“Oh, I get by with a little help from my friends”.
—John Lennon y Paul McCartney, 1967.

El sueño americano del hombre hecho a sí mismo se convirtió en pesadilla. Quizá hasta una generación atrás, la fórmula del “échale ganitas y ponte a estudiar” traía como resultado casi inescapable ascensión laboral, incremento salarial y status. Hoy día, infelizmente, parece que la movilidad social responde menos al esfuerzo de buscar adquirir más educación formal que a la dotación de riqueza inicial de cada individuo. O sea, estamos hablando más bien de un mundo extremadamente estático, donde la inmovilidad entre clases sociales es la marca indeleble de una época. Quien es rico sigue siendo rico, o capaz que se vuelva aún más rico. Y quien es pobre, pues, esforzándose o no, parece ser que en la pobreza estará un buen rato, sino es que de por vida. Como diría algún estadístico monógamo, sádico y burlón: “cada cual en su decil hasta que la muerte los separe”. Dicho de otra forma, no menos guasona, bye bye meritocracia, hello “meritochafa”.

Lo que causa más sorpresa es que esta triste constatación se da en pleno auge de la narrativa de la meritocracia, pero no en el mejor momento de su práctica. En esta vida, claramente, una cosa es el discurso de que seríamos una sociedad en la cual impera el mérito individual, otra cosa muy distinta son los hechos. ¡Vaya ironía! Nos enseña Markovitz (2019) que el real ideal meritocrático, en el cual estaba históricamente embebido el capitalismo —reafirmando que a través de la combinación de igualdad de oportunidades con el trabajo duro vendrían merecidas recompensas para el sujeto esforzado—, se encuentra en ruinas justo cuando este modo de producción reina absoluto a lo largo y ancho del globo. En comparación con los modos de producción antecedentes, sobre todo considerando que en éstos el arreglo social era más bien aristocrático —donde el lugar de nacimiento de uno sellaba a fierro y fuego su destino (hijo de rey, principito será)—, el binomio capitalismo/meritocracia vino como una ráfaga de esperanza en la posibilidad de promoción de la igualdad de oportunidades como cimientos de una nueva sociedad basada en la visión compartida de que se podría escalar socialmente a través del trabajo duro. “Ráfaga de esperanza” se dijo, “jamás plenamente lograda” conscientemente se complementa. Sin embargo, es innegable que, en el capitalismo de antaño, este cuento del “chambea arduamente que con el sudor de tu frente vas a progresar” era más común de ser visto convertido en realidad que en el capitalismo financiarizado de hoy día.

Ilustraación: Dante Escalante

Por su vez, en su libro más reciente, Branko Milanovic (2019: 14) propone una periodización del capitalismo en tres momentos: el capitalismo clásico (Reino Unido hasta 1914), capitalismo social-demócrata (Estados Unidos y Europa occidental de la Segunda Posguerra hasta 1980) y capitalismo liberal meritocrático (Estados Unidos del Siglo XXI). De manera muy simplificada, una característica constante y que atraviesa a todas las etapas del capitalismo es que la riqueza del individuo sea determinada, en su mayor parte, por los ingresos que provienen típicamente del capital (intereses, dividendos, rentas, etcétera) y eso explica el carácter intrínsecamente desigual del sistema. Sin embargo, el capitalismo liberal meritocrático trae la novedad de que la riqueza individual resulta tanto de esos ingresos como de los altos salarios. Más allá de complejizar los conocidos binomios de las clases sociales agrupados en capitalistas/renta y trabajadores/salario de la lógica anterior, con el capitalismo liberal meritocrático también se empeora la distribución interpersonal del ingreso, porque la gente que es rica en capital tiende también a ser aquella privilegiada en la acumulación de “capital humano” y obtención de salarios más altos. O sea, “meritochafa” de la más pura.

Aún inspirados en lo que plantea Markovitz (2019), la “meritochafa” de nuestros tiempos bloquea a la clase media —que por definición es compuesta por aquellos que viven de sus salarios— de la verdadera igualdad de oportunidades que la meritocracia profesaba en los tiempos de nuestros padres. Para una generación atrás, apostar en más años de educación y calificación profesional realmente les permitió brincar la barda de su condición inicial. También de forma irónica, actualmente, el acceso a educación de calidad pasó a ser el mecanismo de perpetuación de privilegios más que el trampolín de ascensión social. La élite, para asegurar sus ingresos y status, confía en una estructura desigual de oportunidades escolares que destierra paulatinamente a la clase media de los beneficios generados en las mejores universidades y, consecuentemente, de los trabajos mejores remunerados.

Esto es aún más verdadero para el caso de Estados Unidos, donde el sistema de educación superior es capitaneado por la iniciativa privada —a diferencia de países como México, donde la educación pública y gratuita resiste como el tono que sostiene a la vida universitaria. No causa sorpresa, entonces, el reciente escándalo de papis gringos adinerados, algunos de ellos estrellas de Hollywood, quienes fueron agarrados tratando de conseguir fraudulentamente un cupo para sus “babies” en las renombradas universidades Ivy League. La lógica es tan sencilla cuanto eficiente: Junior siempre ha sido medio tonto, pero si lo metemos a Harvard, además de tener sellado ad eternum el codiciado escudo en su diploma de licenciatura, capaz conozca a la Mary “correcta”. La muchacha en cuestión, supongamos que igualmente no muy brillante y con semejante suerte familiar, es hija de algún banquero importante. Mary no sólo es la detentora de las atenciones coquetas de Junior, también rápidamente se hará noviecita de él y, más importante, inmediatamente tras su graduación, le va a conseguir trabajo con alguien de su favorecida red de contactos en el sector financiero. Vale mencionar que hasta tenemos un nombre científico para ese dirigismo del Cupido calculista que unió a Junior y Mary: emparejamiento selectivo u homogamía (Milanovic, 2019: 36-40), fenómeno que se da cuando el amor nace del frío chispazo de la conveniencia.

Antes de que tilden el ejemplo dado arriba de poco sensible a las cuestiones de género, cabe mencionar en nuestra defensa que la consolidación del machismo es uno de los resultados colaterales de esa meritocracia trastocada, y los datos sobre la inequidad entre hombres y mujeres en puestos de mando del sector financiero y el profundo gap salarial observado son el más tosco ejemplo de ello. Sin embargo, sólo para intentar no perder el foco argumentativo, aquí trataremos de un cáncer social por vez, y la pelota del momento es cómo la “meritochafa” sabotea las posibilidades de ascensión social vía la educación, dado el compadrazgo corrupto del acceso a las escuelas de frontera y la ruta a los trabajos de paga más elevada que ellas propician.

Gráfica 1

Para darnos una idea más aterrizada de la discusión planteada hasta ahora, miremos en la gráfica 1 cómo se comportaron los salarios de altos ejecutivos y de los demás trabajadores en el sector financiero estadounidense. Antes que nada, algunos comentarios iniciales acerca de la gráfica son necesarios. Primero, los datos dispuestos no contemplan el obsceno dineral que los CEOs reciben en la forma de bonos anuales por desempeño, pues aquí son “sólo” considerados sus salarios. Además, estamos minimizando el tamaño de la brecha, una vez que los salarios de la alta gerencia (barra gris oscuro) también entran en el cálculo del promedio de los trabajadores del sector (barra gris claro). Aun con esos desperfectos, e incluso a sabiendas de que al interior del sector financiero los grados de escolaridad de sus funcionarios no están tan, tan, tan distantes como en otras ramas de la actividad económica, se observa una brecha salarial importante y creciente. Basta con decir que, en 2018, el salario promedio anual de la alta gerencia fue de 233 000 dólares, mientras que el promedio de los trabajadores del sector financiero estaba alrededor de los 73 000 dólares. Una vez más, se trata de la distancia de remuneración al interior de un mismo sector de por sí ya bastante “diferenciado”, el tema se complica todavía más si considera el salario promedio de otras ramas del sector servicio que no se caracterizan por demandar que la mano de obra sea mayormente calificada, como, por ejemplo, el de entrega de comida a la Uber Eats. Es básicamente por eso que Junior y Mary están contentos… y su alegría también se debe a que acaba de llegar su balanceada Caesar salad y su hamburguesa vegana gluten free con el muchacho de la mochilita verde. En síntesis, mientras la élite se regocija en un sinfín de comodidades, los demás que se rasquen con sus uñas, preferencialmente lejos de la cajita biodegradable que acaban de dejar en la portería.

Finalmente, hablando en términos económicos, eso de que “te ganarás el pan con el sudor de tu frente” en tiempos de “meritochafa” está más para cuento chino que para cimiento de la civilización occidental. El patrimonio inicial, la red cristalizada de múltiples privilegios y los contactos emanados de la posición social preestablecida cuentan mucho para marcar el punto de llegada de cada individuo. En definitiva, sabemos que hay un lugar especial en el infierno para aquellos que se atreven a profanar las letras de los Beatles, pero es una tentación inevitable meterse con el cuarteto de Liverpool para distorsionar la intención original de “With A Little Help From My Friends”: con la ayuda de papi, es mucho más fácil recorrer el largo y ventoso camino de la vida.

 

Monika Meireles
Investigadora Titular A del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (IIEc-UNAM).

Referencias
Markovitz, D. (2019). The meritocracy trap: how America’s foundational myth feeds inequality, dismantles the middle class, and devours the elite. New York: Penguin Press.
Milanovic, B. (2019). Capitalism, alone. The future of the system that rules the world. Cambridge, Massachusetts: Belknap Press.
Coy, P. (2019). “The College Admissions Scandal Presses Our ‘Unfairness’ Button”, Bloomberg, Businessweek.
Whelan, T. & Chachoua, E. (2019). “A reality check on the financial sector’s gender wage gap”, The Economist, Intelligence Unit.
Russell, K. & Williams, J. (2019). “The Highest-Paid C.E.O.s of 2018: A Year So Lucrative, We Had to Redraw Our Chart”, The New York Times, Business.