La economía global experimenta un escenario sin precedentes de inactividad e incertidumbre. La pandemia de Covid-19 ha cobrado ya la vida de más de 20 000 personas en unos 200 países y, de acuerdo a cálculos de expertos en la materia, podría extenderse por más de dos o tres meses. Como respuesta, los gobiernos nacionales han adoptado una serie de restricciones para reducir la velocidad de expansión de la pandemia que están provocando disrupciones sin precedentes en la producción y el comercio en todo el mundo.
Sin embargo, estas disrupciones no han afectado a todos por igual. Los efectos de la crisis de salud que vivimos actualmente y las consecuencias previsibles del choque económico afectan y afectarán desproporcionadamente a quienes han quedado al margen de las desmanteladas instituciones del Estado.
Las crisis son inalienables al sistema capitalista y cada crisis representa una oportunidad para el sistema para reinventarse. Las acciones de política que se tomen ante la actual adversidad económica tienen el potencial de modificar los arreglos que surjan de la coyuntura. La discusión sobre las formas de responder ante la crisis pasa también por profundizar y concluir los debates aún en marcha, como los de la salud, el sistema impositivo y el feminismo. Dejar las soluciones a los mismos que desmantelaron el Estado podría ser la mejor forma de cambiar sin que realmente cambie nada.

Ilustración: Estelí Meza
Las respuestas de política
La afectación al sistema económico global tiene ya efectos importantes en el ingreso de los trabajadores, el funcionamiento de todo tipo de empresas y la estabilidad del sistema financiero. Ante esta situación, algunos economistas prevén una severa crisis económica que podría extenderse durante varios meses y que la caída de la actividad económica podría ser incluso más severa que la de la crisis financiera de 2009. Sin embargo, la magnitud y amplitud de la caída están íntimamente relacionadas con la duración de la pandemia y el éxito o fracaso en la contención de ésta. No conocemos todavía muchos parámetros clave sobre el Covid-19 como para hacer un pronóstico sobre la duración de la emergencia sanitaria y de su consecuente impacto económico.
Los efectos del Covid-19 en la economía global se sienten cada día con mayor severidad. Ante este escenario, los gobiernos han respondido con una serie de políticas para mitigar los efectos económicos de la pandemia, al tiempo que luchan por que la enfermedad no colapse los sistemas de salud. La política monetaria pudiera tener un rol limitado por lo ya bajas que eran las tasas de interés desde hace varios meses. No obstante, en México, la tasa de referencia aún tiene cierto espacio para ajustarse a la baja.
Por otro lado, la política fiscal luce como una herramienta indispensable para aminorar la caída económica y promover una pronta recuperación. El gasto público es necesario para promover la demanda agregada, generar empleos y proveer certidumbre para el sistema económico. El crédito a las empresas a tasas bajas (o incluso cero) es vital para sostener el funcionamiento de negocios que requieren flujo de efectivo para su funcionamiento diario. Mucho y muy bien se ha escrito al respecto en días recientes, con propuestas concretas como las de Diego Castañeda, del Centro de Investigación Económica y Prespuestaria y de Santiago Levy.
Una discusión central para el diseño de la política fiscal como respuesta al choque económico es la forma de financiarla. Desde 2017 México implementó como parte de sus metas presupuestarias el superávit fiscal para tratar de revertir la tendencia de la deuda pública, la cual duplicó su tamaño en el periodo de 2000 a 2016 (alcanzando 50 puntos del PIB). Las crisis de la deuda de los años 80 y 90 hicieron a una parte importante de la sociedad adversa al concepto de endeudamiento. Pero, además, los rescates y los paquetes de ayuda son vistos por muchos como un beneficio para los grandes capitales, más que para los ciudadanos. El costo político de tomar deuda podría ser compensado si las acciones fiscales van de la mano con importantes arreglos al sistema impositivo que recaude más y mejor, traduciéndose en beneficios tangibles para quienes menos se han beneficiado del arreglo económico vigente.
Una nueva crisis del capitalismo
Algunos piensan que esta pandemia y la crisis económica asociada pueden ser el fin del capitalismo como lo conocemos. Pero hubo quien afirmaba lo mismo en 2009. Las crisis son necesarias en la historia del capitalismo como una forma de reorganizar el sistema y que pueda sobrevivir. La crisis financiera de 2009 trajo nuevas formas de organizar el sistema bancario imponiendo restricciones a los depósitos y se exploraron formas de política monetaria no muy convencionales. Pero el sistema siguió ahí: las personas más ricas vieron incrementados sus ingresos haciendo la brecha entre ellos y los más pobres cada vez más grande, mientras que el capital gozó de casi una década de abundantes rendimientos.
Es indispensable pensar qué tipo de capitalismo emergerá después del Covid-19. Aunque a muchos les provoque ámpula, es instructivo mirar cómo llegamos a donde estamos parados para proponer un camino que no nos lleve a resultados similares. Muchos de los debates de clase que estaban sobre la mesa deberán profundizarse para guiar las decisiones para limitar los efectos de la caída económica y para propiciar los cambios profundos que desde antes ya eran necesarios.
En México, el gasto público en salud ha oscilado entre los 2 y 2.8 % del PIB en los últimos 20 años y es el más bajo entre los países de la OCDE, donde el promedio es de 6.3 %. Sin embargo, hasta hace algunas semanas, la discusión pública se centraba en la idoneidad del INSABI y la supuesta superioridad del Seguro Popular como organizaciones del sistema de salud. ¿Serían suficientes el Insabi o el Seguro Popular ante una calamidad sanitaria como la provocada por el Covid-19 en el norte de Italia, por ejemplo? Por supuesto que no. Hay que tomarles la palabra a nuestros conservadores fiscales que por fin han conocido la necesidad de sistemas de salud universales y gratuitos, que han descubierto el desabasto de medicinas y suministros médicos, las filas interminables para la atención en los hospitales.
El Covid-19 revela también los resultados de tener una sociedad poco sana, con graves problemas de obesidad y otros relacionados a la mala alimentación. Hasta hace unas semanas se discutía en nuestro país la idoneidad de tener etiquetados que informaran a los consumidores sobre los contenidos de los alimentos y bebidas empaquetadas. Hay quienes piensan que el futuro del capitalismo está en la salud, lo cual nos debe hacer pensar si queremos dejar totalmente en manos del capital algo tan importante.
Lo mismo sucede con los mercados de trabajo. Por décadas se implementaron reformas contra los trabajadores y los sindicatos, se permitió la precarización del trabajo y se dejó al trabajador a merced de las fuerzas del mercado. Hoy, más de la mitad de los trabajadores se ocupan en el sector informal, sin seguridad social ni prestaciones. Ante la emergencia sanitaria, nos indignan los despidos injustificados y las rotaciones sin goce de sueldo. Queremos que todo el mundo se quede en casa, pero la realidad es que el 17 % de las personas vive en pobreza extrema y el 24 % tiene carencias para satisfacer sus necesidades de alimentación.
En la emergencia sanitaria que nos atañe, una de las medidas más simples y poderosas para evitar el contagio es el lavado frecuente de manos, pero el 25 % de la población no tiene acceso a los servicios básicos de la vivienda. De manera similar, para tratar de paliar los efectos adversos de que los niños no vayan a la escuela, se ha propuesto seguir la educación en línea, pero el 27 % de la población urbana y el 40 % de la rural no tiene acceso a internet.
Y a un par de semanas después de que las mujeres alzarán con gran potencia la voz y pararan varias ciudades del país exigiendo igualdad, el Covid-19 nos revela crudamente cómo los cuidados de los niños y los ancianos caen desproporcionadamente en las mujeres que ahora tienen en su casa a sus dos trabajos (uno remunerado y el otro no), o que han tenido que llevar a sus lugares de trabajo a sus hijos.
Hay un cóctel casi interminable de opciones fiscales y monetarias. La implementación de la correcta mezcla de política será determinante para superar la caída económica. Pero, si realmente estamos frente a una oportunidad de redefinir instituciones, redistribuir beneficios y asegurar derechos para la mayoría, debemos reconocer los asuntos de clase que el Covid-19 ha puesto a relucir.
Las crisis yacen en el corazón del sistema capitalista y el capitalismo siempre ha encontrado la forma de reinventarse. Durante los últimos 30 años, una clase profesional, autodenomiada progresista y liberal, con simpatía por la redistribución y por la reducción de la pobreza, hizo suyas las más importantes decisiones de política pública a través de consejos, institutos y cámaras de ilustrados. Suponían que el dejar las decisiones políticas en manos de individuos con grandes conocimientos técnicos produciría el mejor resultado para todos. Sin embargo, los resultados de esta tecnocracia liberal, en términos de capacidad del Estado para responder a sus ciudadanos ante la adversidad, son decepcionantes y hoy salen a relucir, durante esta crisis, de manera cruel.
Las oportunidades de cambios a la estructura misma del arreglo económico no pueden quedar entonces en los mismos que desmantelaron el Estado, ya sea por acción u omisión. Dejar las soluciones en los grupos de siempre es otra forma del capitalismo para sobrevivir a las crisis. Así como la pandemia que hoy nos ocupa, el cambio climático, las enfermedades crónico-degenerativas, otros virus y bacterias revelarán en el futuro las consecuencias de nuestras decisiones tomadas hoy.
Irvin Rojas
Economista.