¿Buenos vecinos o simples mediadores?
La relación de México con Centroamérica

En general, cuando hablamos de las relaciones económicas de México suele decirse que todo se reduce a la ubicación geográfica. Claramente destaca la correspondencia con los dos grandes vecinos del norte: Estados Unidos y Canadá. Pero, ¿cómo es la relación con los países del sur?

Ilustración: Ricardo Figueroa
Ilustración: Ricardo Figueroa

Los vínculos históricos entre Centroamérica y México son ancestrales. En el sur de México y en una parte de Centroamérica se estableció una de las sociedades prehispánicas más importantes: la cultura maya. Además, ambas regiones fueron subyugadas por la Corona española durante tres siglos. Incluso una vez consumada la Independencia, durante un breve tiempo, lo que hoy es Guatemala, Honduras y Nicaragua formaron parte del Primer Imperio Mexicano en 1821. No obstante, el panorama del siglo XX fue muy distinto al del siglo XIX, ya que la relación entre ambas regiones fue casi inexistente debido a que Centroamérica vivió una etapa de guerras civiles, golpes de Estado y gobiernos militares. Otro aspecto importante de la división entre ambas partes fue la participación de Estados Unidos en los conflictos armados de América Central  que resultó en que México marcara aún más la distancia con sus vecinos del sur.

Fue hasta el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, en la década de los sesenta, que la atención se dirigió hacia la frontera sur a través de una política del “buen vecino”. Es decir, reanimar las relaciones por medio de construcción de vías de desarrollo para mejorar la política de convivencia. Díaz Ordaz visitó los países centroamericanos e inició el diálogo sobre acuerdos de intercambio científico-tecnológico, cultural y de cooperación económica para fomentar el desarrollo de la zona.

Sin embargo, debido al ambiente inestable en el llamado triángulo del norte—compuesto por Guatemala, Honduras y El Salvador— donde continuaron los conflictos armados entre los gobiernos y guerrilleros, sin olvidar la intromisión de Estados Unidos, fue complicado sostener los acuerdos comerciales durante las décadas de los setenta y ochenta. Como consecuencia, el gobierno de México optó por transformar su política exterior en una narrativa “conciliadora” y propuso mecanismos para las soluciones de los conflictos que, más allá de las buenas intenciones, en el fondo eran para que no hubiera consecuencias dentro del territorio nacional.

Ahora bien, en los años noventa con los intentos y acuerdos de paz en Centroamérica, se propusieron una vez más mecanismos que buscaban el desarrollo de la zona mediante la vía económica a través de dos formas: los Tratados de Libre Comercio (TLCs) y los proyectos de cooperación como las Cumbres de Tuxtla, el Plan Puebla Panamá y el Proyecto Mesoamérica.

Por un lado, los TLCs son acuerdos que se incorporan al grupo de integración A y son todos aquellos que tienen el objetivo de eliminar las barreras comerciales entre los países para fomentar una economía de mercado que incentive la actividad económica en la región. Por otro lado, los proyectos de cooperación parten de la forma de integración tipo B, son todos los acuerdos que toman en cuenta los problemas existentes en cada país y la diferencia entre las distintas naciones por lo que las acciones van más allá de las cuestiones económicas, ya que involucran temas políticos y sociales para generar convenios y acciones con el fin de brindar apoyo integral.

El primero de los TLCs, que forma parte del grupo de integración A, fue el de Costa Rica en 1995, después el de Nicaragua en 1998 y, por último, los que se realizaron de manera individual con cada uno de los países que integran el Triángulo del Norte en el año 2000. Pero fue hasta 2011 que estos tratados se unificaron —en el TLC de Centroamérica— que busca homologar temáticas de comercio, inversión, resolución de problemas, entre otros, para mantener una relación bilateral.

Gráfica 1

Como se observa en la gráfica 1, este tipo de integración generó un incremento en el flujo comercial entre México y Centroamérica, que aumentó de manera general entre 1993 y 2020 las exportaciones entre ambas partes. Sin embargo, el Índice de Comercio Intrarregional (ICI), un indicador que se utiliza con frecuencia para medir la importancia de los flujos de comercio entre los miembros de un acuerdo comercial, en el caso de México creció de manera lenta y llegó a su punto máximo en 2008, con la participación de 1.69 %. Ahora bien, en el caso de Centroamérica las exportaciones a México tomaron mayor peso a partir de los tratados, ya que hasta 1998 el ICI estaba por debajo del de México. El punto más alto para América Central fue en 2013 cuando alcanzó el 6 %. No obstante, ambos porcentajes siguen siendo bajos si el objetivo del tratado comercial era abonar al desarrollo de la zona.

Ahora un breve recuento del grupo de integración tipo B, en 1991 ocurrió la primera cumbre de Tuxtla gracias al proyecto del Acuerdo de San José enfocado a la provisión mexicana de hidrocarburos con condiciones preferenciales a los países centroamericanos, por la crisis petrolera de las décadas de los setenta y ochenta. Por lo mismo, en esta cumbre se intentó ampliar el mecanismo de cooperación hacia otras áreas como infraestructura, energía y demás.

No obstante, a partir de la segunda cumbre de Tuxtla en 1996 el contexto internacional se inclinó a darle mayor relevancia a la participación de sectores empresariales y aspectos como el libre comercio que van más acorde a los TLCs. Estas cumbres formaron el marco para la creación de futuros proyectos como el Plan Puebla Panamá y el Proyecto Mesoamérica, de manera que estos nuevos planes se enfocan en impulsar la competitividad, apertura de inversión privada, la creación de infraestructura y la explotación de recursos en beneficio de los grandes capitales.

Por consiguiente, podemos decir que tanto los TLCs como los proyectos de cooperación han correspondido más a una lógica de integración tipo A. Esta forma de integración no ha logrado cumplir con los objetivos planteados en los años noventa. Por un lado, lo propuesto dentro de los tratados ha dado como resultado poca complementariedad comercial; por otro, el abandonar la integración tipo B ha implicado que se deje de lado instrumentos regionales de solución directa a problemas como la migración, violencia, desigualdad y pobreza.

Para concluir, las relaciones de México con Centroamérica se han manejado de manera cautelosa dependiendo el contexto internacional, por lo que el papel de México en la zona se ha limitado a una convivencia “conciliadora” y no a la de un “buen vecino”. Es importante replantear el enfoque de las relaciones México-Centroamérica que, sin duda, pueden servir como una herramienta para mejorar la situación general de la zona.

 

Javier Raphael-Carcer
Estudiante de la Facultad de Economía de la UNAM

 

Bibliografía

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Publicado en: Economía