectas estrictamente reguladas (banca comercial) y las finanzas de mercado autorreguladas (banca de inversión), hasta las operaciones desreguladas de la red financiera (banca en la sombra). Este nuevo modelo de negocio bancario les permite a sus participantes abarcar prácticamente todas las áreas de las actividades financieras (Guttman 2018) manteniéndose sujetos a los Acuerdos de Basilea III al mismo tiempo que continúan realizando operaciones menos reguladas en la red financiera.

Otro de los grandes sucesos que intervino en la expansión de la banca en la sombra fue el proceso de desintermediación bancaria, con el cual gran parte de las corporaciones no financieras han dejado de pedir prestado a los bancos para financiarse mediante el comercio de activos y la emisión de títulos en los mercados financieros (Lapavitsas 2013). La paradoja de este suceso es que, con el declive de la participación bancaria, el proceso de intermediación se fragmentó entre múltiples agentes.

En suma, los bancos comerciales, quienes en primera instancia se vieron amenazados por los Acuerdos de Basilea III y el descenso de la actividad crediticia, se convirtieron en los principales inversores de la banca en la sombra. De esta forma, la red financiera transformó el funcionamiento tradicional de las finanzas en lo que Durand (2017) llama multi-intermediación, con la que los bancos y las nuevas entidades financieras han logrado incrementar sus ganancias mediante el cobro de cargos y comisiones.

En este sentido, el análisis de Durand (2017) contiene elementos clave para entender el funcionamiento de la banca en la sombra; sin embargo, asumir que ésta es una forma sofisticada de capital ficticio es igual o incluso más impreciso que la definición propuesta por McCulley una década antes. No obstante, es claro que dentro de la banca en la sombra conviven y se multiplican incalculables capitales que sí son ficticios, como el crédito, las acciones y los derivados. La naturaleza ficticia de estos instrumentos está en que su precio puede o no ser equivalente al valor real que representan. Por ejemplo, cuando un crédito hipotecario se empaca con otros activos y se comercia dentro de la banca en la sombra, su precio puede sobrepasar el valor inicial del préstamo otorgado (Fine 2013).

La noción de Guttman es sin duda más acertada porque, en contraste con las definiciones convencionales, nos permite vislumbrar la clara participación de los bancos en la red financiera. Aun así, es importante mencionar que las dos interpretaciones previamente discutidas (Guttman 2016; Durand 2017) son sumamente enriquecedoras si lo que el lector busca es profundizar su entendimiento sobre el sector financiero bajo una narrativa diferente a la convencional.

 

Giovanni Villavicencio
Economista por la UNAM.

Referencias
Bank of International Settlements (2019), Derivatives Statistics, OTC derivatives outstanding.
Durand, Cédric (2017), Fictitious Capital. How Finance Is Appropriating Our Future. Verso, London.
Financial Stability Board (2011), Policy Measures to Address Systemically Important Financial Institutions.
Financial Stability Board (2013), Strengthening Oversight and Regulation of Shadow Banking: An Overview of Policy Recommendations. Basilea, Suiza Agosto 29.
Fine, Ben (2013), “Financialization from a Marxist Perspective”, en International Journal of Political Economy, 42:4. pp. 47-66.
Guttman, Robert (2016), Finance-led Capitalism. Shadow Banking, Re-Regulation, and the Future of Global Markets. Palgrave Macmillan.
Guttman, Robert (2018), “The transformation of banking”, en Anastacia Nesvetailova (editora), Shadow Banking. Scope, Origins and Theories. Routledge Critical Studies in Finance and Stability.
Lapavitsas, Costas (2013), Profiting without producing: How Finance Exploits Us All. Verso, London.
Marx, Karl (2004) [1867], El capital. Siglo XXI, México.
McCulley, Paul (2007), Minsky and Neutral: Forward and in Reverse. Comments before the Money Marketeers Club, November 15.
Meireles, Monika (2019), “Estorbosos: Bancos demasiado grandes para quebrar”, en nexos. Economía y Sociedad.